‘Homeless lives matter’

Bluesky

Jesucristo fue un sin techo. Literalmente. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”, proclamó en el Evangelio. Pues bien: dos mil años después, y en uno de los peores y más gélidos inviernos que haya vivido Cataluña, el alcalde de Badalona -miembro de un partido que históricamente se ha arrogado la defensa del catolicismo- expulsaba  a más de 400 extranjeros que vivían en un antiguo instituto, llamado B9. En dicho instituto se ubicaba el mayor asentamiento informal de inmigrantes de la comunidad catalana, y su expulsión, el pasado 17 de diciembre, constituyó uno de los mayores desalojos colectivos ejecutados en España. El motivo alegado por el alcalde Xavier García  Albiol fue el que cabía esperar del personaje: la Estigmatización. En un colectivo de 400 personas, con situaciones y problemáticas muy diversas, todos eran sospechosos de delincuencia e incivismo. ¡Y esto lo dice quien milita en el partido de los Bárcenas, Gürtel y Cristóbal Montoro, el ex-ministro de Hacienda que presuntamente diseñó leyes para favorecer a empresas amigas!

Susana Alonso

Arrojados al frío inclemente del invierno, en una Badalona que además sufrió el azote de lluvias torrenciales, Albiol les negó incluso una mínima alternativa habitacional: “Pedro Sánchez dice que hemos de acoger a todo el mundo, pues ahora le corresponde a él buscarles una vivienda”. La perplejidad de uno de los expulsados, Max, senegalés de 31 años, es tan lapidaria que no admite réplica: “Nos han echado del B9, pero… ¿ahora dónde quieren que vayamos? ¿Cómo se soluciona esto?”. Porque resulta que son personas. Y, por tanto, no se pueden vaporizar ni barrer debajo de una alfombra. La única salida fue, lógicamente, la desbandada. Cada cual se buscó la vida y algunos tuvieron que -literalmente- irse a vivir debajo de un puente, el de la autopista C-31. Hubieron de dormir en frágiles tiendas, expuestos a la más dura intemperie. La noticia, que ocupó titulares durante unas semanas, ya ha desaparecido de los medios de comunicación. ¿Qué ha sido de los desheredados de la C-31? Nadie lo sabe.

Pero la miseria humana no se detuvo ahí. Cuatro días después de la expulsión, unos 200 vecinos impidieron un plan, anunciado por Cáritas y otras entidades religiosas, destinado a habilitar un espacio en una parroquia para acoger a ¡quince! (15) personas vulnerables de entre los que acampaban bajo el puente. Los vecinos, residentes del barrio del Sant Crist (el mismo que no tenía hogar y se relacionaba con otros estigmatizados, como leprosos y prostitutas), probablemente fueron también inmigrantes en su día, o descendientes suyos. Pobres, en todo caso. Pobres que, por el hecho de serlo, deberían compadecerse de quienes son aún más pobres.

Yo mismo puedo explicar mi propia experiencia respecto al tema. En mi barrio vive un hombre aún joven, marroquí, que ha tenido que dormir todo este duro invierno en el umbral (abierto a la calle) de una sucursal del Banco de Santander. Hamid (nombre figurado) tiene probablemente sus facultades mentales perturbadas, porque su vida consiste únicamente en sentarse en un banco de la calle a mirar fijamente una pared, cuando no está durmiendo en su humilde saco de dormir, soportando el frío y la humedad. Hamid rechazó dos veces mi intento de regalarle una manta. Tampoco quiere conversación, pues se limita a contestar a mis preguntas, para luego sumergirse en la contemplación obsesiva de su pared. Tan sólo acepta, de vez en cuando, un café. Eso sí: todavía brilla en él, como un último hálito de vida, esa mirada profunda y alegre de los árabes.

Llamé un par de veces al 112 (teléfono de Urgencias), que pasó la correspondiente nota a la Guardia Urbana. Como Hamid seguía allí y no tenía ni idea de qué actuaciones se habían llevado a cabo, volví a telefonear a Urgencias, quien me remitió a la Guardia Urbana porque desde ese servicio “no se podía proporcionar tal información por política de protección de datos”. La Policía Local, por su parte, rehusó nuevamente informarme. “Ponga usted una instancia al Ayuntamiento”, me contestó un agente a toda prisa. Cuando le espeté que no estábamos hablando de un permiso de obras, sino de un hombre que podía sufrir un ataque de hipotermia, el silencio al otro lado del teléfono fue clamoroso.

Mientras esto sucedía, en el peor invierno que ha sufrido Barcelona en muchos años, la muy cristiana sociedad catalana, pasaba de largo delante de Hamid, sin ni siquiera mirarle. Normal: se dirigían a celebrar, a base de opíparas comilonas, el nacimiento de un sin techo nacido hace 2025 años.

Fum-fum-fum.

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