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Ni vino Beckham, ni se quedó Messi

Xavier Ribera

Gasetiller, escrividor i guionista. Com deia Calders, "vaig néixer abans d'ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana".
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Si el presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, tuviera en la oposición otro Laporta —un rival parecido a él—, hace tiempo que estaría contra las cuerdas o, directamente, se habría visto abocado a dimitir. Bien opositados, el montón de desaciertos que acumula en este segundo mandato, arruinan la carrera del más pintado. La atenuante de la pésima gestión del expresidente Josep Maria Bartomeu, a pesar de cierto, en ningún caso puede ser eterno, y ya ha prescrito. Si en las últimas elecciones del Barça, el socio le votó más a él que a otro, probablemente fue porque —en parte gracias al crédito acumulado en el primer mandato— lo vieron más capaz que sus rivales de resolver el descalabro. Pero, se ha mostrado incapaz. Se puede decir de mil maneras, pero un resumen es que el legado de Bartomeu le viene grande a Laporta.

La suerte de Laporta es que no tiene rival o los que tiene son insignificantes. El acierto de Laporta es haberlo apostado todo a Hansi Flick. Con el alemán, como escribíamos aquí hace bien poco, el balón entra, y eso hace que, dentro de la gravedad, el Barça mantenga las constantes vitales. Pero, las facciones de Flick se empiezan a desencajar, y esa media sonrisa de regocijo permanente se empieza desdibujar. Empero, si el balón entra, se prorrogará la aventura. En Vallecas costó que entrara y lo hizo insuficientemente. Primer aviso.

La lista de despropósitos es larga. La construcción del nuevo estadio nunca termina, un bache de calendario, sin ni rastro de las penalizaciones a la constructora que el presidente había prometido con rostro solemne. La economía del club es un atolladero permanente: no hay margen salarial ni para inscribir con normalidad ni para retener estrellas, y cuando se vende, a menudo es a la baja, con la sensación de haber dañado patrimonios deportivos y económicos. A esto hay que sumarle el trato gélido o directamente hostil a figuras primordiales del barcelonismo: Messi despedido con un triste comunicado, Koeman esperando horas en el coche para saber si estaba cesado, Xavi convertido en un juguete de la comunicación presidencial. Decisiones tomadas más con voluntad de afirmar el liderazgo personal que con visión de club.

Pero los errores no acaban ahí. La aventura efímera del streaming del club, un invento tan caro como inservible, ha sido un monumento a la improvisación. La herencia judicial con el caso Negreira sigue salpicando a la institución sin que la directiva haya sabido establecer un relato sólido que la proteja. Y mientras se exhibe un discurso de grandeza, el Barça ha quedado reducido a depender de palancas de urgencia, adelantos televisivos e inventos financieros que tan solo maquillan la fragilidad estructural. Todo ello, una serie de heridas abiertas que, si vinieran de otro presidente, ya habrían sido letales.

Lluís Bassat lo encapsulaba hace poco en La Vanguardia: «Laporta me ganó en las elecciones a la presidencia del Barça porque hizo cosas que yo no sé hacer: explicó que había fichado a David Beckham, cuando no era cierto». Y en las últimas elecciones, el presidente prometió que retendría a Messi, y lo acabó despachando.

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