Cuando un conseller hace de conseller

Bluesky

En los tiempos que corren se hace difícil poner las manos en el fuego por un político —sin miedo a abrasarse. Hoy te parecen semidioses y mañana la carroza se convierte en calabaza o el príncipe en rana. Los ejemplos abarrotan las hemerotecas. Íñigo Errejón es un espécimen claro y reciente, pero hay montón. Por eso, redacto estas rayas con la máxima de las cautelas, consciente de que quién sabe si mañana el doctor Jekyll se convertirá en el señor Hyde y me tendré que tragar con patatas los elogios siguientes.

Así, asumiendo riesgos, diré que me parece francamente loable la gestión que, hasta ahora, está haciendo el conseller de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, Óscar Ordeig, de la crisis de la peste porcina africana, y no es un mal menor, muy al contrario. Lo escribía Jordi Évole no hace demasiado, y estoy muy de acuerdo. Ordeig comunica muy bien, y este es un valor cada día más escaso. Lo hace con un lenguaje llano, con el objetivo de llegar al máximo de público posible. Se nota que antes ha sabido escuchar a la gente que entiende. No utiliza excusas de mal pagador. Como dice el Évole, reconoce los errores y no esconde la gravedad del asunto, ni busca colgarse medallas. Resumiendo: un buen fichaje del presidente Salvador Illa.

Y la crisis de la peste porcina africana no es el primer mal trago que sufre la conselleria de Ordenig. El titular de Agricultura ha tenido que gestionar la dermatosis nodular y la gripe aviar, las restricciones a la pesca de Europa y negociaciones intensas con campesinos, y ahora trata de confinar el brote de peste porcina africana en Collserola.

Quizás, al fin y al cabo, todo ello nos recuerda una obviedad que demasiado a menudo olvidamos: la política es el arte de gestionar la incertidumbre con un mínimo de decencia. Cuando esta decencia aparece, aunque sea de manera puntual, hay que saber reconocerla. Especialmente en tiempos de ruido, cuando el oficio de gobernar se ha convertido en una sucesión interminable de crisis en cadena que piden sangre fría, competencia y una comunicación adulta.

En este sentido, la trayectoria reciente de Ordeig ofrece una paradoja saludable: en un país empeñado en buscar genios o faros, a veces la mejor virtud es simplemente hacer el trabajo. El filósofo Isaiah Berlin decía que «en política no hay soluciones definitivas, solo respuestas provisionales a problemas permanentes». Y es exactamente aquí donde se entiende el valor de un responsable público que no promete milagros, sino que afronta los retos con un cierto realismo metódico, sin sacar pecho antes de hora ni actuar como si la gestión fuera un ejercicio de autopromoción.

Sin embargo, la tentación de convertirlo en héroe sería infantil. Quizás mañana el error, la imprevisión o el exceso de confianza lo romperán, como ha pasado tantas veces con tantos otros. Pero hoy, con los datos y los hechos disponibles, hay que admitir que Ordeig está ejerciendo el cargo con competencia y un saludable sentido de la realidad. Y si la política sirve para apuntalar algo más que las propias siglas, es justo reconocerlo. No obstante, pronto le pedirán la dimisión…

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