El jueves, Pedro Sánchez compareció solemnemente en la sede del PSOE para hacer frente al caso Cerdán. Seis veces pidió perdón. Seis. No era un lapsus, era un cálculo. Un gesto casi litúrgico, como san Pedro arrepentido después de haber negado tres veces a Jesucristo. La puesta en escena era clara: arrepentimiento, humildad e intención de recuperar la confianza perdida.
Pero el problema no desaparece con palabras. El caso Cerdán es devastador para la narrativa que ha construido Sánchez durante años. Aquella idea de una izquierda limpia, que lucha contra las cloacas del Estado y que no tolera malas prácticas dentro de las propias filas, ha saltado por los aires. Cuando el número tres del PSOE aparece salpicado, cualquier defensa moral tropieza. Aquí no vale decir que era “cosa de otro”. O Sánchez sabía qué pasaba en el corazón de su propia maquinaria de poder, o bien perdió gravemente el control del partido. Ambas opciones lo dejan muy tocado.
Es evidente que esta vez el golpe ha sido fuerte. Tanto, que la pregunta que muchos se hacen es si finalmente se han acabado las siete vidas de gato de Sánchez, aquel político capaz de sobrevivir a mociones, elecciones, pactos rotos y escándalos variados. Este caso, sin embargo, tiene un componente especialmente nocivo: erosiona la base moral de su liderazgo y debilita la confianza interna en el PSOE.
Ahora bien: aquí viene la paradoja. Como decía Eugenio en aquel chiste inmortal: “¿Hay alguien más?”. Cuando la ciudadanía mira la oferta política, el panorama no invita al optimismo. La alternativa más inmediata a un Sánchez tocado no es un proyecto renovador y tranquilizador, sino un posible gobierno de PP con Vox. Y eso, para muchos votantes progresistas y moderados, sigue siendo una perspectiva inquietante.
Esta situación explica por qué, pese a todo, el PSOE podría mantenerse como primera fuerza en las encuestas. Si el próximo barómetro del CIS vuelve a darles el liderazgo, será un toque de atención a Alberto Núñez Feijóo y a su entorno. Porque ni siquiera un escándalo de esta magnitud consigue consolidar una alternativa sólida a la Moncloa.
La situación es incómoda para todos. Sánchez intentará resistir, apelando al voto del mal menor. Pero su crédito se erosiona. La alternativa no genera confianza. Y la política española sigue atrapada en un círculo vicioso: se condenan los abusos de unos, pero no se construye una alternativa creíble por parte de los otros.
Mientras tanto, el gato de Sánchez hace de equilibrista sobre su último hilo. Si sobrevivirá o no, lo dirán las urnas. Pero si el PSOE vuelve a liderar las encuestas, quizá quien realmente tendrá que volver a hacerse mirar su estrategia será un PP que, con Vox en la mochila, sigue sin convencer a una mayoría de la sociedad.
