Más truhan que señor

Bluesky

Hay artistas que han construido una carrera entera sobre una ambigüedad calculada. Julio Iglesias es un paradigma. Durante décadas, el cantante ha jugado a ser más truhan que señor, seductor profesional, galante de escenario, símbolo de una masculinidad que se presentaba como inofensiva porque era sonriente, melódica y envuelta de baladas. «Soy un truhan, soy un señor», cantaba, como si una cosa pudiera compensar a la otra. Hoy, este equilibrio ficticio hace aguas.

Las acusaciones de agresiones sexuales que han aparecido recientemente —que habrá que aclarar judicialmente, con todas las garantías y con plena presunción de inocencia— obligan, sin embargo, a una reflexión que va mucho más allá del caso concreto. Porque aquí no estamos hablando solo de un artista, sino de un relato cultural que durante demasiado tiempo ha confundido seducción con impunidad, carisma con derecho, fama con permisividad.

Hay que ser claros: una acusación no es una condena. Pero tampoco es un rumor folclórico ni una anécdota menor. En una sociedad que ha aprendido —con retraso, pero ha aprendido— a escuchar a las víctimas, el reflejo de minimizar, reír o relativizar este tipo de denuncias ya no es admisible. Ni siquiera cuando el acusado es un mito generacional, un icono o la banda sonora de medio país.

Iglesias cantó durante años que «la vida sigue igual». No: no sigue igual. Y afortunadamente. Lo que antes se presentaba como una picardía masculina hoy se lee, con razón, bajo otra luz. El problema no es el flirteo ni el deseo; el problema es la frontera, clara e infranqueable, del consentimiento. Todo lo que queda fuera es abuso.

El debate no va —o no debería ir— de cancelar canciones ni de borrar discos. Va de desmontar una cultura que durante décadas ha protegido comportamientos reprobables detrás del telón del éxito. Una cultura que ha dicho demasiadas veces «esto siempre ha sido así», «eran otros tiempos», «no exageremos». No: no eran otros tiempos; eran los mismos, pero con menos voz para las mujeres.

Es especialmente revelador como una parte de la opinión pública corre a defender al artista no con argumentos jurídicos —legítimos— sino con indulgencia moral: que si era un seductor, que si todas iban, que si él era así. Este discurso no defiende la presunción de inocencia; defiende una idea tóxica de masculinidad que confunde poder con derecho y silencio con consentimiento.

Quizás ha llegado la hora de releer las letras con menos nostalgia y más espíritu crítico. Cuando Iglesias cantaba «me olvidé de vivir», quizá sin querer retrataba una época entera que prefirió mirar hacia otro lado. Hoy, en cambio, no nos podemos permitir este olvido selectivo. No por revancha, sino por responsabilidad.

Presumir de inocencia es un derecho. Mirar de frente las denuncias y lo que representan, una obligación colectiva. Y si algo debería quedar claro es que, en esta sociedad que —con todas las dificultades— intenta ser más justa, ya no basta con ser truhan y señor. Es necesario, sobre todo, ser responsable.

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