Del malestar difuso al ‘catch-all’ del resentimiento

Bluesky

Lo ocurrido en Aragón —y, con matices, en Extremadura— ofrece una clave para entender una mutación relevante del sistema político español y europeo. Vox ha demostrado capacidad para aglutinar un voto bronca transversal, integrando perfiles sociales y territoriales contradictorios. Lo significativo no es tanto el detalle de su programa como el método: estar “contra” aquello que irrita a públicos distintos, sin asumir el coste de concretar alternativas. Cuando ha bajado al terreno de las propuestas, en sus experiencias de gobierno, han aflorado medidas ideológicas, regresivas y en muchos casos materialmente difíciles de sostener, más allá de las dudas de la capacidad de gestión de este grupo. Pero el voto ya había sido capturado: primero se moviliza la emoción; después, se comprueba la consistencia.

Este mecanismo no surge de la nada. Durante buena parte del siglo XX, los grandes partidos europeos funcionaron como catch-all parties: formaciones capaces de integrar electorados diversos, amortiguar conflictos sociales y ofrecer un horizonte de estabilidad. Socialdemócratas y democristianos no resolvían todas las tensiones, pero administraban un compromiso implícito entre crecimiento, redistribución y expectativas de progreso. La política operaba como mecanismo de integración y como promesa, a veces modesta pero creíble, de mejora colectiva.

Ese modelo entra en crisis tras 2008. No solo por el impacto económico inmediato, sino porque se rompe algo más profundo: la promesa de integración social y de movilidad ascendente. A partir de la década de 2010 emerge una realidad distinta. Ya no se trata únicamente de desafección o de distancia respecto a las instituciones, sino de una acumulación persistente de frustraciones que afectan a ámbitos muy diversos: precariedad estructural, acceso imposible a la vivienda, salarios que pierden poder adquisitivo frente a la inflación, jóvenes atrapados entre alta formación y baja expectativa vital, territorios periféricos que se sienten sacrificados y una sensación de pérdida de control sobre la propia vida.

En este contexto aparece una mutación del viejo catch-all. No estamos ante partidos que suman intereses compatibles para gobernar mejor el sistema, sino ante agregaciones políticas que reúnen malestares heterogéneos bajo una misma emoción negativa. Es lo que podríamos llamar un catch-all del resentimiento.

A diferencia de los catch-all clásicos, esta nueva coalición no busca estabilizar el sistema ni ofrecer un proyecto integrador. Funciona como un contenedor del descontento. En su interior conviven trabajadores precarizados, clases medias en declive, autónomos asfixiados, jóvenes sin perspectivas y sectores conservadores (y no tan conservadores) que perciben un nuevo paradigma cultural que no comparten (wokismo). Sus intereses materiales son, en muchos casos, contradictorios y lo que los une es un rechazo común a las políticas de los gobiernos.

El catch-all del resentimiento refuerza una política de la negación, no necesariamente coherente. Le basta con identificar aquello que irrita, incomoda o genera sensación de agravio. Cuanto más difuso es el enemigo —el sistema, las élites, los otros— más fácil resulta mantener cohesionada la coalición. La ausencia de propuestas deja de ser una debilidad y se convierte en una ventaja: evita conflictos, diluye responsabilidades y pospone la rendición de cuentas.

El voto que produce no es ideológico en sentido clásico, sino eminentemente emocional. No expresa adhesión sino una forma de descarga política. Por eso puede desplazarse con relativa facilidad desde opciones de izquierda radical hacia opciones de extrema derecha sin que el elector perciba contradicción. Lo que es constante no es el sentido del voto, sino la emoción que lo impulsa.

La diferencia con experiencias anteriores es que la extrema derecha ha aprendido a no resolver las tensiones de su base social, sino a administrarlas. No promete integración ni futuro; promete confrontación permanente. Esa estrategia es eficaz a corto plazo, pero empobrece el espacio político y degrada la capacidad de la democracia.

La enseñanza es clara: cuando la política renuncia a ofrecer proyectos creíbles de integración social, otros ocuparán ese vacío. El catch-all del resentimiento no surge de la nada. Es el síntoma de un sistema que fracasa en la integración. Combatirlo no pasa solo por deslegitimarlo moralmente, sino por reconstruir una política capaz de volver a dar sentido a respuestas coherentes a los conflictos sociales antes de que sean absorbidos —una vez más— por quienes solo saben convertir el malestar en confrontación.

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