Puigdemont pasa por sus horas más bajas, a la espera de la amnistía

Los críticos de Junts le reprochan que haya pactado con el PSOE en Madrid, pero, en cambio, se haya negado a negociar con el Gobierno socialista de la Generalitat.

Bluesky

El presidente de Junts per Catalunya (JxCat), Carles Puigdemont, vive sus horas políticas más bajas. Lejos quedan los días en que se arrogaba la condición de líder del independentismo y timonel del procés. Hoy es un juguete roto al que cada día que pasa abandonan más fieles.

El principal síntoma de su declive es el escarnio con el que una parte del independentismo empieza a responder a sus opiniones. Donde antes había locuras, respeto y aquiescencia ante sus reflexiones, hoy hay amargor, crítica e insultos. Desde las posiciones oficialistas de Junts se intenta capear la situación atribuyendo su bajo perfil político en Cataluña a que está lejos. Pero viendo la reverencia que todavía le profesa el aparato de su partido, eso no debería ser obstáculo para tener peso específico en la política catalana, tal y como la ha tenido desde que se marcha.

Los críticos le reprochan que se ha movido más por intereses personales que por intereses colectivos. Ha sido más tacticista que estratega. «En los dos últimos años, sus vaivenes estratégicos nos han dejado desconcertados a nosotros, y por eso los ciudadanos deben estar aún más. Lo que ha transmitido es que él juega sus cartas para resolver su situación personal. Las negociaciones y las escenificaciones con Pedro Sánchez parecían una negociación sobre su amnistía en lugar de ser una negociación de pacto de investidura o de gobierno. Eso es lo que ha desgastado su imagen», afirma un exconvergente decepcionado.

Le censuran también que no ha sabido administrar la victoria del socialista Salvador Illa. El PSC estaba dispuesto a conceder a Junts un lugar preeminente en su interlocución política, pero Puigdemont prefirió darle la espalda. «Prohibió dar oxígeno al Gobierno del PSC y perdió la oportunidad de ser un partido de gobierno y un partido de país. Esto no fue culpa de los dirigentes del Parlamento, sino un error en la estrategia de la cúpula del partido. Fue su círculo más cercano quien lo llevó a estas posiciones, que sólo han debilitado a Junts en la política catalana. Podía haber sido un partido que pintara algo en Cataluña y que el Gobierno tuviera en cuenta, pero hemos caído en la más absoluta irrelevancia. No se puede negociar con el PSOE en Madrid y negarle el diálogo al PSC en Barcelona. La gente asustada no lo entiende. Si Convergència resistió tanto tiempo y ocupó la centralidad política de Cataluña fue, precisamente, para saber estar en su lugar y saber negociar», dice un dirigente que proviene de la antigua CDC, el partido que todo lo pactaba.

Los afectados directamente dicen que esta doble moral de pactar con los socialistas en Madrid y rechazar el diálogo en Barcelona fue el principio del fin de su etapa como líder independentista. Puigdemont se encuentra ahora en la unidad de paliativos de la política, y la incógnita es saber cómo se lo hará para salir indemne de esta situación.

El malestar dentro del partido es cada día mayor con Puigdemont. «Nunca sabemos qué órdenes dará a las reuniones. Tenemos que estar preparados para todo, porque dependiendo de quién sea con quien ha hablado, sale con una idea de bombero», remata otro de los dirigentes críticos que lo da por amortizado.

A pesar de esta oposición interna, nadie logra alzarle la voz o llevarle la contraria, porque eso significaría su «muerte» política. El líder siempre impone su criterio de una manera o de otra. Pero sí le recriminan que «es poco constante». «Lo aburren mucho los temas de organización. Él tiene una idea y la expone. A partir de ahí, se olvida de ella, en vez de irla puliendo, dándole vueltas y lleviéndola a la práctica. Lo que le gusta es lanzar ideas y que las apliquen los demás. En este sentido, podríamos decir que es un gandul de manual. I. tampoco le gustan las peleas y las tensiones internas. Cuando hay alguna fricción, intenta alejarse tanto como puede y se gira de espaldas. Actúa como si no existiera ningún problema», dice la misma fuente.

Fuera del partido, la soledad aún es más evidente. Los que antes lo adulaban hoy lo critican sin piedad. La pléyade de activistas e incluso de intelectuales que lo convirtieron en referente y en el líder indiscutible del independentismo, lo han ido abandonando durante los últimos años. En algunos círculos también se afirma que el gran capital catalán prefiere diversificar su riesgo y ha girado los ojos hacia la Alianza Catalana de Sílvia Orriols.

Pero lo más duro es sentir las cosas que dejan ir sobre el antes idolatrado Carles Puigdemont. La semana pasada, lanzó un tuit con motivo de la llegada del presidente norteamericano, Donald Trump, al foro de Davos. «Esta semana, Kim Jong Trump irá a Davos a explicarnos su visión/amenaza del mundo. Calcémonos», dijo Puigdemont.

Inmediatamente, le llovió de todo en las redes. Hace solo unos años, este comentario le habría valido un cierre de filas con su postura, pero ahora el activismo no calla. «Sigue haciendo el payaso, sigue, a ver si todos vosotros, cuadrilla de vividores gandules, os vais a la cola del paro», le dedicaba un activista. La inmensa mayoría de los comentarios criticaban ácidamente su broma sobre Trump. Ramon Audet, un conocido activista digital, lo acusaba directamente: «Eres un fracasado. No vas a ser capaz de quitarte ni periodismo ni filología. Has vivido toda la vida de la mañanera política y vas a caer de rebote como presidente de la Generalitat: las credenciales eran una vida de militancia y obediencia. Vas a ser un traidor. Menos ínfulas para hablar sobre Trump».» Esta pifia no es digna de un presidente de Cataluña. A mí me hace sentir avergonzada», le gritaba la activista Palmira Flor. Incluso el empresario Jordi Roset, que ha sostenido económicamente el Consejo de la República a través de su empresa Petróleos Independientes, le daba una sonora bofetada: «Ya nos hemos cargado las simpatías que tenía Israel por el movimiento independentista y ahora el que querría ser el presidente legítimo se nos quiere cargar las pocas que nos tienen los Estados Unidos». Y otra internauta también le criticaba el tuit: «Ya solo quedabas tú para enemistarnos con los EE. UU. Por un momento he pensado que la pifia era de ERC, Podemos o Sumar. No bajes más el nivel, que Juntos va perdiendo votos en cada pileta tuya y del Comín».

«Cada día eres más pequeño»

Con motivo del accidente ferroviario de Gelida, Puigdemont sufrió otro baño de realidad. El 21 de enero gritaba: «Cataluña camina directa al bloqueo. Durante la campaña electoral, puse sobre la mesa la necesidad de refundar las vigas maestras del país, porque estaba tocando el muelle del hueso en todas las grandes carpetas: el ascensor social averiado, el sistema de educación que hace aguas, un acceso a la vivienda imposible, la sanidad colapsada, una burocracia y una normativa asfixiante que trata al ciudadano desde el principio de culpabilidad, unos impuestos excesivos o una movilidad impracticable».

Lo dice con la experiencia que los suyos dirigieron la Generalitat desde el año 2010 hasta el 2024. «La gente se da cuenta de que los desastres no se han montado en un año y medio escaso. La cosa venía de antes. ¿Y quién gobernaba antes? Pues eso, es lo que pasa por charlar demasiado. La presión fiscal, los servicios desastrosos y la situación económica no es culpa de los que llevan un año gobernando, sino de los que han gobernado los 15 años anteriores. O sea, de Junts y ERC», le responde un diputado del PSC.

Pero Puigdemont ha sentido el escarnio y los ataques desde sus propias filas. Al día siguiente de este comunicado, alertó que «Cataluña colapsa por incompetencia, dependencia y falta de liderazgo. La propaganda del Gobierno no ha aguantado la realidad del país. Y ha llegado el momento de decir ‘Ya basta’, pienses lo que pienses». Acababa reclamando más inversiones y «traspasar íntegramente toda la red ferroviaria a Cataluña sin más demoras ni inventos».» Cada día tus pifias son más largas y tú más pequeño», criticaba Un Tal Toni, uno de los activistas digitales más seguidos. Incluso la doctora Arroeta, más conocida como La Psicóloga del Born, alertaba de que «si yo fuera tu asesora, presidente, te recomendaría dejar de contratar el botoncito azul, comunicas mejor con tuits breves. Y te diría que dejaras los pactos con el PSC-PSOE y volvieras a encarar la independencia». Ambos perfiles eran, en otros tiempos, firmes apoyos del expresidente. Hoy se lo miran con desconfianza desde la distancia.

Le recriminaba otro activista que «ni tú ni Junts tenéis ningún tipo de credibilidad para hacer nada de lo que mencionas». Otro lo trataba de «delincuente». Y otro más le recordaba que «a estas alturas, presidente, ya he pasado a ser completamente irrelevante para el país y su gente». Otro todavía era más duro: «Tú no vas a poner ninguna viga. Cuando tenías que poner las vigas te varas escapar y vas a dejar el país en manos del 155 y los ciudadanos en manos de la represión. Nosotros estábamos. Vosotros vais de cacha. Eres un farsante». Incluso Mafalda se ponía en su contra: «Toda la razón. Cataluña colapsa por incompetencia, dependencia y falta de liderazgo, y os falta añadir ‘porque vuestros líderes se acoquinaron, os engañaron y se vendieron al enemigo a cambio de prebendas, y aún sigue así'». Pero le queda el consuelo del apoyo de Àngel Colom, el ex de la Crida, de ERC y del Partido por la Independencia: «Es eso, presidente… ¡Tenemos que retomar el camino hacia la independencia!».

Desde los sectores posconvergentes de su propio partido no se esconde el temor a que su líder tenga ahora los pies de barro y que desconcierte a su electorado tradicional. «Es que no ha parado de mentir desde que se fue a Bélgica. Prometió volver a Cataluña en varias ocasiones. Puso fechas y prometió y juró que si lo votaban, volvería, pero no lo hizo. Al final, la gente se ha cansado y ahora nadie se cree lo que dice», explica un destacado posconvergente.

*Puedes leer el artículo entero en el número 1651 de la edición en papel de EL TRIANGLE.

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