Con vocación de actriz desde la infancia, empezó a estudiar cine de muy joven y cursó la carrera de Artes Escénicas. Hizo un máster de género y comunicación, y otro de gestión editorial. Así comenzó a interesarse por el mundo de la ficción y, específicamente, por el papel que tienen las mujeres. Ahora pública Damas, villanas y lolitas (Editorial Bruguera).
¿Quién y por qué las mujeres son damas, villanas y lolitas?
El título podría ser «Damas, malvadas, lolitas, madres, malfolladas…» si tuviera que hacer justicia a todos los arquetipos que aparecen en el libro. Pero el título tenía que ser corto. De ahí estos tres prototipos, que simbolizan de alguna manera las categorías en las que se nos ha clasificado normalmente en el cine: buenas, malvadas o vírgenes deseables, que luego se van subdividiendo en muchas otras figuras.
Se os ha clasificado, dices, en el cine, la televisión, la imagen…
En toda la ficción, realmente. Damas en dificultades lo hemos sido desde la edad media. Siempre se nos ha encajado en «damas a las que se tenía que salvar». Desde aquí se ha ido perpetuando esta idea de las mujeres.
¿Dónde arrancan estos estereotipos, digamos, occidentales?
Depende de cada arquetipo. No es lo mismo el de Lady Macbeth, de Shakespeare, que el de la bussineswoman malfollada, muy reciente, y cuyo mejor ejemplo podría ser Meryl Streep en El diablo viste de Prada. Por eso no me centro mucho en los arquetipos clásicos. No se puede hablar del cine moderno sólo con estos arquetipos. Hay que crear nuevos arquetipos porque hay personajes nuevos.
Haces referencia a una generación, ¿pero la cuestión trasciende y se remonta a nuestras abuelas, y más allá?
Sí, pero he querido centrarme en mis vivencias. El libro tiene mucho de autoficción, autoensayo… Consideraba más importante fijarme en lo que conozco que hablar de algo más amplio: un manual del cine. Todo esto, claro está, incluyendo los conflictos que vivimos los que nos acercamos o tenemos ahora 30 años. Todo esto es consecuencia de lo que pasó antes y anuncia lo que vendrá después. En conversaciones con mujeres mayores, como las que tengo con mi madre, hablamos de cómo se veían en el cine, cómo les afectó, cómo es ahora…
Te preguntas también sobre hasta qué punto el cine ha determinado nuestros comportamientos. ¿Somos, de alguna manera, reflejo de lo que vemos, o viceversa?
Las dos cosas, el cine y las personas, nos imitamos. El cine utiliza la realidad para crear ficción, y la realidad utiliza ficción para fantasear mucho más allá de lo que nos obliga a hacerlo el capitalismo. Debemos romantizar nuestra vida y la manera más fácil de hacerlo es imitando la ficción que consumimos. En el libro me centro más en la vida que imita al cine. Pero es muy importante ver cómo el cine refleja la realidad. Lo que estamos proyectando en la ficción incluye quién debe consumirla.
En relación con esto, una amiga solía decir que «toda la culpa (de que le había pasado, sobre todo malo, en su vida) la tenía Hollywood…
Eso genera insatisfacción. Nos venden un ideal romántico que no responde a ninguna realidad. Insisto, no sólo el cine, sino toda la ficción, incluidas las canciones que consumimos. Nos crean una falsa realidad de lo que creemos vivir. Se acepta o no, pero como es muy jugosa y se repite 150 veces cada semana (porque cada película tiene el mismo abc) pues te lo crees. ¿Qué pasa cuando no lo vives, eso? Pues que no tienes a tu príncipe, no eres feliz…
¿Ahora, al multiplicarse la producción y el consumo de imágenes, la alienación sigue siendo la misma, o algo está cambiando?
No sabría decir si el panorama actual es mejor o peor, pero sí que es diferente. El consumo de cine también. Antes, el cine era una cita semanal. Un privilegio, que se comentaba… Ahora ves una película por la mañana, con el móvil, o un sábado. No es lo mismo. No sé si esto tiene la misma capacidad de influencia. Pero el cine como tal sí que la tiene. También ocurre que la oferta ha aumentado tanto que quizás las producciones concretas pierden impacto. No es lo mismo ver un estreno cada dos semanas, que uno o más de uno cada día.
¿Quién, en la variada galería de estereotipos femeninos que estudias, se lleva la palma?
Hago también un reparto entre las solitarias, las buenas, las malas y las románticas empedernidas. Las buenas y las románticas empedernidas incluso podrían juntarse. La madre, la novia, la hija…, la dama en dificultades. Mujeres puestas en un segundo plano y que son como un atributo o son un objeto, un accesorio más del protagonista, son quizás las que más proliferan. Ha habido también muchas malvadas, pero lo que domina es el papel de dama.
En cualquier caso, ¿en este contexto el físico prevalecía?
Sí, era un estereotipo dominante, que también se ha reproducido entre hombres. Porque hemos tenido galantes. No tanto como las mujeres está claro, porque mujeres gordas, feas… hacían de suegras, de brujas… Hay un canon estético dominante, desde una mirada masculina. La edad también. Hombres de 50 años con chicas de 19, cosa que hemos visto muchísimo.
En este contexto, ¿la raza ha sido considerada tradicionalmente tabú?
Sí, claro. El cine y el pensamiento son blancos. La ficción y la producción también lo son. Ahora han empezado a cambiar las cosas y el cine ha dejado de ser algo menos blanco. Las personas diferentes no es que hayan estado en un segundo plano, sino en un cuarto plano. Siempre en papeles subsidiarios, tópicos…
Ytasha L. Womack, estudiosa del rol femenino en la ficción, escribe que los autores, hombres, decían cómo tenía que ser una mujer para que resultara interesante… para los hombres.
Cuando los hombres describían a las mujeres no les interesaba realmente cómo éramos, sino seguir perpetuando una ficción creada para ellos. Lo vemos mucho, por ejemplo, en el cine lésbico hecho por hombres. Un lesbianismo que no existe, que es sólo producto de la fantasía de los hombres. Ese es el problema. Las narrativas son producto de hombres blancos, muchas veces ricos, que no tienen ni idea de cómo nos relacionamos las mujeres entre nosotras, o qué pensamos.
¿Este factor de clase, que mencionas, resulta también una clara línea divisoria en la ficción?
Sí. La ficción ha sido brutalmente elitista. Ahora todo el mundo quiere hacer cine, pero si no tiene una productora, contactos…, está perdido. Y todo esto se acaba encontrando en universidades privadas. ¿Quién puede ir? Por descontado, no la chica de pueblo, la que debe trabajar para mantener a sus abuelos. Hay algunas personas de clase obrera que llegan, pero la inmensa mayoría de los que están creando historias vienen de una clase social media-alta. Algo que, obviamente, limita mucho el discurso y las cosas que se explican. Y el cine independiente que se hace por el mundo nos lo estamos perdiendo. Historias que las distribuidoras no quieren comprar, que la gente no quiere ir a ver…
¿Las mujeres policías, tan de moda en las series, reproducen los roles masculinos tradicionales?
Claro, pero no me acaba de desagradar, porque el poder se ha masculinizado siempre mucho. De eso habla Mary Beard en Mujeres y poder. El poder ha sido siempre masculino. En muchos casos las mujeres debemos masculinizarnos para llegar, aunque también estamos intentando romper moldes de género. Eso lo vemos mucho, por ejemplo, en True detective. No por ser mujer y detective se es menos mujer. También está pasando algo así con los hombres: más sensibles, más femeninos. Creo que estamos pasando un buen momento en los roles de género.
¿En qué ámbitos se percibe más este cambio, en el cine de siempre, en nuevos formatos como las grandes series…?
Yo diría que, sobre todo, en el drama y el cine romántico independiente. Quizás aquí se entiende más qué es el amor, quién se enamora o cómo es nuestra sexualidad. Por ejemplo, Creatura o Vidas pasadas son nuevas narrativas. También en el cine de acción, como Marvel, aparecen planteamientos más inclusivos. Incluso en el cine de terror hay cosas interesantes.
¿Qué se puede decir de la violencia en la ficción?
En el libro me refiero a la violencia sexual, que ha sido casi terrorista en el cine. Violaciones gratuitas, justificaciones de suicidio…, sobre todo en mujeres. Parece que, afortunadamente, en este terreno se está pasando de un objetivo de morbosidad a la crítica.














