El laboratorio israelí de los escuadrones de Trump

Bluesky

El 21 de diciembre pasado, un artículo en Haaretz llevaba por título “Israel se está convirtiendo en un modelo para los enloquecidos fascistas del mundo”. El ministro israelí de Exteriores Gideon Sa’ar no tardó en felicitar al flamante presidente chileno José Antonio Kast, hijo de un nazi y admirador de Augusto Pinochet. El año pasado la secretaria de Seguridad Nacional (DHS, responsable del ICE, la policía antiinmigración) de EEUU Kristi Noem se reunió con el extremista ministro israelí Itamar Ben Gvir y el ultra británico Stephen Yaxley-Lennon visitó Israel invitado por el ministro de la Diáspora. Uno de los rasgos que une a la extrema derecha global es la devoción a Israel, el otro una execración a la inmigración que comparte sintaxis con el antisemitismo de siempre; no hay solución de continuidad entre la ocupación colonial y el racismo antiinmigración. Pero no es el único parentesco.

En 2023 un equipo multidisciplinar de la sección botánica de la universidad de Tel Aviv fue noticia por su descubrimiento, gracias a la IA, de que las plantas emiten sonidos en situación de estrés. En diciembre del año siguiente esa universidad albergó el DefenseTech Summit, donde intervino el vicepresidente ejecutivo de Palantir, la compañía dirigida por Peter Thiel y Alex Karp. Palantir había firmado poco antes un acuerdo con el Ministerio de Defensa que incluía la venta de un sistema de inteligencia y toma de decisiones capaz de proponer planes de batalla (despliegue de fuerzas, transporte de tropas, elección de objetivos…). Karp reconoció que su herramienta “se usa en ocasiones para matar a personas”. Empleados de la compañía decidieron abandonarla por su apoyo al genocidio en Gaza y las oficinas de Londres fueron escenario de una protesta por complicidad con crímenes de guerra. Un notable contraste entre la sensibilidad hacia las plantas y la brutalidad hacia las personas.

El interés de los tecnomagnates de la IA por Israel es en ocasiones ideológico (filosionismo), sobre todo instrumental. Esto último lo detalla Antony Loewenstein en El laboratorio palestino (Capitán Swing), donde da cuenta de cómo Israel y las tecnológicas aprovechan la ocupación para vender la mercancía con el valor añadido de haber sido probada. Eso ocurre especialmente con las compañías dedicadas a la vigilancia que ofrecen sus productos a los servicios de seguridad, como ICE o Customs and Borders Protection (CBP), los operativos desplegados en Minnesota, pero también Frontex y otras agencias y gobiernos.

La irrupción de los agentes de ICE y CBP en Minneapolis ha puesto de manifiesto una neta afinidad con la política israelí hacia los palestinos. Los mecanismos de control electrónico son los usados por el ejército israelí. Y ello no es de extrañar porque los agentes han acudido a Israel en viajes organizados por la Anti-Defamation Ligue y Jewish Institute for National Security of America para entrenarse con la Unidad 8200, especializada en software y labores de vigilancia y control. Para completar la línea de puntos, una investigación de MintPress desveló que cientos de exefectivos de esta unidad trabajan en Meta, Google, Amazon o Microsoft.

De ahí un doble parecido. En la justificación: la atribución de la condición de terroristas a los atacados y matados (Noem calificó a Alex Pretti y Renee Good de ‘terroristas internos’), como hace Israel con los palestinos. Y en las maneras: atropellando las reglas del estado de derecho y de la más elemental humanidad con absoluta impunidad gracias a la IA asesina. Los observadores han descubierto otro parentesco, el término escuadrones del título tiene una referencia geográfica clara: las tropas entrenadas por la Escuela de las Américas.

De modo que así se cierra el triángulo: el ICE estadounidense ensambla la sofisticación israelí conectada con Silicon Valley con la brutalidad extrema de las dictaduras del Cono Sur, a las que Israel suministró armas y asesoramiento. De la escuela de entonces al laboratorio de hoy, de Gaza a Minnesota. No será posible torcer el brazo a los autócratas y plutócratas estadounidenses mientras se mantenga el cordón umbilical con los agentes de la ocupación y el genocidio. Los que ya han destruido Israel convirtiéndolo en icono de los herederos del fascismo.

Martin Alonso Zarza es autor de El rabo mueve al perro. Israel y Estados Unidos en el devenir de Oriente Próximo, (El Viejo Topo).

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