Psicólogo clínico. Profesor de Psicología Social en la Universidad Rey Juan Carlos. Trabajó en marketing, ha tenido unos cuantos blogs y es autor del libro Retales de una bandera blanca. Ahora, junto a Ana Garrido, publica Ana contra Gürtel. La historia jamás contada que acabó con el gobierno de Mariano Rajoy (Editorial Alrevés).
¿Qué explica un libro con una portada tan judicial como Ana contra Gürtel?
El libro es una novela, pero está basada en hechos reales. Explica la historia de una mujer, Ana, que conoció lo que ella no sabía que acabaría siendo la trama Gürtel. Tuvo que luchar contra el sistema. Por eso la imagen de la portada del libro hace alusión al hombre del tanque en la plaza de Tiananmen. Ana también es una mujer sola frente a la política, los jueces, los medios de comunicación… De la corrupción, en Madrid.
¿Cómo fue que Ana se viera envuelta en la trama Gürtel?
Conocí a Ana a través de la madre de una amiga. Estaba escribiendo otro libro, sobre el Goya de Esperanza Aguirre, en clave de humor. También sobre la corrupción en Madrid. Documentándome, contacté con Ana Garrido. Conocía bien su caso, porque fue muy famoso, coincidiendo con el 15-M. Ana estaba sufriendo acoso laboral por parte del alcalde de un ayuntamiento del oeste de Madrid, donde trabajaba. Pidió una baja, y comenzó a informarse sobre los chanchullos del alcalde. Así fue haciéndose un dossier, con la complicidad de gente del ayuntamiento («gargantas profundas») que le ayudaban. Pensaba, en principio, que sólo iba contra un alcalde corrupto, y no contra un putiferio de la envergadura de la trama Gürtel.
¿La corrupción es un término que encubre muchas cosas, y muy diferentes, que está quedando reducido a arma arrojadiza de la política?
Sí, es un término muy sobado, que abarca demasiadas cosas. Creo que habría que ir poniéndole apellidos. El caso de Ana me gusta precisamente porque habla de varios tipos de corrupción. Desde la corrupción de los titulares de prensa, hasta la gran corrupción, que acaba con gobiernos, pasando por la pequeña corrupción cotidiana, del día a día: gente que te consigue una entrada para un concierto, que contrata a un amigo para un trabajo en el ayuntamiento, como asesor a otro amigo… Es una forma de corrupción que todos vemos, con la que transigimos… Corrupción, en fin, de baja intensidad, de la que apenas se habla y que forma parte de un sustrato cultural en el que nos movemos todos.
¿Algo que, en fin, forma parte de la cultura del éxito, del dinero cueste lo que cueste, tan propia del neocapitalismo?
Hay una corrupción digamos proactiva, del ánimo de lucro, del arribista… tan visible hoy en el mundo. Y también existe la de mirar hacia otro lado, que también se aborda en el libro. La mayoría de la gente que se encuentra en una organización, en este caso un ayuntamiento, se da cuenta de que hay corrupción. Pero no lo denuncian, no se quejan porque saben que si lo hacen serán represaliados. Por ejemplo, en el ayuntamiento de Ana se sabía que si te afiliabas al PP tendrías ascensos, complementos salariales, una vida más fácil… O sea, había quien por acción u omisión, participaba en el sistema instaurado.
¿En cualquier caso, el término corrupción pone casi siempre el foco en el ámbito público, y no en el privado, de manera intencionada?
Para que haya corrupción pública tiene que haber también un corruptor privado, cosa que casi siempre se mantiene oculta. Eso también se trasluce en el libro. Ana tenía una amiga a la que invitaban muy a menudo a fiestas. ¿Quién había en estas fiestas? Políticos y empresarios. Realmente no eran fiestas, sino reuniones con canapés y cubatas. Un promotor inmobiliario que había hecho una residencia, una empresa de arquitectura… Lo que en Madrid se conoce como «capitalismo de amiguetes«. Hay cargos públicos que actúan como asalariados de algunas empresas, cobran por los servicios prestados.
¿En la corrupción también importa el tamaño?
Importa, claro está, la dimensión. También las características, la calidad del asunto. Las dos cosas suelen estar bastante ligadas, porque una vez que entras en asuntos pequeños, no te importa tanto ir a los grandes. En psicología, existe un concepto que se conoce como «efecto de violación de la abstinencia», que plantea la ruptura de la resistencia como puerta abierta al hartazgo, como cuando haces dieta. En el libro se ve como casi todos los cargos del ayuntamiento eran amigos, amigos de amigos. La mujer del amigo de Rato, el sobrino de Acebes, las clases de yoga las hacía una afiliada al PP… Este tipo de cosas. Llamémoslo corrupción por debajo del radar, que no se ve.
Pero, cuando la cosa trasciende, ¿en muchos casos no acaba simplificándose, personificándose y, en definitiva, no se diluye su alcance, la gravedad, e incluso el sentido?
El caso de Montoro parece más bien cuantitativo. Se encontraba en un lugar donde podía hacer auténticas barbaridades. Pero un alcalde o un concejal hacen lo mismo a pequeña escala.
¿Dónde buscar, en fin, el ADN de la corrupción? ¿En el ánimo de lucro, quizás en el Homo homine lupus, de Hobbes?
Por supuesto, nos podemos preguntar si el tema es cultural, profundo, o se trata sólo de unas cuantas manzanas podridas. Eso es lo que plantea el libro, y no resulta fácil de responder. Creo que todos, en cierta medida, participamos de este sistema que, en definitiva, acaba favoreciendo a algunos en detrimento de otros. En general, pocos contra muchos, pero algunos de ellos acaban siendo también partícipes, porque se conforman con las migajas. Con ello, contribuyen a lubricar este sistema. Y es algo que creo que es muy difícil de arreglar.
¿La corrupción se circunscribe a veces a la picaresca, el esperpento, la cutrería… y otros tópicos tan españoles? ¿Los hechos no parecen poner de manifiesto que el asunto es más bien universal, a veces con perfiles más escandalosos y nocivos que los de cosecha propia?
De libros de picaresca hay por todas partes. Por ejemplo, de alemanes, sin ir más lejos. Asociar la corrupción al carácter de los españoles es un mito. Como si todos los españoles descendiéramos del Lazarillo de Tormes. Ha habido periodos de ventana en los que las cosas podrían haber sido de otra manera. Pero desgraciadamente, nosotros hemos vivido el franquismo, que era un sistema clientelar, estructuralmente corrupto, durante muchos años. La transición cambió algunas cosas, pero otras no. No fue tan profunda para poder cambiar, como estamos viendo, la justicia, o el sistema económico. Muchos de los consejeros delegados de grandes empresas no han accedido a sus puestos de manera meritocrática, sino todo lo contrario. Los hijos y ahora los nietos de los que se beneficiaron del régimen siguen haciéndolo. Los apellidos se reproducen… El sistema está tan viciado que resulta difícil reformarlo.
¿Todos los partidos políticos, las personas que los integran, y los que prestan un servicio público, a través de éstos, son igual de corruptos, como dice una opinión bastante generalizada?
«Todos son iguales» es una estrategia que viene de un espectro ideológico muy concreto, que es la derecha. A la derecha le interesa este marco para diluir responsabilidades, aprovecharse de ella y, en el fondo, desprestigiar el ejercicio de la política. ¿Quién gana cuando, todo el rato, se está hablando de la corrupción? En nuestro caso, claramente el PP, y también Vox. Hay como un degradé: de la extrema derecha a la izquierda radical, de más a menos corrupción. No es que la izquierda esté exenta de corrupción, pero los hechos demuestran que es más decente. La derecha lleva una gran mochila de casos de corrupción, pero basta que haya uno al otro lado para hacer sangre.
¿Las redes sociales, como gran amplificador, contribuyen a magnificar la corrupción?
Tienen efectos negativos, pero también positivos. A Ana la salvaron, en cierto modo, las redes, porque si no la habrían triturado sin que nadie se enterara. Gracias a las redes, la gente se movilizó y contó con mucho apoyo social. Yo tengo un sitio con unos 20.000 seguidores. He de ajustarme a 160 líneas, lo que no permite profundizar, recrearse sobre un tema. Por eso los libros son importantes. Permiten reflexionar, explicar la complejidad, los matices…
A grandes rasgos, ¿cómo era el modus operandi de la Gürtel?
La Gürtel puede concebirse como una empresa dedicada a sustraer recursos públicos, muy bien organizada. Trabajaba con la misma lógica de las empresas y, como ocurre entre ellas, y también en las mafias, competían con otras que hacían lo mismo para llevarse una parte del pastel, dentro del propio PP. Ignacio González, que fue presidente de la Comunidad de Madrid, estaba a matar con Francisco Granados porque tenían intereses enfrentados.














