No es una tarea fácil tener que escoger libros para recomendar para Sant Jordi. Últimamente, he leído varios que podrían merecer una reseña. Finalmente, sin embargo, después de dar muchas vueltas, y teniendo en cuenta cómo está la situación política a todos los niveles, me he decantado por dos muy actuales que son clasificables dentro del género ensayístico o periodístico.

El primero es Catalanisme o nacionalisme, del veterano periodista Rafael Jorba. Es una recopilación de artículos que, aunque fue publicado en el año 2004, presenta algunos elementos que están plenamente vigentes. Dicho de otro modo, una de las cuestiones que más me ha interesado del libro es que, a pesar de los cambios políticos y sociales, los elementos de fondo son prácticamente los mismos.
Rafael Jorba remarca que el catalanismo «no ha sido históricamente nacionalista – cuando menos en su corriente mayoritaria- y que puede ser hoy un antídoto contra los nacionalismos excluyentes que levantan el vuelo en este tercer milenio», y que ha sido «el mínimo denominador común de los partidos catalanes y ha propugnado, además, un proyecto alternativo y plural de España». El periodista igualadino, además, añade que es urgente la recuperación de este mínimo consenso. Este es uno de los elementos centrales del texto porque sintetiza la política catalana de las últimas décadas y, al mismo tiempo, porque demuestra que los debates han variado poco desde entonces. Es cierto, no obstante, que la transformación del nacionalismo en independentismo y que las consecuencias del procés dificultan el logro de este punto de unión, pero, al mismo tiempo, evidencian la necesidad imperiosa de alcanzarlo.
Este mínimo denominador común parece hoy en día imposible y, a mi entender, sólo se conseguirá, teniendo en cuenta la actual aritmética, si el socialismo catalán es capaz de preservar la centralidad política, si el independentismo entiende que el elemento que puede unir a una amplia mayoría de ciudadanos es un autogobierno más fuerte, y si el PPC ve que la unidad española adquiere sentido únicamente desde el reconocimiento a un pluralismo social, lingüístico y cultural que en Cataluña, en buena medida, representa el catalanismo. Este debate, tal y como señalaba Jorba, debe hacerse sin exclusiones ni apriorismos.
El libro, asimismo, aborda otras cuestiones que podrían haber sido escritas en la actualidad como la importancia de la culminación federal del Estado, la relevancia de la Carta Magna como un punto de encuentro («esta fórmula de convivencia, basada en una ciudadanía compartida, pide que la Constitución no sea utilizada como arma política contra aquel que piensa diferente») o su anhelo -también el mío- que la nación pase a ser una cuestión del ámbito privado y que, en todo caso, lo que articule la convivencia sean los derechos y los deberes.
A los lectores que no hayan leído esta compilación de artículos les querría alentar a comprarla por un último motivo: aporta elementos de reflexión en torno a dos temáticas muy actuales: la lengua y la inmigración. («Es necesario que los partidos democráticos suscriban un pacto de Estado que impida el uso partidista de los retos y los problemas que plantea la nueva ola migratoria»).
El segundo ensayo que querría recomendarlos es Autocracia S.A., de Anne Applebaum. La escritora norteamericana aborda, con todo tipo de detalle, el funcionamiento de los países que tienen un ejecutivo autocrático (Rusia, Irán, Corea del Norte, China, Venezuela, Bielorrusia…). Applebaum ejemplifica de forma detallada cómo las estructuras gubernamentales de estos estados se alían y se ayudan entre sí a todos los niveles para, en palabras suyas, «privar a sus ciudadanos de cualquier influencia real o voz pública, de oponerse a cualquier forma de transparencia o rendición de cuentas y de reprimir a quien los desafíe dentro o fuera del país». Lo más curioso, por no decir preocupante, de todo ello es que el único aliciente que mueve a estos gobernantes es permanecer en el poder a cualquier precio (pérdida de vidas humanas incluidas), enriquecerse al máximo y/o desprestigiar continuamente a las sociedades liberales.
Cuando acabé de leer Autocracia S.A. tuve dos sensaciones: la primera es que, a pesar de algunos déficits, los europeos tenemos la suerte de vivir en democracias bastante sólidas y, la segunda, que aquellos partidos comprometidos con los valores democráticos tienen el deber de unirse para buscar fórmulas que limiten las políticas autocráticas (la respuesta a la invasión rusa de Ucrania es el ejemplo más claro). En todo caso, ¡feliz Sant Jordi!







