Respetar la alcaldía

Bluesky

Al titular así ese artículo es muy fácil que algunos decidan tirarse encima de mis palabras, sobre todo cuando articule que se refiere a las palabras del entertainerBob Pop, quien dijo en algún momento del mes no descartar presentarse al cargo de primer ciudadano de Barcelona.

El señor, aquejado de una enfermedad, es un famoso arquetípico del siglo XXI, propulsándose su celebridad por supuestas perlas de erudición en un programa televisivo, ideales para generar movimiento en redes sociales y olvidarse al día siguiente, aunque, eso sí, no sin antes elevar el número de comentarios y provocar una especie de idolatría demencial, asimismo catapultada por la particular estética del personaje, cada vez más mimetizado con su persona.

Pero oh, gentiles acólitos del hipotético candidato, perdonen mis osadías, no es mi intención ofender a este ídolo tan de circunstancias, si bien él si ofende a lo que representa el Ayuntamiento, quizá al haberse creído su fama y meditar en torno a cómo el siglo propicia pequeñas revoluciones en las que él quiere ser partícipe, no sólo desde el activismo de ser efectista, sino como líder, pues si Ada Colau hizo un giro copernicano él no quiere ser menos.

No deja de ser curioso realizar una comparación entre la alcaldesa y el cómico, por darle un apelativo reconocible. Ella, con muchos partidarios de su retorno, tuvo un origen en los años noventa y los movimientos sociales, recordándola Marina Garcés en el episodio del cine Princesa junto a otros tótems de la mal llamada nueva izquierda local, hoy algunos apartados de lo político y otros, muy tertulianos durante el Procés, desquiciados a base de tuits.

La alcaldesa luego capitaneó la PAH y se atrevió a dar el paso. La belleza del relato coincidió con el triunfo del mismo, y aunque su gobierno no alcanzo ninguna excelencia sí tuvo arrestos para cambiar determinados aspectos, hasta dar a la ciudad un aire más sostenible que lanzó el debate sobre su Modelo, en transformación durante sus dos mandatos, no en decadencia como esgrimían sus detractores.

Bob Pop aspira a ser alcalde desde su vitola de revolucionario de salón o sofá, con frases manidas, performances facilonas y una serie de inputs que gustan mucho a lo radical chic, demasiado ocupado en sus quehaceres, apasionados alrededor de las formas de representación de lo público.

Como el protagonista de esta columna es un adalid del colectivo LGTBIQ+ supongo no haré muchos amigos con estos párrafos. Me da igual. Colau, durante su primera legislatura, recapacitó, hasta recuperar el sillón para la primera ciudadana en el Liceu. Comprendió los mecanismos de su cargo, modernizándolo con estilo, hasta rendirle honores haciéndolo suyo, sin ridiculizarlo.

La desorientación de los Comuns, agravada por el adiós de Janet Sanz, no debe crear monstruos, máxime si de verdad quieren recuperar la alcaldía. En este sentido, si eligieran al madrileño afincado en la capital catalana, harían bueno a Jaume Collboni, contentísimo con eso de ser alcalde, gris en múltiples matices de su personalidad y, sin embargo, sin problema para representar su papel desde unas dinámicas tradicionales que pueden ser aceptadas por la inmensa mayoría de ciudadanos, quienes podrán discrepar de su inacción, pero desde luego no pueden arremeter contra el modo de ejercer sus funciones, impecable y sin grietas de ningún tipo en lo protocolario.

Bob Pop hundiría más a la formación morada porque una cosa es reír gracias ante una pantalla y otro soportar el esperpento televisivo en el Poder. Collboni, y de eso sus oponentes deberían tomar nota, habla de más al abrir la boca, aunque gana enteros por la abundancia de sus silencios, en las antípodas de Colau quien quizá, visto el panorama y el éxito de la flotilla, debería plantearse volver.

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