Parece como si los días histórico se midiesen por la capacidad de recordar qué hacías el día que… ¿Qué hacías cuando el hombre pisó la Luna el 21 de julio de 1969? —dos añitos solo…—; ¿o el 20 de noviembre de 1975, día en que murió el dictador Franco?—nos dieron fiesta en la escuela…—; ¿o cuándo el 11 de septiembre de 2001 atacaron las Torres Gemelas? —comida en casa de los padres—; ¿o el 25 de junio de 2009, cuándo murió Michael Jackson? —en Lloret de Mar, pasando unos días— ¿o el 25 de julio de 2014, cuando el expresidente Jordi Pujol confesó que tenía dinero escondido en Andorra, la famosa y supuesta «deixa» del padre? —en RAC1, en una tertulia.
Aquel 25 de julio de 2014, hace poco más de una década, recuerdo la llamada angustiada de una oyente a quien, antes de morir, su padre le habría dicho que de Pujol se podía fiar; la mujer se hundió cuando supo que ni de Pujol se podía fiar un… Once años después, el todopoderoso expresidente de la Generalitat ha envejecido mucho, convirtiéndose en un anciano de 95 años, y no soy capaz de controlar la compasión que me genera ahora la figura de un Pujol en su recta final, muy débil, que difícilmente podrá pagar ya por lo que presuntamente hizo. Eso no impide que haya que poner luz a la oscuridad, y saber cómo se enriqueció la familia Pujol, y que, en caso de delito, el peso de la justicia caiga encima de quien sea necesario.
Podríamos decir que aquel 25 de julio marcó un antes y un después, no por la constatación de un pecado —que muchos ya intuían—, sino por la caída simbólica de un pilar identitario del catalanismo de finales del siglo XX. Durante décadas, Pujol había sido más que un presidente: había sido una especie de «padre» político del país, un puntal moral, una figura que, con sus aciertos y sus sombras, articulaba un relato de país posible. Y el día de la confesión, todo eso cayó como un castillo de cartas. El desconcierto colectivo fue inmenso, y aquella llamada del oyente fue un buen indicador. Nos dimos cuenta de que la mitología nacional también puede ser frágil, y que los mitos, cuando caen, lo hacen con estrépito.
Con el tiempo, el ruido se ha ido amortiguando. Los titulares incendiarios han dejado paso a una especie de silencio pesado, como si no supiéramos muy bien qué hacer con la figura de Pujol. Ni lo podemos reivindicar ni nos acabamos de atrever a condenarlo del todo. Es el coste emocional de haber proyectado durante tantos años una idea de país en una sola persona. Y, sin embargo, el paso del tiempo también aporta una mirada más pausada: el hombre que hoy vemos, con el cuerpo debilitado y la voz gastada, no puede borrar lo que hizo políticamente, pero tampoco puede huir de lo que presuntamente hizo en el ámbito privado. Y aquí es donde nos encontramos, atrapados entre la responsabilidad de preservar la memoria histórica y la necesidad de exigir transparencia y justicia.
Quizás lo que nos falta es asumir que una nación madura no puede permitirse dependencias emocionales con sus líderes. Que el país es más fuerte cuando sus referentes son revisables, interrogables, criticables. La democracia no necesita padres, necesita instituciones sólidas y ciudadanos exigentes. Y, por eso, hay que saber qué pasó, entender cómo y por qué pasó, y garantizar que no vuelva a pasar.
Quizás, al final, la pregunta no debería ser «¿qué hacías el día que Pujol confesó?», sino «¿qué hemos aprendido, de aquella confesión?». Si la respuesta es «poca cosa», entonces la historia, tarde o temprano, nos volverá a examinar. Y no tendremos excusa.
