De las religiones me gustan los templos y los rituales. Así, comprenderán que estos días, con tantas iglesias y pompas, me lo haya pasado de cine. La muerte del papa Francisco y la elección del papa León XIV —apóstol del primero—, han centrado la atención del pueblo, sea o no creían, estos últimos días. Dado el carisma del argentino, no lo tiene fácil el norteamericano para estar a la altura, pero parece que ha empezado con buen pie. La idea es dar continuidad al trabajo iniciado por Francisco, pero marcando un estilo propio. A ver… Cuando el conclave deliberaba, el entorno del Vaticano buscaba un calco de Francisco. Hacía pensar en la obsesión que tuvo el Barça de Joan Laporta por sustituir a Lionel Messi tras el escándalo de la no renovación. Unas prisas que desgraciaron al joven Ansu Fati, a quien le endilgaron el 10 de manera precipitada. A las pruebas y a los resultados me remito. A pesar de que León XIV, desde la moderación, da continuidad al juego del argentino, no es menos cierto que el nuevo pontífice no piensa imitarlo, ya que cada uno tiene su toque.
Una de las cosas que me llaman más la atención de lo que hemos vivido estos días es que, en plena vorágine de inteligencia artificial (IA), cierren los cardenales bajo llave, con la idea de que no saldrán del conclave hasta no haber elegido el relevo papal. Y una vez elegido, lo comunican vía una chimenea pop-up que saca humo blanco, haciendo estallar la euforia de los feligreses concentrados en la plaza romana. El papa León XIV no figuraba en las principales quinielas de los expertos vaticanistas, tampoco era un nombre señalado por las casas de apuestas que, como si fuera un partido de fútbol o una carrera de caballos, apostaban sus papables. A pesar de este anonimato, Robert Francis Prevost —nombre secular de León XIV—, resultó ganador con escasas votaciones y todos, incluso quienes rezaban para que saliera un personaje más conservador, parecen satisfechos con la elección.
El papa León XIV, como antes Francisco, no es santo de la devoción del presidente del gobierno de Estados Unidos, Donald Trump, que tenía candidatos norteamericanos más conservadores como preferidos, pero, inicialmente, ha bendecido la elección. Al revés pasa más o menos lo mismo, Trump tampoco parece el presidente norteamericano que el papa ganador habría votado. Sólo hay que ver algunos de los textos que Prevost había escrito antes de que lo eligieran papa, críticos con la actual administración estadounidense. De momento, ambos tiran de diplomacia, lo que llama la atención especialmente con respecto a Trump, personaje poco dado a las artes diplomáticas. Veremos cuánto dura la paz en la casa del señor…