Hace nada, un asiduo votante de Junts —y antes de Convergència—, me confesaba, sin ni poco ni mucho rubor, que en las elecciones votará a Aliança Catalana, el partido de la Sílvia Orriols. Para justificarse, citaba malestar por no sé qué obras que le habrían hecho, presuntamente mal, unos inmigrantes —»moros». Como si los oriundos lo hicieran todo bien… Pero, lo aborigen, en tanto que de aquí, parece que tiene licencia para hacerlo mal; en cambio, el expat, no. Aunque solo fuera uno —ergo el margen de error es muy elevado—, veo reflejado en él la migración de votos de Junts a AC de la que hablan las encuestas y que tanto preocupa a Carles Puigdemont.
Orriols es la que faltaba para el duro. Una política que se mueve como pez en el agua en su discurso islamófobo, plegado de demagogia, pero que va calando entre el electorado posconvergente. Desconozco de dónde le viene el trauma, quizá también cayó en manos de los obreros malditos e inmigrantes de antes. O vete a saber. Lo que está claro es que acumula una mala leche insana, y que sabe contagiarla. Coincido aquí —que no sirva de precedente— con la protestación hecha por el republicano Gabriel Rufián, que tachaba hace poco a Orriols de «cobarde» por su tendencia a demonizar a los más débiles, en favor de los poderosos.
Orriols cada vez habla menos de independencia —dice que es independentista…— y más de cierre de fronteras. La razón es que, desengañémonos, los suyos son más de eso segundo que de lo primero. De hecho, casi solo habla de eso y cuando se aventura a mojarse en otros temas, acostumbra a cagarla y pronto tiene que retroceder, como cuando defendía suprimir las pensiones, que pronto recogió cable.
Además de repetir consignas, Orriols ha conseguido que algunos la perciban como una especie de mujer incorruptible, valiente, que dice las verdades que nadie más logra decir. Pero su coraje es de cartón piedra: solo se atreve con los que tienen menos voz, menos herramientas y menos altavoces. Cuando tiene que debatir con alguien que conozca mínimamente los datos, el marco legal o la realidad social que manipula, baja el volumen o se va por la tangente. Es fácil hacerse la dura con quien no se puede defender; no tanto cuando delante tienes a alguien que te puede responder.
Lo que sorprende no es tanto el discurso, que al fin y al cabo es un calco de otros partidos ultras europeos, como la predisposición de algunos a empapárselo en nombre de una supuesta «protección del país». ¿Qué país, pero? ¿El que se imagina ella, homogéneo, cerrado y endogámico? ¿O el país real, mezclado, cambiante, plural e imperfecto? Hay quien encuentra en Orriols la promesa de un retorno imposible a una Cataluña que solo existe en la memoria selectiva de unos cuantos.
Pero sobre todo hay un factor que debería analizarse sin ataduras: la frustración. Una parte del electorado posconvergente —creciente, según parece— ha pasado tantos años empapándose promesas incumplidas que ahora busca salidas rápidas, explicaciones simples y culpables claros. Y Orriols, eso, lo sirve en bandeja. Si algo sabe hacer la líder de Aliança Catalana es convertir malestares difusos en «enemigos» tangibles. No propone soluciones: ofrece cabezas de turco.
Y aún así, la paradoja es que muchos de los que dicen «votaré porque estoy harto» siguen pidiendo políticas públicas fuertes, servicios bien financiados, seguridad jurídica y estabilidad. Es decir, exactamente lo que los partidos como el suyo acostumbran a erosionar cuando tienen responsabilidades de gobierno. No hay nada más peligroso que confundir la rabia con un proyecto.
En definitiva, Orriols no es solo la que faltaba para el duro: es la muleta emocional de un desencuentro que otros han alimentado durante años. Lo que se juega el país no es solo si crecerá más o menos, sino si seremos capaces de resistir la tentación de las soluciones fáciles y de las verdades incómodas que, una vez levantado el polvo, resultan ser simples mentiras más o menos bien dichas.
