«El mundo es el autoconocimiento de la voluntad». Con estas palabras célebres el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, plasmaba la doctrina de pensamiento que lo acompañaría a lo largo de una vida. Una existencia cruda marcada por el dolor de no tener lo que se anhela, un sufrimiento infinito que ha golpeado y golpea a cada una de las personas que pueblan la realidad.

Si ha habido un sistema capaz de entender ese vacío, la psique humana a la que hacía alusión Schopenhauer en sus escritos, es sin duda el capitalismo. En las múltiples formas nos enseña cómo la ambición desmedida tiene premio y cómo aquellos perjudicados por sus leyes son víctimas de una falta de voluntad alarmante.
A raíz de este constructo ideológico, los mejores situados se dedican a modo de demiurgos omnipresentes, seres capaces de erigir vastas empresas, crear trabajo bien remunerado, fabricar los últimos avances tecnológicos e, incluso, sostener países enteros en tiempos difíciles. Siguiendo esta línea, el nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, se refirió a la oligarquía nacional como las grandes mentes que hacen de América el mejor país del mundo durante el transcurso del mitin postelectoral. Profundizando en la sociedad del espectáculo actual, el 47º presidente de los Estados Unidos invocó una especie de Vengadores de Marvel, bajo el entusiasmo de miles de ciudadanos desamparados por el sistema. La problemática de este discurso ya no sólo es jugar con la ilusión de una masa de trabajadores enajenada a intereses adversos a los suyos, sino con el hecho de convencer a centenares de millonarios que han sido tocados por una varita mágica, que les hace trascender más allá del bien y el mal.
Ante la mirada del trabajador norteamericano empobrecido, con un salario mínimo federal estancado en torno a los 7,25 dólares la hora, jueguen los faraónicos proyectos neurocientíficos de Elon Musk y de rejuvenecimiento de Jeff Bezos. Este último cuenta con un total de 3.000 millones de dólares invertidos para garantizar la búsqueda de la eterna juventud a través de la reprogramación celular.
Esta prolongada lucha por constituir una entidad divina no se acaba aquí. Además de derribar los límites de la naturaleza, los magnates han decidido no ocupar el mismo emplazamiento que el común de los mortales, dando lugar a la creación de zonas residenciales en islas paradisíacas, sumado a los imponentes búnkeres diseñados por el multimillonario empresario Larry Hall. La ambiciosa construcción de estos oasis obedece al deseo de alejarse de la contaminación de las grandes urbes, así como del peligro armamentístico generado en las contiendas militares sucesivas, hechos paradójicamente motivados por algunos de estos capitalistas. La creación de microclimas saludables seguros y selectivos es la plasmación de las contradicciones pujantes en el seno de una sociedad fagocitada por el egoísmo extremo.
Los afables superhéroes Disney presentados por Trump, se desdibujan y se vuelven en vulgares malos de una película de James Bond de finales de los 70. Elon Musk, el carismático director de Tesla Motors y propietario de Twitter (ahora «X»), el impulsor de meras viajes espaciales para los más opulentos: Es un gigante con pies de barro cuyo apoyo a la campaña presidencial republicana deriva de la necesidad de aranceles sobre su principal competidor, BYD auto, actualmente líder en el mercado de coches eléctricos, por encima de Tesla.
El magnate sudafricano es la plasmación del hombre hecho a sí mismo que tanto nos vende Hollywood, aquel cuyo padre era poseedor de la principal mina de maragdas en Zambia. Sin embargo, Musk es tan solo una más de las élites económicas que imperan en el mundo contemporáneo, la cara visible de una estructura centenaria que ha conseguido convencernos de que la carencia existente es fruto del anhelo de múltiples mercancías.
Mientras que los ingresos de sus numerosas ramificaciones financieras crecen, el propietario de Tesla Motors se encuentra en el top 20 de mejores jugadores del videojuego Diablo 4: Resulta imposible hacer callar la palabra «Rosebud» citada por Orson Wells en el clásico fílmico Ciudadano Kane, un vacío existencial al que estamos condenados.










