La conquista de la Champions por parte de Luis Enrique no puede dejar de interpretarse en clave blaugrana por muchísimas razones y connotaciones que enraízan con el pasado que tanto interesa borrar o criminalizar sistemáticamente a la actual junta directiva de Joan Laporta. Esa es su única regla de oro, negar que el Barça está por encima de cualquier personalismo anterior a la imposición del actual relato totalitario y laportista, según el cual la historia del FC Barcelona se reduce al periodo posterior al 17 de marzo de 2021, fecha de la bendita llegada del salvador del FC Barcelona, Joan Laporta, encarnado en la figura de un presidente fascista, embustero y despilfarrador a quien el tiempo juzgará seguramente cuando ya sea demasiado tarde.
Cuestiones directivas al margen, lo cierto es que, después de varios años, hay tres jugadores que han podido demostrar sus cualidades futbolísticas tras ser expulsados del Barça de la peor forma y, básicamente, por haber sido fichados en un determinado momento y circunstancias en tiempos de la presidencia de Josep Maria Bartomeu. Uno de ellos es Ousmane Dembélé, a quien el entorno opositor laportista a la directiva machacó desde el primer día por lo que había costado y porque el fichaje que tocaba era el de Kylian Mbappé.
Ese fue el mantra que lo persiguió a lo largo de su carrera azulgrana desde el primer día, junto a las informaciones interesadas que lo acusaban de aplicarse una conducta nutricional horrenda y ser descuidado en sus hábitos, que han resultado ser, como tantas otras acusaciones, completamente falsas. Hoy, sin embargo, transcurridos ocho años, Dembélé ha ganado una Champions más que Mbappé, de la misma forma que otro de los fichajes de la época, el brasileño Coutinho, también se fue del Barça para ganar una Champions triunfal con el Bayern entrenado entonces por Hansi Flick (triplete incluido) y previa goleada al Barça (8-2). Si le interesa a alguien, el otro futbolista de ese tridente maldito con el que se crucificó a Bartomeu, Griezmann, también se fue del Camp Nou para seguir triunfando vestido del Atlético de Madrid como uno de los jugadores más sólidos, regulares y top de la Liga. Los tres salieron dejando apenas dinero en la caja azulgrana, especialmente Demebélé y Griezmann, prácticamente regalados al PSG y al Atlético de Madrid.
Dembélé, además, está entre los candidatos al Balón de Oro después de una trayectoria espectacular a las órdenes de Luis Enrique, jugando una posición más centrada y no en las bandas que, como demostró en la histórica final ante el Inter, le dio alas a su equipo en un alarde de visión, generosidad e inteligencia táctica que tanto se le negaban como azulgrana, además de ese derroche físico y de disciplina para el que, según la prensa barcelonista, estaba completamente incapacitado.
Poco importaba que, siendo tan joven, él intentara ser mejor para el Barça, la respuesta siempre era la misma: crítica, recelo, falsos testimonios y el feo empleo de su nombre y de su problemática para disparar a Bartomeu por elevación.
Ni siquiera la comprensión, el afecto y la confianza que le dio Xavi impidieron que Laporta, a la hora de la verdad y pese a haber dicho que «Dembélé es mejor que Mbappé», se lo quitara de encima por apenas 25 millones en cuanto tuvo la oportunidad para gastarse casi 50 en fichar a Vítor Roque. El francés era un fichaje del pasado que ensuciaba su mandato y que no dejaba un rastro de comisiones mientras que al del brasileño le podía ese toque suyo de Tigrinho, vendérselo a la prensa como un crack, y revestirlo de comisiones que apestan a miles de kilómetros de distancia.
En cuanto a Luis Enrique, entrenador que ha hecho de su alergia y rechazo a los cracks su propio credo, ha podido reivindicar ante el mundo esa certeza y honestidad que en el Barça le costó el cargo: primero, porque prefería a Nolito que a Neymar; y, segundo, porque fue capaz de igualar el triplete de Guardiola jugando al estilo Barça, con su propio ADN, aunque reforzado con un mayor esfuerzo físico, perfeccionando el juego directo y defendiendo también con otro tipo de equilibrio. Pese a sus éxitos incontestables, como preferir a Bravo en la portería antes que a Ter Stegen, y hacer evolucionar el estilo Barça como el propio Guardiola hizo después en el Bayern y en el City, el talibanismo guardiolista y cruyffista alimentado por la misma oposición laportista que necesitaba el fracaso deportivo del primer equipo para echar a Bartomeu de la presidencia nunca se los admitió. Al contario, lo criticaron por apartarse del camino, de la fe y de la doctrina guardiolista y del maestro Cruyff, hasta hacerle la vida imposible, lo mismo que luego le pasó a Ernesto Valverde y más tarde a Ronald Koeman, porque no se trataba del entrenador, de si era mejor o peor, sino del hostigar y dacapitar la presidencia de Bartomeu una vez eliminado Sandro Rosell.
El caso es que Laporta, en su regreso, ha querido acaparar tal protagonismo histórico que hasta ha fichado un entrenador como Hansi Flick para imponer un nuevo estilo, distinto al que tanto reivindicaba su aparato anti-Bartomeu cuando estaba en la oposición, que se desmarque y supere el recuerdo de Guardiola y de Cruyff porque también son el pasado, que supere la era del ADN Barça, y que aproveche el talento de Lamine Yamal, Gavi, Pedri, Fermín, Balde y Cubarsí, pero que no se les identifique ni con la Masía ni con la herencia que, como el femenino, ha recibido como el único tesoro y patrimonio que le queda tras haber destrozado el resto del club.
«El ADN Barça soy yo», declaró y reivindicó Luis Enrique el año pasado cuando eliminó al Barça en cuartos de final de la Champions con Mbappé y Dembélé en las filas del PSG, una doctrina de juego y de filosofía futbolística que esta temporada ha podido sublimar tras la marcha de su principal figura al Real Madrid «gracias a que ahora, sin Kylian, que jugaba como una pieza libre, controló la totalidad del juego».
Convirtiendo al PSG en una máquina que pulverizó al Inter en 90 minutos antológicos, brillantes y de absoluta excelencia futbolística, Luis Enrique volvió a reclamar la vigencia de ese modelo que las atroces críticas, campañas mediáticas e intoxicaciones del laportismo en su contra empujaron fuera del Barça.
La lección es que desde hace años la consolidación del laportismo como la única fe barcelonista legal, tolerada y fascistoide por definición ha conducido al Barça a una espiral de autodestrucción que, a pesar de todo, solo la vieja tradición de la Masía, al menos hasta 2021, cuando Laporta volvió a cargarse entero el staff responsable de esta segunda generación de oro, mantiene en pie la institución.











