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Un pato cojo que no calla

Xavier Ribera

Gasetiller, escrividor i guionista. Com deia Calders, "vaig néixer abans d'ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana".
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Donald Trump cumple su primer año de mandato con una sensación extraña: la de un presidente que ya gobierna como si el tiempo se le hubiera acabado. Formalmente, todavía está lejos de lo que en la liturgia política norteamericana se llama lame duck —el pato cojo—, aquel presidente que entra en los últimos meses de su mandato sabiendo que no se puede volver a presentar. Pero en el caso de Trump, esta condición no es una cuestión de calendario, sino de actitud. Hace tiempo que parece un pato cojo. Lástima que no mudo.

A un año de las elecciones de medio mandato, el balance es el que es. Trump no ha moderado el discurso, no ha ampliado la base electoral ni ha hecho ningún gesto de normalización institucional. Al contrario: ha redoblado la polarización, ha gobernado a golpe de provocación y ha convertido la presidencia en una campaña permanente. No administra poder; lo exhibe. No construye consensos; señala enemigos. Y eso, en el sistema norteamericano, tiene consecuencias.

Las midterms acostumbran a ser un plebiscito encubierto sobre el presidente en ejercicio. Y todo indica que Trump las afrontará con el mismo estilo que lo ha traído hasta aquí: desafiante, conspiranoico y victimista. Ya prepara el relato de la derrota antes de que llegue, denunciando fraudes inexistentes y advirtiendo que cualquier resultado adverso solo puede ser fruto de un sistema corrupto. Gobernar, mientras tanto, queda en segundo término.

Es aquí donde aparece la gran contradicción trumpiana. La Constitución de los Estados Unidos es clara: un presidente no puede ejercer más de dos mandatos. Trump lo sabe. Pero hace tiempo que juega a amenazar con una tercera candidatura, no porque sea viable, sino porque le es útil. Alimenta su base, erosiona la confianza en las reglas del juego y mantiene viva la ficción de que él está por encima de las normas. No es una estrategia para ganar; es una estrategia para no marcharse nunca del todo.

El problema es que esta actitud erosiona su autoridad real. Congresistas republicanos piensan ya en el día después. Gobernadores de su partido marcan perfil propio. Aliados internacionales lo escuchan con prevención. Cuando un presidente gobierna como si estuviera de salida, aunque formalmente no lo esté, el poder se evapora. No hay que esperar al final del mandato para convertirse en un pato cojo: basta con comportarse.

Trump, de hecho, hace meses que gobierna con la retórica de la despedida y la práctica del bloqueo. Todo es provisional, todo es conflicto, todo es batalla cultural. No hay horizonte de país, solo trinchera. Y eso, en una democracia fatigada, no genera liderazgo; genera cansancio.

Quizás lo más revelador es que Trump ya no habla mucho del futuro, sino del pasado. De las elecciones que dice que le robaron, de los enemigos que lo han perseguido, de las conspiraciones que lo amenazan. Es el discurso típico del pato cojo: aquel que, incapaz de avanzar, se gira atrás y hace ruido. Mucho ruido.

El drama no es que Trump quiera volverse a presentar cuando la Constitución no lo permite. El drama es que gobierne como si ya no tuviera que rendir cuentas. Y que una parte del país lo aplauda por ello. Un presidente que actúa como si fuera eterno acaba siendo irrelevante mucho antes de lo previsto.

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