Ciencia de punta, salarios de miseria

Bluesky

Alzheimer, esclerosis múltiple y otros avances muestran el talento de los investigadores catalanes y españoles, pero su dedicación se enfrenta a la precariedad laboral y a una diáspora que empobrece la ciencia del país.

En los centros de investigación pública de Barcelona, Cataluña y España pasan cosas que deberían llenarnos de orgullo: investigadores desarrollan nanopartículas que eliminan toxinas cerebrales y pueden restaurar funciones cognitivas en pacientes con Alzheimer, o diseñan terapias cada vez más personalizadas para la esclerosis múltiple, enfermedad que afecta a miles de jóvenes en nuestro país. Estos son ejemplos reales, tangibles, que muestran que aquí se hacen avances de nivel mundial, con conocimiento, pasión y rigor.

Susana Alonso

Y, sin embargo, detrás de estos descubrimientos, hay personas que viven una paradoja cruel. Son doctorados que han pasado años estudiando, investigando y especializándose en campos complejos, dejándose la piel para comprender procesos que pueden cambiar vidas. Muchos ocupan puestos precarios, con contratos temporales, salarios irrisorios y condiciones que no reflejan ni de lejos su calificación. Esto crea una contradicción difícil de entender: mientras los avances científicos brillan a escala global, sus creadores se ven obligados a sobrevivir con salarios bajos o a buscar oportunidades en el extranjero. La diáspora de talento, tal y como muestran los datos disponibles, es una realidad que empobrece la ciencia española y catalana.

Personalmente, me da mucha rabia y tristeza ver esta realidad a través de personas concretas. Tengo una amiga, Clàudia, excelente académicamente, que está haciendo un doctorado. Su conocimiento y su dedicación son brutales; se deja la piel con horarios interminables y guardias que parecen no tener fin. Y, a pesar de todo, no recibe la valoración que merece. Saber que su esfuerzo y talento no son reconocidos como es debido me genera una combinación de indignación e impotencia que es imposible de callar.

La situación de los doctorados ilustra este desajuste: a pesar de una alta tasa de empleabilidad y la posibilidad de trabajar en empresas o centros de investigación, muchos se encuentran en lugares para los que están sobrecualificados, y su estabilidad laboral es mínima. Lo que para cualquier país con ambición científica sería una prioridad —estabilizar el talento y retenerlo— aquí se convierte en un problema persistente, que pone en riesgo no sólo el futuro profesional de estos investigadores, sino también la capacidad del país de liderar proyectos, formar nuevas generaciones y generar innovación.

Es imposible no sentir indignación ante esta contradicción. Imagine que los inventores de nanopartículas que pueden revertir daños cerebrales, o los científicos que trabajan en terapias pioneras para la esclerosis múltiple, tuvieran que dejar la investigación porque su salario no permite vivir dignamente. La frustración y el talento desaprovechado que esto genera son un coste que la sociedad paga mucho más caro.

Además, la precariedad laboral no es sólo una injusticia personal; es una cuestión de futuro. Cada vez que un investigador altamente cualificado emigra al extranjero, España y Cataluña pierden no sólo conocimiento, sino capacidad de liderar proyectos, formar nuevas generaciones y generar innovación. Y mientras esto ocurre, las enfermedades neurodegenerativas y otros retos sanitarios siguen creciendo, esperando respuestas que nuestro país podría dar si apoyara la excelencia científica con políticas adecuadas.

Por todo ello, es necesario reivindicar el valor de los investigadores, reconocer su dedicación y exigir condiciones laborales dignas. Es una cuestión de justicia, pero también de visión: una sociedad que no cuida a sus científicos renuncia a su propia capacidad de transformar el futuro. Los avances en Alzheimer o esclerosis múltiple son sólo una muestra de lo que somos capaces de hacer cuando hay talento y pasión; no podemos permitir que este mismo talento se ahogue en la precariedad.

Si queremos un país con ciencia de primera, con investigación que salve vidas y que transforme la sociedad, es necesario que los investigadores dejen de ser héroes silenciosos y se conviertan en profesionales reconocidos y bien remunerados. Sólo así podremos disfrutar plenamente de los frutos de su trabajo y garantizar que los grandes avances científicos que ya pasan en Cataluña y España no queden en sólo promesas, sino que se conviertan en realidades para todos.

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