El aterrizaje forzoso de Joao Cancelo en el Barça de Hansi Flick y los denodados esfuerzos del área técnica y de la financiera por asegurarse la continuidad de Marcus Rashford no serían exactamente dos de los fichajes más atractivos del mercado europeo en este momento en el que, si se desata la tormenta electoral, entrarán en juego las habituales promesas de estrellas como Haaland y otros cracks, emergentes o no, que forman parte de los rumores alrededor de los grandes clubs europeos.
Por ese flanco, a Joan Laporta no le importa seguir unos meses, otro año más y los que hagan falta, afectado por la condición crónica del exceso de masa salarial. Un escenario que hasta Javier Tebas, el presidente de LaLiga, ha aprovechado para comercializar como arma propagandística en su guerra contra el Real Madrid y los clubs que, agitados por la bandera blanca del imperalismo de Florentino Pérez, se quejan a veces del hermetismo de las reglas control económico. «El Barça no está e la regla 1:1 y gana Ligas», ha dicho.
Desde luego, con su complicidad personal y la de LaLiga, que no vio venir la primera palanca de Sixth Street de 200 millones, que levantó a barrera ante la segunda (de 400 millones), pero que se tragó la falsa plusvalía de 157,7 millones de esa misma operación y los 400 millones siguientes del embuste de Barça Studios. En total, más de 500 millones con los que Laporta pudo inscribir a un montón de jugadores (Lewandowski, Koundé, Raphinha, Marcos Alonso, Héctor Bellerín y Christensen, por ejemplo) que, en rigor y con la correcta aplicación de la ley, no habrían vestido nunca de azulgrana sin trampas. Por no hablar de Dani Olmo, inscrito con un decreto de la Moncloa y sujeto a que la Audiencia Nacional decide cómo resolver ese pufo, y de Joan Garcia, que juega porque se lesionó Ter Stegen.
Hasta Joao Cancelo, el regreso menos ilusionante del Barça en mucho tiempo, es el fruto de otra lesión de Christensen -como el año pasado en verano- que permitió, por lo menos, dar de alta a Olmo hasta diciembre.
La errante y fracasada gestión económica de Laporta la ha tapado la explosión de la generación de oro de la Masía -heredada en su totalidad de la época de Josep Maria Bartomeu-, cuya estrella, Lamine Yamal, también ha sido renovado (a precio de oro) gracias a una legislación específica de Javier Tebas del año pasado que a Laporta le salvó la vida y a Jorge Mendes le dejó otra comisión generosa y reparadora, al menos por ahora.
Pero Jorge Mendes necesitaba que el Barça le echara una mano con Cancelo de la misma forma que, en el trágico verano último, Laporta hubo de regalar a Íñigo Martínez por intereses puramente personales a la hora de distribuir el escaso margen salarial.
Laporta se mueve ahora entra los delirios de grandeza a los que tiene acostumbrados a sus agentes-amigotes (Jorge Mendes y Pini Zahavi) y las miserias de sus recursos disponibles, que son escasos y mal gobernados, pues las ampliaciones de contrato de la mayoría de los jugadores del primer equipo actual responden a esa maniobra absurda de ir aplazando fichas, cargándolas en los últimos años de contrato, una fórmula que agentes y jugadores aceptan a cambio de un incremento del salario. De esta forma, Laporta ha ido eludiendo la normativa de LaLiga, que exige el cumplimiento de un plan de tesorería siempre a dos años vista.
Frenkie de Jong, Èric Garcia, Jules Koundé, prácticamente todos, hasta Joan Garcia -menos Balde, de la divisa Mendes y a la espera de otra estocada antológica- han ido pasando por esa licuadora con la que medio se engaña a LaLiga y Laporta se hace sus trampas al solitario.
No le alcanza, en cualquier caso, para dar de comer a sus felices comisionistas. Por eso necesita una pizca de suerte, como con la lesión de Christensen, siempre oportuna, a quien se estudia prolongar su contrato para no dejarlo en la estacada al final de esta temporada. Y necesita también remover cielo y tierra para cerrar el traspaso obligado de Rashford, no porque lo exija el Manchester United, sino porque forma parte de los acuerdos privados de Laporta y de Pini Zahavi, según algunas fuentes próximas, por favores pendientes de gestiones en la fértil y generosa liga de Arabia Saudí, de la que todos los clubs del mundo se benefician menos el Barça de Laporta, que les regala jugadores si hace falta y encima se queda, pagando, con el único futbolista desechado.
Laporta tendrá que recurrir a otro Beckham (ilusorio), como en 2003, o a otra renovación de Messi, como en la mentirosa campaña de 2021, para que el socio le vote esta vez. Y probablemente le saldrá bien por esa inclinación casi morbosa del socio del Barça a creerse absolutamente todo lo que dice. Sus intermediarios de confianza saben hacer magia.











