Julio Salinas ha sido uno de los pocos exjugadores del FC Barcelona que ha salido públicamente a criticar la modificación de los escudos del Barça y del Real Madrid durante la final de la Supercopa disputada en Arabia Saudita. La alteración, que elimina elementos simbólicos como la Creu de Sant Jordi del escudo azulgrana o la corona del Madrid, ha generado indignación entre aficionados y sectores del barcelonismo, pero no ha encontrado una respuesta igualmente contundente en el entorno institucional o mediático del club.
Salinas ha calificado la decisión de inaceptable y ha recordado que el escudo no es un elemento decorativo ni accesorio, sino el resumen visual de la historia, la identidad y los valores de un club. Según su criterio, adaptar símbolos por motivos culturales, religiosos o comerciales puede parecer una solución pragmática, pero en realidad supone cruzar una línea roja: la de renunciar a lo que define una entidad centenaria a cambio de no incomodar el mercado anfitrión.
La polémica se ha acentuado porque la modificación no afecta a un detalle menor, sino a un símbolo fundacional como la cruz, presente en el escudo del Barça desde sus orígenes. Para Salinas, aceptar este recorte simbólico abre la puerta a futuras concesiones y consolida la idea de que, en determinados contextos, la identidad del club es negociable.
Mientras la Supercopa se ha consolidado como un producto exportable y altamente rentable, el debate que ha encendido pone en evidencia una tensión cada vez más recurrente: hasta dónde puede llegar la internacionalización del fútbol sin desfigurar la esencia de los clubes. En este escenario, la voz de Salinas ha destacado precisamente porque no ha buscado la equidistancia ni la excusa, sino una defensa directa de un principio que muchos aficionados consideran irrenunciable.














