Es destacable, aunque ocurre siempre en el entorno laportista, que una misma incidencia o situación provoque una reacción mediática, en un sentido o en otro, según quién es el presidente y no por las circunstancias. Es el caso de la salida de Dro Fernández, perla de la Masía que acaba de marcharse al PSG sin que, en cambio, el ‘robo’ de otro chico del plantel haya alterado las reconocidas cordiales relaciones del Barça de Laporta con un club, el PSG, que, entre otros, se ha llevado Dembélé, Arnau Tenas y Dro, además de Neymar y Messi en los últimos años.
Dembélé, Balón de Oro 2025, se marcha a cambio de 25 millones de euros por el Barça en una de las peores operaciones de la historia, 16,8 millones más que Dro (8,2 millones), mientras que Arnau Tenas se fue gratis porque alguien desde dentro del club, en una oscura maniobra nunca denunciada ni revelada, se olvidó de activar la cláusula automática de renovación que tenía firmada.
Ahora con Dro -su agente es Iván de la Peña y éste no forma parte del círculo de amigos del presidente-, la reacción de la directiva y de los medios oficialistas ha sido de marcado rencor y críticas por «abandonar el barco» cuando ya estaba en dinámica del primer equipo, con réplica sutil del futbolista aludiendo al mejor proyecto de Luis Enrique con los jóvenes en el PSG a diferencia del de Hansi Flick.
Curiosamente, la directiva del Barça no ha tenido ningún inconveniente en sentarse a negociar con el PSG para evitar su salida a cambio de la cláusula (6 millones), habilitando otras vías con el fin de reducir la fiscalidad de la operación y, de paso, que alguien saliera ganando un poco más en la intermediación, hasta 2,2 millones según ha filtrado el aparato laportista a los suyos sin duda para enchufar el dolor causado por la ‘traición’ de Dro.
¿Lo es realmente? ¿Lo fueron también la marcha en su momento de Cesc, Piqué, Jordi Alba, Éric Garcia o Dani Olmo? Parece que no tanto. Con el paso del tiempo y debido a su crecimiento y méritos, volvieron a casa con una notable inversión por parte del FC Barcelona en según qué casos; por ejemplo, de 60 millones en la operación de traspaso de Dani Olmo del Leipzig, un coste para el Barça de más del doble del que ingresó por Dembélé.
Mediáticamente, en cambio, a Dro conviene crucificarlo y acusarlo en un delirante circo de la prensa laportista, siempre dirigida, que aplaudió la puntada a Messi con el mismo entusiasmo con el que, unas semanas antes, elogiaban a Laporta, tras las elecciones, por su poder de seducción para renovarlo y, sin duda, a años luz de la cruel, fanatizada y ácida crítica a Bartomeu para retenerlo tras su burofax pidiendo la carta de libertad.
Siempre es el mismo suceso de fondo, un futbolista que decide marcharse del Barça y un eco diferente según quien manda y a quien decide señalar el entorno como culpable. Esta semana le ha tocado a Dro por su actitud «desagradecida» con el club -no ha hecho nada diferente de decenas de futbolistas de casa que no pueden seguir en el Barça (Simons, Cucurella, Ilaix Moriba, Nico…)– al mismo tiempo que los propios periodistas subrayaban la magnífica gestión de Laporta obteniendo casi 100 millones netos por traspaso de jugadores prácticamente en edad juvenil o aún de primer año de filial en los últimos años.
En todo caso, además de la providencial remitida actual del primer equipo (Balde, Araujo, Gerard Martín, Cubarsí, Eric García, Pedri, Gavi, Olmo, Fermín, Lamine, Casadó y Bernal), doce de 23 fichas y prácticamente ocho plazas titulares de media, el mérito de este extraordinario valor de mercado (600 millones) de los jugadores del plantel de Flick, tanto de los que se han consolidado como de los traspasados, es de la Masía heredada de Josep Maria Bartomeu.
A Dro, sencillamente, le ha pasado que otros futbolistas, con agentes más afines al presidente, parecen tener más posibilidades de jugar -al menos esa ha sido su percepción- en la dinámica de Hansi Flick. No hay que dar más vueltas. Como todo futbolista joven y con talento aspira a jugar y triunfar. El resto del ruido forma parte de este juego no siempre tan limpio ni comprensible de las complejas relaciones entre clubes, o mejor dicho, presidentes, e intermediarios.













