«Tanto si queremos como si no, decreceremos»

Entrevista a Jordi Garcia Jané

Bluesky
Jordi Garcia Jané

Cooperativista. Trabaja en el ámbito de la economía social y solidaria. Formador de post grados y másteres. Articulista, ha publicado también varios libros, entre ellos La dimensió cooperativa, Adeu, capitalisme y Crisis capitalista y economía solidaria. Ahora, sale en las librerías Economia solidària d’emergència. Fer front a l’edat bàrbara (Icaria Editorial).

Economía solidaria de emergencia. Tres conceptos llamados a divergir, ¿cómo el aceite y el agua?

Aceite y agua son, efecto, economía y solidaria. En el sentido de que la economía está vista hoy en día como obtener el máximo beneficio económico, a costa de lo que sea y de quien sea: medio ambiente, futuros de generaciones, hacerse rico a costa de los demás… Si Aristóteles levantara la cabeza… En su libro La Ética en Nicómaco dice que todo tiene su justa medida, y que se aspira a más por razones crematísticas. Para él, la economía era la correcta administración de las arcas, pero hay una perversión, que es el afán desmesurado por el dinero: la función de la economía es mejorar la situación de las personas.

Dices en tu libro que el mundo ahora da miedo. ¿No ha sido siempre un poco así?

En todas las civilizaciones encontramos formas de economía solidaria. No es algo de hoy. Las comunidades han trabajado durante siglos de manera comunitaria, igualitaria, colectivamente. La economía dominante no es así. Sin entrar en disquisiciones filosóficas, sabemos que los seres humanos somos mamíferos indefensos y vulnerables. El exterior siempre ha dado miedo, pero ahora estamos en una época histórica. Si comparamos las amenazas hoy en día con las de hace solo 40 años, vemos que son considerablemente más preocupantes.

Esto, claro está, se complementa con un aumento de la dimensión de estos desafíos y la aceleración de sus dinámicas. ¿Disponemos de margen de maniobra para cambiar este estado de cosas?

Creo que tenemos posibilidades de cambiarlo. No se puede hablar de certezas o de máximas posibilidades, pero el ser humano tiene una gran capacidad de cambio, de metamorfosis… Hemos conseguido cosas que parecían completamente imposibles hace 40 años. La abolición de la esclavitud, el sufragio universal… son conquistas que han costado mucho esfuerzo, que en su momento se vieron como auténticas quimeras, y ahora son realidades. Hace 40 años, a parte de los problemas crónicos que conlleva todo este sistema de desigualdad, pobreza, añadimos otro factor muy preocupante, que es la extralimitación ecológica. Algo que tiene su máxima distopicidad en el cambio climático, pero que es mucho más: contaminación química, agotamiento de los recursos fósiles… Nuestra civilización, mundial, está chocando contra los límites biofísicos. Hace unas décadas ya empezaba a pasar, y hoy es evidente.

El mercado ya forma parte de nuestra manera de ser y de comportarnos, individual y colectivamente. Hemos sido reducidos a homo economicus. ¿Revertir esto, cambiar de chip, no es una tarea altamente perentoria?

Es imposible conseguir un cambio social sin un cambio cultural simultáneo. Pero también es una advertencia. Las sociedades de los años 50 no tenían en Europa esta visión tan individualista, competitiva. Se modulaba mucho más el ámbito público, por ejemplo. Desde los años 80, con el golpe de Estado en Chile, llevamos una trayectoria de irnos destruyendo hasta hacernos seres similares al prototipo que los economistas manipulan. Sólo preocuparse de sí mismos, obtener el máximo beneficio económico… Pero eso tiene también sus brechas, agujeros… Hay disidencias. La economía solidaria es una de ellas. Tenemos experiencias en todo el mundo de gente que vive, trabaja, consume de manera más responsable, democrática. Eso es algo que me hace decir que hay posibilidades de cambio.

¿Crees que, a la vista, de los hechos, se está produciendo en el mundo un desmarque generalizado de Occidente y, en particular, del modelo EE.UU., y se empieza a mirar con más interés a China, por ejemplo?

El modelo chino, que es un capitalismo de Estado, no es como el estadounidense, pero en el fondo los valores son muy similares. Se comparten, por desgracia. Eso genera resistencias y muchos malestares. La tasa de suicidios aquí, como en China o Japón, es muy bestia, por ejemplo. ¿Hasta qué punto los seres humanos seremos tan moldeables que, al final, renunciamos a parte de nuestros valores y deseos abrumados por un sistema que sólo piensa en las cosas materiales, y que tampoco nos hace felices? Esto es parte del gran factor diferencial respecto a hace medio siglo. Mucha gente me pregunta si estoy a favor del decrecimiento. No se trata ya de estar a favor o en contra, decreceremos seguro. No es sólo una cuestión ética o moral, sino, simplemente, de vivir una vida más ligera de equipaje, más sencilla. Pero lo que es pertinente es decirnos: ¿mantendremos el ritmo de producción de objetos materiales y de energía en un planeta que es finito? Decreceremos. Quien viva de aquí a 50 años deberá utilizar menos materiales y menos energía. No se están acabando sólo los combustibles fósiles, sino el cobre, el cobalto… La pregunta es cómo decreceremos. ¿Recurriendo a la ley de la selva, con pequeños grupos de privilegiados que se aferrarán a sus formas de vida y el resto del planeta destruido? ¿O de una manera organizada, democrática, equitativa?

En cualquier caso, en lugar de lineal, todo esto es más bien caótico, contradictorio, complejo… ¿En este momento estamos entrando en un nuevo bucle reaccionario, con el rearme, la energía nuclear…?

Tenemos dos grandes riesgos de alcance planetario. Uno de ellos es un aumento brusco del cambio climático. Otro es la amenaza nuclear. Durante 40 años hemos vivido pensando que la amenaza nuclear no existía, pero las contradicciones entre las grandes potencias, gobernadas por gerontocracias, la vuelven a hacer revivir. Las armas nucleares constituyen un riesgo real, y no se puede excluir la tentación de utilizarlas en un conflicto de gran escala.

Hablas en el libro de las cuatro R, como perspectiva de cambio…

Capitalismo es igual a injusticia e insostenibilidad económica. Por lo tanto, desde mi punto de vista, la solución sería un sistema no capitalista. Tenemos unos 20 años por delante para intentar evitar las peores consecuencias de la crisis. En este periodo, con la correlación de fuerzas actual, nadie puede imaginarse de una manera razonable que es posible superar el capitalismo. Por lo tanto, debemos encontrar una salida de escape, una fórmula para que la historia prosiga. No debemos llegar a una tercera guerra mundial… A eso algunos lo llamamos transición ecosocial. Sería una especie de Agenda 2030, en versión fuerte. Dejando de crecer, yendo a economías estacionarias que desarrollen servicios públicos… Habría que ajustar el sistema económico mundial a los límites del planeta. De tal manera que todo el mundo pueda satisfacer sus necesidades básicas, que desde hace 20 años todas las personas tuvieran sus vidas resueltas. Y si se hiciera dentro de un sistema económico que no sobrepasara los límites ecológicos, la humanidad proseguiría, y ya veríamos qué pasaría después. Para llegar a esto hay cuatro líneas de acción muy importantes: decrecer en el uso de materiales y energía; redistribuir mínimamente la riqueza para resolver necesidades básicas; democratizar la economía, y reconvertir el sistema productivo.

¿El capitalismo, sometido, como todo, a las leyes de la evolución, no parece que está dando muestras de agonía, en el sentido que le daba Unamuno, ni vida ni muerte?

¿Ves, cómo el mundo da miedo? Soy reticente a hablar de la agonía del capitalismo, porque hemos abusado de ello. Lenin ya anunciaba el fin del capitalismo. Efectivamente, el capitalismo es perecedero como todo, pero ha demostrado ser extraordinariamente plástico. Ha aprovechado sus crisis para reformularse. ¿Cuánto tiempo más puede durar? No se sabe. Y la desaparición del capitalismo no conlleva que surja un sistema mejor. La acción humana es la única capaz de deshacer lo que ha hecho. En este sentido, el libro es también una apelación a la acción social para cambiar un sistema injusto, y la creación de alternativas como la economía solidaria. Si de la noche al día desapareciera el actual orden de cosas, pasaría, como pasó con la revolución rusa, que acabaríamos haciendo un poco lo mismo.

¿Cuál es el estado de la economía solidaria en España?

La economía social y solidaria en España es pequeña, pero la tendencia es a crecer. Como en todo el mundo. Con las crisis, naturalmente, más. Ha adquirido un cierto apoyo institucional, por ejemplo, de las Naciones Unidas. Pero, evidentemente, la economía dominante en España y en todo el mundo es otra. Tenemos ejemplos de economía solidaria en ámbitos que hace veinte años eran impensables, como energías renovables, supermercados cooperativos, viviendas en cesión de uso…

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