A Carlos Verona y a Óscar Freire

Bluesky

Voy a ser muy duro. Lo advierto desde el principio. Quien no quiera seguir leyendo tiene todo el derecho del mundo a dejar de hacerlo. En eso, como en otras muchas cosas, hay libertad. Y ahora me dirijo a vosotros dos, a ti, Carlos, y a ti, Óscar. Me gustaría no tener que escribir estas líneas; me gustaría decíroslo a la cara, mirándoos a los ojos, con vuestros hijos delante. Pero de momento no es posible. Así que aquí estoy, dispuesto a abrirme en canal para expresar la gran decepción que he padecido al escuchar vuestras declaraciones, vuestros ignominiosos testimonios en los que afirmáis que la política no se debe mezclar con el deporte.

A mí me gustaría que por un momento os trasladarais a Gaza, que vierais con vuestros propios ojos lo que allí está sucediendo. Con vuestros hijos. No me lo invento. El panorama es desolador. Todo destruido, niños y niñas recorriendo kilómetros para conseguir algo de comida. Miles de mutilados, de enfermos tirados literalmente por las calles, bombas y más bombas. ¿Qué os voy a explicar si lo sabéis perfectamente? Pero claro, vuestro cerebro parece que solo tiene un pensamiento: una bicicleta y dos piernas. Y un corazón de piedra. El mundo que se encuentra a vuestro alrededor no os importa. No os importan los miles de muertos que siguen bajo los escombros, los que mueren de hambre porque Gaza se convirtió hace tiempo en una cárcel sin posibilidad de salir.

Vosotros dos, Carlos, Oscar, os merecéis algo más que una reprimenda, algo más que una carta como esta. No, no os estoy amenazando. No es mi estilo. Solo que esa empatía que los ciudadanos que os apoyamos tenemos con vosotros, nos gustaría que desembocara en algo de humildad, en algo de humanismo. ¿De qué sirve pedalear y pedalear, sino para mostrar unos valores que nos enseñaron ya desde pequeños? ¿De qué sirve que levantéis la bandera de España cuando ganáis si después sois incapaces de sentir algo por los que sufren? Es probable que os conmováis cuando vais a un hospital a dar juguetes a unos niños enfermos por Navidad. Ahí está una foto que pasa a la historia. Es probable que, además, vuestra cuenta corriente aumente si sonreís lo suficiente.

Aquí se trata de algo más contundente, de demostrar unos valores que ya veo que no tenéis, porque os falta lo más importante, el alma. Porque solamente las buenas personas, las de verdad, las que no están sujetas a patrocinadores o pagadores, son capaces de sacar algo de compasión. Y aunque manden otros, tener la suficiente valentía para bajar de la bicicleta, dejarla por un instante al lado y denunciar asesinatos de civiles desarmados. No, Carlos y Óscar, esto no es política. Se llama humanidad. Eso de lo que vosotros carecéis y no vais a tener nunca. Seguramente el dinero os ha lavado el cerebro, os ha convertido en meros robots al servicio de una empresa. Eso ya no es deporte. No lo es.

Y desde estas líneas maldigo el momento en el que decidisteis dedicaros al deporte para aumentar vuestro ego, para levantar banderas huecas, himnos en los que no importan los muertos, aunque estos sean niños y niñas. Porque no tenéis ni idea de historia, ni de lo que la vida nos da y nos quita. Porque vuestro egoísmo y vuestro narcisismo os impiden pensar que esos niños pueden ser algún día los vuestros, que podéis ser vosotros mismos los señalados por cualquier motivo y morir bajo las bombas de un estado asesino. Y podéis arrastraros como gusanos recogiendo la poca harina que ha caído de un saco donado por alguna ONG. Pero claro, eso no podéis ni imaginarlo, sea por miedo, por vergüenza o porque nunca os educaron en el cariño al ser humano. Repugnancia es lo que siento hacia vosotros. No puedo expresarlo de otra manera.

Seguid pedaleando, Carlos, Óscar. Seguid mirando hacia otro lado. Eso es lo mejor, no meterse en ningún conflicto. Quizás la recompensa por esas palabras os venga el año que viene cuando el equipo ciclista de Israel os contrate para su equipo. O a ti, Óscar, como gerente o publicista, qué más da. Huele a pasta. Y cuando hay pasta, los cobardes son capaces de olerla a kilómetros de distancia. Y a los cobardes no les importa ya nada. Seguid pedaleando, que así no salvaréis al mundo, pero os salvaréis vosotros. Me sale el insulto, así que paro ya.

No merecéis ningún respeto. Absolutamente ninguno. Espero que paséis a la historia como lo que sois. Que mis lectores añadan el adjetivo que más les convenga.

(Visited 198 times, 1 visits today)

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario