La muerte del joven maquinista andaluz

Bluesky

La trágica muerte del joven maquinista sevillano Fernando Huerta, en el accidente de Gelida del pasado día 20, ha desatado la catarsis imprescindible para abordar, de una vez por todas, el malestar social que provoca, desde hace años, el deficiente funcionamiento de los servicios de Rodalies y regionales en Cataluña. El sacrificio de este trabajador en prácticas tiene que servir para marcar un punto final y empezar una nueva etapa, en la cual este transporte público sea tan eficiente como lo son el Metro de Barcelona o los Ferrocarriles de la Generalitat.

Por primera vez, todo el mundo que está involucrado para que así sea –Ministerio, RENFE, ADIF, Generalitat, sindicatos ferroviarios y plataformas de usuarios– está alineado con un mismo objetivo y con una misma manera de proceder. La muerte de Fernando Huerta ha servido de revulsivo para que la sociedad catalana asuma los riesgos, las inquietudes y déficits que pasan los conductores de trenes de RENFE en Cataluña, a quienes los independentistas señalan, a menudo, como «ñordos».

Es evidente que la red de Cercanías y regionales sufre un déficit de inversión, que se acumula desde hace décadas. Pero también es cierto que, en los últimos años, se han multiplicado y acelerado las obras para modernizar esta red de 1.100 kilómetros de vías: 2.505 millones entre los años 2020-25, un 72% de lo que se había presupuestado, y que en el segundo semestre de este año empezarán a circular los nuevos trenes de alta capacidad de RENFE.

En estos días críticos que hemos vivido, la consejera Sílvia Paneque y el secretario de Estado de Transportes, José Antonio Santano, han presentado el Plan Cercanías 2026-30, con una dotación presupuestaria de 8.000 millones de euros, que tienen que servir para atrapar los años perdidos. A todos -partidos, sindicatos, patronales, plataformas de usuarios, ayuntamientos…- nos corresponde velar y fiscalizar el desarrollo de este ambicioso programa de obras y denunciar, con vehemencia, cualquier incumplimiento o demora.

Tenemos que ganar la batalla por la modernización del servicio ferroviario en Cataluña. En este sentido, hay que mencionar la valiente y eficaz labor hecha por el lobby empresarial valenciano para desencallar y acelerar la construcción del corredor mediterráneo.

Las Cercanías no son solo un medio de transporte esencial para la vida cotidiana de la gente sencilla. Son también un símbolo de progreso y de civilización. En la sociedad ecológica y ordenada que queremos, el tren, como máximo exponente del transporte público, tiene que ser el eje vertebrador de la movilidad.

Una gran lección de la tragedia de Gelida es que hay que escuchar más a los trabajadores de la empresa operadora cuando denuncian las incidencias de la red y del servicio e integrarlos en los organismos de toma de decisiones, como ya pasa en la nueva empresa mixta Cercanías de Cataluña, constituida por la Generalitat y RENFE. Ellos asumen una gran responsabilidad, ya que están en sus manos los 400.000 usuarios que utilizan diariamente este medio de transporte para moverse.

Tener un servicio de Cercanías y regionales seguro, moderno y puntual no es una quimera: es una obligación democrática. Pero poner al día esta infraestructura, envejecida en muchos tramos, requiere no solo la inyección de inversiones: también una potente política de comunicación e información para que los usuarios tengan, con la máxima precisión posible, un conocimiento de las obras que se acometen, de su duración, de las incidencias que se producen y de las alternativas que se le ponen a disposición para hacer sus desplazamientos.

Durante demasiados años, RENFE -y su hermana ADIF- han sido percibidas como un ente lejano y oscuro, sinónimo de desorganización y de mal servicio. Ahora, con la creación de la empresa mixta Cercanías de Cataluña, con mayoría de la Generalitat en su consejo de administración, tenemos, por fin, la oportunidad de revertir esta pésima percepción y considerar -como así es- que RENFE es nuestra: de los usuarios, de los trabajadores ferroviarios y de nuestro Gobierno.

Necesitamos tiempo para poner al día esta infraestructura y recuperar la confianza en el servicio de tren. Pero también análisis e inteligencia a la hora de diseñar las rutas y los horarios. La realidad demográfica y urbana ha evolucionado en los últimos años y no podemos ser prisioneros de inercias obsoletas.

La conexión de Lleida, Tarragona y Girona con Barcelona es esencial para la movilidad del país y está garantizada por la alta velocidad. Pero es evidente que hace falta un potente servicio de trenes regionales que cubra estas comunicaciones y, a la vez, tenga parada en las localidades intermedias (Mollerussa, Cervera, Torredembarra, Calafell, Arenys de Mar, Calella, Blanes, Sant Celoni, Caldes de Malavella…).

La segunda corona del área metropolitana de Barcelona -Vilanova i la Geltrú, Vilafranca del Penedès, Martorell, Manresa, Vic, Terrassa, Sabadell, Granollers y Mataró- necesita que el servicio de tren funcione con una alta frecuencia y a una velocidad que lo hagan competitivo con el uso del coche y de los buses, para descarbonitzar y evitar el colapso circulatorio de las entradas a la capital.

Como ya pasa en Barcelona y en Lleida, también hay que pensar en la implementación de servicios de cercanías específicos y tranvías para Girona y Tarragona, para dar coherencia a la movilidad interna que generan estos territorios, densamente urbanizados (casos como Reus, Salou, Cambrils, Valls, Banyoles, la Bisbal, Llagostera, la Costa Brava…).

Cataluña fue pionera en la implantación del ferrocarril en España, con la línea Barcelona-Mataró, inaugurada en 1848, el año de las revoluciones. No nos tenemos que conformar con mantener y renovar a fondo la red y los trenes heredados. A los catalanes de hoy nos toca trabajar y presionar para hacer realidad la Estrategia Ferroviaria, elaborada por la Generalitat en la perspectiva de la Cataluña de los 10 millones de ciudadanos. ¡La revolución de más y mejores trenes!

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