Cuando la sanidad hace horario

Bluesky

A pesar de disponer de infraestructura, los hospitales de Lleida y Tarragona no pueden intervenir los ictus graves las 24 horas, obligando a muchos pacientes a ser trasladados a Barcelona. Una situación que pone en cuestión el derecho a una atención sanitaria digna e igualitaria. Lo hemos leído hace pocos días en el 3Cat: en Lleida y Tarragona, los casos más graves de ictus solo se pueden intervenir unas horas al día. El Hospital Arnau de Vilanova, de Lleida, sólo hace cateterismos para extraer coágulos de lunes a viernes, entre las nueve de la mañana y las dos del mediodía. El Joan XXIII, de Tarragona, amplía un poco más el servicio —de ocho de la mañana a ocho de la tarde—, pero tampoco cubre las noches ni los fines de semana. Cuando el reloj marca fuera de horario, los pacientes deben trasladarse a Barcelona. Y en una enfermedad tiempodependiente, como recordaba en el mismo reportaje el jefe de Neurología del Arnau de Vilanova, Francesc Purroy, cada minuto puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Susana Alonso

El año pasado, en la demarcación de Lleida, unas cien personas sufrieron un ictus grave que requería intervención. Dos terceras partes fueron evacuadas en helicóptero a Barcelona. En Tarragona, 64 de los 700 pacientes atendidos también tuvieron que ser trasladados porque su ictus llegó «fuera de horas». Mientras tanto, los hospitales del Pirineo —Tremp, La Seu d’Urgell, Vielha— no pueden atender estos casos y dependen de la telemedicina para decidir si es necesario un desplazamiento. Algunos pacientes de la Val d’Aran, paradójicamente, acaban siendo intervenidos en Tolosa de Languedoc. La proximidad francesa ofrece lo que la propia sanidad catalana no garantiza: la inmediatez.

La presidenta de la Asociación de Enfermos y Familiares de Ictus de Lleida, Carme Monsó, lo decía con sencillez y contundencia: el territorio es inmenso, y el tiempo es clave. Cuando un paciente sufre un ictus en un pueblo pequeño, hay que llevarlo al hospital de referencia —Lleida— y, si no se puede actuar, aún más lejos, a Barcelona. Es una carrera contra el reloj que muchos empiezan en desventaja por el simple hecho de vivir fuera del área metropolitana.

La consejera de Salud, Olga Pané, ha anunciado recientemente la creación de un tercer turno de anestesistas en el Joan XXIII para avanzar hacia la cobertura total. También desde Salud aseguran que analizan la viabilidad de ampliar horarios en Lleida. Pero la realidad es tozuda: en 2025, en Cataluña, todavía hay territorios donde la sanidad pública tiene horario de oficina.

Y eso, más que un dato, es una vergüenza colectiva. No puede ser que un derecho fundamental dependa de la hora del reloj o del código postal. Hablamos de una cuestión de dignidad, no de eficiencia administrativa. No es un problema técnico, sino ético. Cuando la vida de un ciudadano de Lleida vale menos tiempo de atención que la de uno de Barcelona, algo profundo se ha roto en el sistema que pretendíamos justo y universalmente. A menudo se habla de falta de profesionales formados, y es cierto: el cateterismo cerebral es una técnica compleja, que requiere pericia y larga formación. Pero también hace falta imaginación y voluntad política. El propio doctor Purroy apuntaba al modelo alemán, donde no se traslada el paciente, sino el profesional. Si hay hospitales equipados, ¿por qué no desplazar los equipos médicos cuando es necesario? Es una solución de sentido común que salvaría vidas sin esperar décadas de formación o promesas presupuestarias.

La pandemia nos enseñó que la sanidad pública puede reinventarse en tiempo récord cuando hay urgencia y determinación. ¿Por qué, pues, no hay la misma energía cuando la urgencia es la de un cerebro que se muere esperando una ambulancia? Quizá porque quienes esperan no hacen ruido, porque el ictus no es una pancarta ni una manifestación, sino un silencio. El silencio de un cuerpo que se paraliza, de una voz que ya no puede pedir ayuda. La salud no debería entender de horarios. Una sociedad que acepta que los hospitales cierren puertas a ciertas horas está renunciando a una parte esencial de su humanidad.

Quizás el verdadero ictus es este: el de un sistema que, lentamente, pierde su capacidad de reaccionar ante la injusticia.

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