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El país quema y la política hace aguas

Xavier Ribera

Gasetiller, escrividor i guionista. Com deia Calders, "vaig néixer abans d'ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana".
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Los incendios han sido los grandes protagonistas de este verano, que en nada dejamos atrás. Los fuegos se van apagando —no del todo—, pero en su lugar queda un escenario de destrucción dantesco. También queda el espectáculo de las peleas de unos políticos que, en lugar de centrarse en la gestión de la extinción del fuego, gastan tiempo y energía en la extinción de sus credibilidades, y en eso, créanme, son muy efectivos.

Del PP de Alberto Núñez Feijóo no esperaba menos: empeñados en la idea de recuperar el poder al precio que sea, se empecinan en demostrar en todo momento un grado de inmadurez política mayúsculo. Tanto, que cualquier democracia con un mínimo de cultura institucional ya les habría inhabilitado como alternativa seria de gobierno. Pero en España, y este es el drama, la crispación y el bloqueo se han convertido en el combustible habitual del debate público. Su estrategia es tan simple como irresponsable: incendiarlo todo, aunque literalmente el país esté en llamas.

Pero no solo la estulticia anida a la derecha. Mención aparte merece la insistencia del ministro Óscar Puente en exhibirse como el más macarrónico de los socialistas. De tanto perseverar en esto, al final cuesta distinguirlo de los hooligans populares que dice combatir. Quizás es aquello de «si no puedes con el enemigo, unámonos a él». En todo caso, la manera de hacer de Puente —paradójico apellido…— es un síntoma preocupante: ante la ofensiva de una derecha radicalizada, el gobierno responde con un registro parecido, entrando en un barro que solo beneficia a quienes quieren dinamitar las instituciones.

El resultado es que, en medio de una crisis climática que ya no admite aplazamientos, la política española se entretiene en batallas estériles. Los incendios, que arrasan hectáreas enteras, ponen de manifiesto la debilidad de unos políticos incapaces de desplegar políticas eficaces de prevención y adaptación. No es solo un problema de falta de medios, sino sobre todo de falta de prioridades. La agenda política se consume en titulares y peleas, mientras la realidad se quema ante nuestros ojos.

Las comunidades autónomas son las responsables, en primera instancia, de apagar los fuegos. Una realidad que el PP trata de disfrazar. Interpone, de nuevo, los intereses partidistas a los de los ciudadanos que, impotentes, observan cómo se les queman las casas, los bosques, los cultivos. Pero el drama es más profundo: la falta de coordinación entre administraciones, la burocracia que retrasa las ayudas, la precariedad de unos equipos de emergencia que hacen milagros con recursos mínimos. Mientras tanto, los mismos que recortan presupuestos son los que luego salen a hacerse la foto con los uniformados que arriesgan la vida.

Lo que vemos es una metáfora dolorosa: el país quema, y con él también se calcina la credibilidad del sistema político. Cuando los discursos sirven más para dividir que para resolver, cuando el tacticismo electoral pesa más que el sentido de estado, el resultado es el de un país atrapado en una especie de loop autodestructivo. Los fuegos de hoy son también los de mañana, porque la falta de prevención y planificación condena el futuro a repetir la tragedia.

Y aquí está la pregunta incómoda que pocos quieren afrontar: ¿cuántos incendios más, cuántas sequías más, cuántas olas de calor devastadoras más tendremos que sufrir para que los políticos entiendan que la crisis climática no es una carpeta más en la mesa del despacho, sino la raíz misma de la supervivencia colectiva? La ciudadanía no necesita pifias ni reproches: necesita liderazgo, honestidad y capacidad de pensar más allá del ciclo electoral.

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