Valencia marca el camino

Bluesky

España tiene el dudoso honor (compartido quizá con Haití, patria del vudú) de haber tenido un gobernante zombi. Porque desde el 30 de octubre de 2024 -día posterior al de la Dana que asoló Valencia- hasta el 3 de noviembre de este año, fecha de su dimisión, Carlos Mazón arrastró su triste figura de muerto viviente por toda la región valenciana, siendo recibido siempre con una mezcla de asco y rabia, expresada en forma de manifestaciones, escraches y todo tipo de salivazos verbales. Una reacción, por otra parte, perfectamente natural y proporcionada a su nefasta gestión (o mejor dicho, no gestión) de la catástrofe. Este larga pasión, este vía crucis de un año, tuvo su punto álgido en el funeral de estado laico celebrado en el Museo de las Ciencias de Valencia, en el primer aniversario del desastre. Cuentan las crónicas periodísticas que cuando el zombi Mazón entró en la sala donde se desarrollaba el acto, docenas de familiares de las víctimas comenzaron a increparle, algunos de ellos blandiendo imágenes de sus familiares muertos, mientras le gritaban “asesino”, “fuera” o “sinvergüenza”.

Susana Alonso

En aquel momento de catarsis, el rostro de Mazón, que pese a la naturaleza blanda y pútrida de los zombis siempre había exhibido una dureza semejante a la del cemento armado, empezó a fundirse. Su expresión comenzó a  flaquear, a desencajarse. Fue el principio del fin. De hecho, cuatro días después, el 3 de noviembre, presentaba su dimisión, aunque siempre fiel a su estilo: dimitir sin pronunciar la palabra dimitir; apenas una sola mención a las víctimas; discurso redactado no desde el corazón sino desde el frío cálculo ante un posible procesamiento judicial.

La defenestración de un personaje que pasará a la historia como uno de los prototipos más perfectos de la llamada antipolítica (porque esto sí que es antipolítica, y de la buena) no fue fruto sólo de las presiones de su propio partido. Fue, sobre todo y ante todo, resultado directo de un año presión popular, ejercida de forma implacable en toda la geografía de Valencia, forzando así a Feijóo a tomar una decisión, a abandonar su papel de cómplice. Toda una lección de lo que debe hacerse cuando un gobernante traiciona de forma flagrante el contrato que ha suscrito con los ciudadanos que le eligieron.

Hoy, pese a los triunfalistas datos macroeconómicos -tan a menudo aireados por el Gobierno-, la triste realidad es que nuestro país sufre una carestía de vida brutal (y perdonen por el adjetivo), sustanciada en una cesta de la compra prohibitiva, que está ahorcando -literalmente- a la clase media-baja. Una clase social ya aplastada por las insuficientes ayudas para cuidar a sus ancianos, que ahora viven más años que generaciones anteriores, pero a los que no se les proporciona los medios necesarios para mantener una calidad de vida digna: muchos mueren antes de recibir las prestaciones a las que tienen derecho por la Ley de Dependencia. O las reciben en cantidades pírricas, que no alcanzan a sufragar el tremendo coste de las atenciones que necesitan (residencias de día o a tiempo completo, cuidadores a domicilio, etc.) Si a ello añadimos una Seguridad Social esquilmada, con larguísimas listas de espera o los astronómicos precios de la Vivienda -sea de alquiler o de venta-, el resultado es un panorama sencillamente aterrador.

Frente a ello, unos salarios manifiestamente insuficientes, nada pueden hacer. De hecho, Cáritas señala en su último informe que a muchos españoles ya no les basta para vivir con tener uno, o incluso dos trabajos. Las cifras son elocuentes: El sueldo medio en España es de 28.049 euros al año, pero ese no es el que cobra la mayoría, que asciende a 23.349 euros anuales. Una cantidad que está cada vez más cerca del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), que ha ido subiendo más rápidamente en los últimos años. Personas entrevistadas a pie de calle por La Sexta afirmaban recientemente que, pese a tener empleo, “a mediados de mes ya estaban asfixiados”. O que deben vivir pidiendo ayuda a sus padres jubilados. Incluso hay casos como el de Reyes, de 40 años de edad, que pese a trabajar tanto ella como su pareja, ha tenido que volver a vivir con sus padres. Y una de las entrevistadas remataba así: “Tengo trabajo y siento que soy pobre”.

Ante este estado de cosas, uno se pregunta: ¿De verdad hace falta que mueran 239 personas en una catástrofe natural de proporciones bíblicas para que la gente despierte? ¿Para que deje de encogerse de hombros y decir aquello de “es lo que hay”? ¿Acaso el espíritu de lucha de los valencianos no nos muestra el camino?

No es tiempo de hablar, ni siquiera de escribir artículos. Es tiempo de actuar. Ya.

(Visited 62 times, 1 visits today)

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario