Desde el principio quedó claro que la Flotilla que zarpó con intención de visibilizar y denunciar el genocidio de Gaza tendría que afrontar un enemigo exterior: Israel y su maquinaria represiva -militar, policial, administrativa-. Un estado que, en su infatigable esfuerzo por destruir la legalidad internacional, ha llegado a decretar unilateralmente que las 120 millas náuticas adyacentes a sus costas son de su propiedad, calificándolas de “zona de exclusión”. Este área, para que se hagan una idea, es diez veces más de lo que la Ley concede a un estado como “aguas territoriales” (12 millas). Pero, ¿qué puede detener a un país que en pleno siglo XXI perpetra el exterminio de todo un pueblo o bombardea a placer a terceros países, como Qatar? Un grupo de barcos con unos cuantos civiles a bordo no iba a suponer un problema. En consecuencia, la Flotilla, que salió del puerto de Barcelona el 31 de agosto, fue abordada y secuestrada ilegalmente por Israel en aguas internacionales el 1 y 2 de octubre.
Lo curioso es que, paralelamente a este enemigo externo, surgió en retaguardia un enemigo interior. Me refiero a la furiosa campaña impulsada por ese universo llamado Fachosfera (que haber hayla, igual que existe una Sanchezfera), constituido por medios de comunicación, políticos, tertulianos, intelectuales y hasta jueces. Todos ellos de signo derechista o ultraderechista. Aunque -todo hay que decirlo- este enemigo contó también con voces de otros perfiles políticos.
Ejemplo de esta campaña fue el artículo de Joaquín Luna en La Vanguardia titulado, sarcásticamente, “La gran flotilla invencible”. Publicado el 2 de septiembre, en él califica a los embarcados de “activistas de secano”. Y no contento con ello, afirma: “(…) aquí estamos nosotros para salvar a los gazatíes y llevarles media docena de botellas de agua mineral sin gas a condición de que las reciclen”. Aquí ya puede verse la caricaturización anti-progresista, abiertamente, sin complejos. Y remata: “Por supuesto, ninguno actúa para ganar cuota electoral o de pantalla ni para restregar la mano a nadie”. Esta última frase es importante porque resume a la perfección la principal acusación del enemigo interno: quienes se embarcaron lo hicieron exclusivamente por motivos espúreos. Todos eran arribistas u oportunistas, y su único fin, hacerse la foto. Y aunque la expedición estaba compuesta por 530 activistas de 44 países, la obsesión, el objeto de linchamiento, eran dos figuras: Ada Colau y Greta Thunberg.
Quienes me conocen saben que Ada Colau no es santo de mi devoción. Y como animal político indiscutible que es, la creo perfectamente capaz de embarcarse para conseguir un titular. En cuanto a Greta Thunberg, los ataques que recibe son, en su mayoría, una muestra de la más sórdida miseria humana, muchas veces a cuenta de su síndrome de Asperger. Y, desde luego, no es una oportunista. Más bien una idealista: una especie que hoy nadie, o casi nadie, parece concebir que pueda llegar a existir. Tal vez porque el idealismo nos acusa e interpela.
Pero una cosa es que haya una cuota de oportunistas -inevitable en cualquier grupo humano- y otra muy distinta es generalizarla a todo un colectivo, a fin de denigrar una acción simbólica que, como mínimo, demuestra valentía al denunciar un genocidio mediante el no muy recomendable método de desafiar a un estado como el israelí. Joaquín Luna se atreve a decir: “(…) los tripulantes correspondieron al fervor popular con lecciones de moral y dotes para las costellades”. Qué fácil es pontificar desde la lejanía. No, la realidad es justo la contraria: es precisamente Luna quien, desde la seguridad y la comodidad de su hogar, puede que incluso mientras devora una sabrosa costellada, se permite el lujo de calumniar a personas que, al margen de ideologías, fueron asaltadas por uno de los ejércitos más feroces de la Tierra, los brazos en alto y el pasaporte en la boca, para luego ser arrestadas ilegalmente y sometidas a maltratos y humillaciones. Francamente, conozco formas bastante menos peligrosas de hacerse una foto.
Pero no se engañen: todo esto -el enemigo interno, la campaña denigratoria- se enmarca en la oleada derechista que recorre el mundo y su lucha implacable por escribir el relato, con vistas a la conquista -palmo a palmo, país a país- del Poder. Y la causa humanitaria de Gaza mueve a tal empatía entre la población, que capitalizarla supone un formidable activo político. Por tanto, frente a la tibieza (cuando no a la connivencia) de las derechas con Israel, la flotilla constituía un símbolo, una amenaza al proyecto. Y había que destruirla.
