En un contexto civilizado y de mínima sensibilidad democrática (como lo fue años atrás el Barça y su universo social, prensa, entorno, etcétera) la situación procesal del actual presidente, Joan Laporta, y de tres de sus socios mercantiles como Rafael Yuste, Xavier Sala i Martín yJoan Oliver, directamente vinculados a la gestión y gobernanza del FC Barcelona en los periodos 2003-2010 y desde 2021 hasta hoy, debería provocar recelos, suspicacias y una reflexión sobre si el club está realmente en buenas manos y, sobre todo, de cara a las elecciones de la próxima primavera, la oportunidad de debatir abiertamente sobre la conveniencia de renovar la confianza en la actual junta directiva de Laporta.
El presidente y su banda del Reus han sido citados a declarar el próximo 16 de enero como imputados en la cuarta de las querellas activas —hay otra en preparación— por estafa agravada relacionada con el Reus. Presuntas estafas cuyo patrón, basado en el enriquecimiento personal a base de promesas incumplidas y en el uso, abuso y, según el caso, volatilidad de los activos en juego, se repite en el Barça.
Los hechos que se imputan a la ya conocida banda de los cuatro de Reus son indiciarios de delito, según el tribunal, por la falta de información clara sobre las inversiones, la captación de fondos mediante el prestigio de los participantes y la no devolución de los capitales, un cóctel pudiente de estafa en el que la acusación deberá probar que, desde el primer minuto, el negocio objeto de la publicidad y la propaganda que atrajo a los inversores ya era de dudosa, por no decir imposible, rentabilidad. Es decir, que sabían de antemano de la inverosimilitud de abonar los intereses pactados y mucho menos la devolución en plazo del capital invertido.
Posteriormente a la entrega del dinero, se quejan los afectados, hubo desinformación, opacidad, falta de transparencia, mentiras y, al final, tras intentarlo todo a las buenas, el reembolso de una cantidad proporcionalmente ridícula antes del apagón definitivo y la desconexión con los querellados. Como es sabido, además del presunto fraude a los inversores, la gestión y maquiavelismo del propietario del Reus, Joan Oliver, que desde 2008 no ha movido un dedo en el mundo del fútbol sin consultar ni depender del ingenio y talento de Laporta para la gestión y los negocios, condujo a la desaparición del Reus tras el despilfarro total de sus activos y fondos.
Las mentiras de Laporta
La ilusoria pretensión objeto de las querellas era que, con la reputación, contactos, experiencia y capacidad acreditada en el primer mandato de Laporta en el Barça —cerrado con 47,6 millones de pérdidas— él y su banda convertirían un club chino de segunda en el Barça de Asia. El proyecto debía ser, siempre según Laporta, otra de sus minas de oro con un gran rendimiento a corto y medio plazo y ganancias descomunales. Sí los hubo, según los querellantes, claro está, aunque sólo para quienes se quedaron el dinero de los inversores incautos.
Probablemente se habrían ahorrado el disgusto y su propia ruina sólo con repasar la historia reciente del Barça y haber sospechado que los cálculos fallaban y que podía haber gato encerrado, ya que ninguno de los cuatro investigados tuvo el menor mérito ni responsabilidad en la formación del mejor Barça de la historia y del mejor equipo de todos los tiempos integrado por Messi, Piqué, Puyol, Iniesta, Xavi, Valdés y Busquets, seleccionados y modelados por los héroes anónimos de La Masia muchos años antes de su llegada a la directiva. Laporta, incluso, estuvo a punto de echar a Messi con un contrato mal redactado cuando era juvenil y después, siguiendo el criterio de Johan Cruyff, de cederlo al Espanyol «porque era demasiado individualista».
Lo mismo ha pasado ahora con la generación Lamine Yamal, que Laporta ni sabía que existía. Por eso su plan inicial con Hansi Flick implicaba fichar a Nico Williams, recuperar la magia de João Félix y confiar en Vitor Roque como puntal de ataque. Si entregaron el dinero a Laporta creyendo en sus habilidades fue, sin duda, por pura ignorancia financiera y por creerse, como los socios del Barça, los cuentos, las mentiras y las fantasías que continuamente fabrica.
La realidad, que siempre supera la ficción, ha demostrado que el mandato de Laporta sí que es una estafa en toda regla si se contrasta el incumplimiento sistemático de cada una de las promesas de fertilidad barcelonista, riquezas, ganancias, expansión comercial, protección patrimonial, transparencia, servicios, funcionalidad y perfeccionamiento democrático, participación social y obediencia y respeto estatutarios y/o asamblearios.
Otra cosa distinta es que, a diferencia de los querellantes, que han visto volar su dinero, los socios, los medios, los políticos, los fiscales y especialmente la oposición han decidido no sólo mirar hacia otro lado, sino también darle apoyo y credibilidad al relato de que el Barça está salvado con Laporta que, además, contrató a afectados por ese mismo cuento chino del Reus, como Toni Cruz (director de Barça TV) y Bryan Bachner (Barça Vision i oficinas del Barça en Hong Kong y Nueva York) para que, con el dinero del club, recuperaran al menos parte de su inversión.
Todo ello, otra burla de gran envergadura y una fechoría más de las innumerables que jalonan el mandato que, definitivamente, habrá convertido al Barça en lo que nunca quiso ser, en un club dependiente del capital ajeno, de Goldman Sachs, e inevitablemente reorientado (por la necesidad imperiosa de ingresos para resistir un pasivo de 4.000 millones de deuda) hacia el turismo y el público VIP como una mesa posible -en ningún caso segura- de reparación financiera. Una medida que funcionaría mucho mejor sin esa servidumbre hacia los socios, esa chusma que a Laporta tanto le molesta porque pagan muy poco y se quejan demasiado.
Fueron una estafa la renovación de Messi; la presentación de los avales y su mantenimiento (irregulares e ilegales); el exterminio de las Penyes; el acuerdo asambleario de los 1.500 millones (más 1.500 más en intereses) para el año 2019. Espai Barça que se consumirán sólo en satisfacer la desmedida e insaciable sed sed de capital de Limak; la estructura ejecutiva con un CEO al frente; la supresión estatutaria de los artículos de control económico en la junta directiva; las comisiones millonarias (70 millones a Darren Dein por los contratos mediocres con Spotify y Nike, este último hasta 2038); las asambleas telemáticas y bananeras; las palancas de 1.000 millones que sólo han servido para aumentar las pérdidas (230 millones en cinco años); los cierres retorcidos que ya han echado fuera a dos auditores, y el tercero no aguantará mucho más; las cuentas manipuladas y la realidad incuestionable de que, sin trampas estatutarias, la directiva de Laporta ya habría sido destituida por encadenar dos ejercicios seguidos con déficit y registrar un patrimonio neto negativo superior a los 150 millones.
El Reus apenas resistió el modus operandi del laportismo unas cuantas temporadas antes de desaparecer. Si el Barça aguantará y resistirá será porque para Goldman Sachs es uno de los negocios más rentables del planeta y porque la Masía va obrando milagros. Todavía. En manos de Laporta también acabará siendo —si no lo es ya— otro nido de agentes, aprovechados y vividores. Como lo parece la administración del club.











