Joan Laporta hubo de deshacerse pronto de Ernst & Young, el primer auditor de su segunda presidencia en el Barça porque, básicamente, no estaba acostumbrado a que la directiva -en su caso la de Josep Maria Bartomeu y luego la Comissió Gestora presidida por Carles Tusquets– le impusiera criterios contables, trucos y maniobras con la finalidad de que las cuentas reforzaran estrategias mediáticas descuidando e ignorando el principio fundamental de expresar fielmente los estados financieros del Barça en su balance económico.
La causa principal de la salida por piernas de Ernst & Young no ha sido revelada hasta hace poco, localizada en la burda manipulación de las escandalosas cuentas del ejercicio 2020-21, teóricamente de transición, pero que Laporta y su sofisticado y negligente equipo económico, con el CEO Ferran Reverter a la cabeza y Eduard Romeu como vicepresidente económico a la cabeza, adulteraron engañando a los socios con la presentación y aprobación de pérdidas por un total de 481 millones. En realidad, sin embargo, Hacienda no se creyó estos resultados y, tras analizarlos, solo le aceptó como reales 270 millones como déficit de la temporada 2020-21, el ciento por ciento de las cuales directamente asociadas al impacto de la pandemia tras más de un año con el Camp Nou y el Museu cerrados.
Cuando Ernst & Young apreció que la única y perversa intención de Laporta era la de señalar a Bartomeu como un monstruo financiero a base de doblar sin motivo ni sentido los números rojos, con la única e inexplicable consecuencia de infringir un grave perjuicio a la estructura económica al Barça, decidió cortar por lo sano su relación con el Barça de Laporta y poner así a salvo su prestigio y reconocido rigor profesional en el universo financiero.
Explicado de otro modo, en la asamblea ordinaria de octubre de 2021, Laporta engañó a los socios presentando un resultado negativo de 481 millones cuando en realidad eran 270 millones, es decir 211 menos. Sobre esa mentira, Laporta justificó echar a Messi, rechazar el préstamo de CVC y dejarse asesorar y guiar por Florentino Pérez para abrazar la nefasta palanca de los derechos de tv de la Liga con Sixth Street, además de fidelizar su pésima visión de la jugada suscribiendo con el Real Madrid un documento de adhesión inquebrantable a la Superliga que al Barça le costará 300 millones romper el día que de verdad corte las relaciones con el Real Madrid y esa condición de servilismo y de títere de Florentino.
Hoy, las cuentas del Barça siguen siendo opacas e irregulares tras los desaguisados atribuibles a las atrocidades de Laporta a las que también cedió el siguiente auditor, Grant Thornton a lo largo de los ejercicios 2021-22, 2022-23 y 2023-24 antes de huir como antes lo había hecho Ernst & Young. Al nuevo, Grant Thornton, le tocó tragar con la falsa palanca de Barça Studios, de 408 millones inexistentes, y el destape de los 157,7 millones también ilusorios de una plusvalía inventada de la palanca de Sixth Street, además de los equilibrismos insufribles en los cientos de millones aplicados a pérdidas sobre provisiones también más que dudosas y reprochables.
Grant Thornton hubo de aparecer ridículamente, igual que LaLiga, como el auditor garante y fiable de casi 400 millones de ingresos por la explotación y venta de Barça Vision de los cuales apenas poco más del 10% resultaron ser ciertos, eso sí, a cambio de otras prestaciones como las licencias de restauración a favor de Armarak, que nada tiene que ver con la actividad audiovisual ni los nuevos tesoros digitales prometidos por Laporta como “una mina de oro”.
Al final, tras imponer un deterioro insuficiente de 90 millones en el cierre del ejercicio 2023-24, Grant Thornton dio un sonado portazo dejando una salvedad en las cuentas por la negativa de la directiva de Laporta a aplicar una regularización de más de 100 millones a causa del valor cero real de Barça Vision.
A Laporta le dio igual y presentó ante la asamblea unas cuentas con la disconformidad del auditor. Una aberración que ahora le ha tocado renegociar al siguiente auditor, Crowe, que empezó muy fuerte retirando de la circulación el contrato fantasma con New Era Visionary Group -porque no se sostenía, ni se sigue sosteniendo-, pero que también ha acabado retratado admitiendo y dando por buenas todas las trampas de Laporta en las cuentas de su primer curso.
Crowe se ha visto atrapado entre la solidez indiscutible e inevitable de la salvedad expresada por Grant Thornton y la necesidad de Laporta de disimular otro año de pérdidas brutales de casi 100 millones. ¿Cómo? Mediante una alucinante i grosera maniobra consistente en maquillarlas, dejando caer 17 millones de déficits en las cuentas cerradas a 30 de junio de 2025 y reabriendo las cuentas aprobadas de 2024, que ahora, según la memoria, se cerraron con 180 millones de pérdidas y no con 90 millones como aprobó la asamblea.
La chapuza, trampa, fraude o como se quiera calificar la solución solo es posible en este universo laportista, cada vez más gobernador por una especie mago de Oz donde el embuste parece normalizado y, sobre todo, invisible. Cuando menos, la literatura legal deja abierta una puerta a una impugnación que, por ahora, ningún socio ni colectivo se ha atrevido a presentar.
En la normativa contable y mercantil, una asociación no puede alterar las cuentas anuales cerradas y aprobadas por la asamblea general del ejercicio anterior, ya que estas se consideran definitivas tras su aprobación. La Ley Orgánica 1/2002 reguladora del Derecho de Asociación (artículo 14) exige que las asociaciones lleven contabilidad que refleje la imagen fiel y aprueben las cuentas anualmente en asamblea, pero no prevé mecanismos para su modificación posterior.
Y no existen excepciones generales para la reapertura de cuentas aprobadas. La jurisprudencia confirma que la subsanación procede en el ejercicio de detección, no retroactivamente. Solo cabría reformulación previa a la aprobación si se detectan hechos significativos entre formulación y asamblea, pero nunca después. Solo se admiten a pequeños ajustes por errores de cálculo o en las pequeñas diferencias derivadas de la aplicación de normativas que pueden estar sujetas a interpretaciones y cuya corrección altera sustancialmente los resultados.
No es lo que ha ocurrido a pesar de que la reexpresión de los resultados del ejercicio 2023-24 en el informe de auditoría 2024-25 del FC Barcelona no constituye una rectificación legal de las cuentas cerradas y aprobadas en octubre de 2024, sino un ajuste contable, según la memoria, contable por corrección de errores detectados posteriormente, relacionado principalmente con provisiones insuficientes en la operación Barça Vision/Barça Media a causa de impagos que elevaron las pérdidas de 90 millones anunciados a unos 180 millones.
Crowe coincide con Grant Thornton en que las provisiones por impagos en Barça Media (141 M€ registrados en 2023-24) se quedaron cortas, pero decide proyectar el grueso de la corrección sobre el ejercicio anterior para reflejar una imagen fiel actualizada, sin cuantificar la diferencia exacta, pero duplicando las pérdidas amparándose en la normativa que admite correcciones de errores materiales de periodos anteriores, que se imputan retrospectivamente en comparativos, no reabriendo cuentas aprobadas.
O sea, que Crowe atribuye la diferencia de 90 millones a causa de un error. Delirante.
Contra este criterio tan perverso y absurdo, el argumento que lo aplasta es tan sencillo como la propia salvedad expresada por el anterior auditor advirtiendo antes de la asamblea de 2024 de la insuficiencia de la provisión contra la desvalorización de Barça Vision. No puede haber error posible cuando el auditor advierte de la imperiosa urgencia de aplicar más pérdidas en el ejercicio 2023-24 que Laporta se niega en redondo a asumir. Es una situación completamente distinta: la directiva del FC Barcelona ignoró la salvedad explícita de Grant Thornton en el informe de auditoría 2023-24, que ya advertía de «claros indicios de deterioro» en la inversión de 208.907 M€ en Bridgeburg Invest (Barça Vision/Barça Media) por incumplimientos de pagos de socios, suspensión de la combinación de negocios y fracaso de planes de negocio, sin que el club proporcionara nueva valoración.
Los expertos no dudan de que los resultados económicos de la asamblea de octubre son potencialmente impugnables si un socio demuestra que la presentación de resultados 2024-25 están «condicionados» por esta reexpresión de las cuentas que induce a error y viola los principios contables que deben defender e imponer los criterios de fidelidad de los estados financieros.
A Crowe también se le atribuye, en su convulso y ya cuestionable estreno, su capitulación final en la operación de los asientos VIP, inicialmente descartado como ingreso íntegro de una sola temporada y con posterioridad reconocido (70 millones) para salvarle los muebles a Laporta, pues sin esa entrada las pérdidas acumuladas del mandato ya rondarían los 300 millones. Sobre los (im)pagos de New Era Visionary Group ya circulan los habituales rumores sobre sospechosos retrasos.
¿Cuánto resistirá Crowe poniendo remiendos a la desmadejada contabilidad de Laporta? Probablemente, poco más si quiere mantener un cierto estándar reputacional a menos que quiera hundirse con el barco.










