Creo que fue el expresidente del Uruguay, José Mujica, quien dijo que «las izquierdas se pelean por ideas y las derechas se juntan por intereses»; el tiempo le da razón. En Cataluña tenemos el ejemplo de Esquerra Republicana que, al día siguiente de perder el poder, retomó sus peleas habituales, fratricidas, las de los tiempos de Joan Hortalà, Heribert Barrera, Àngel Colom, Pilar Rahola, Josep Lluís Carod-Rovira, Joan Puigcercós… Parecía que el tándem formado por Oriol Junqueras y Marta Rovira había desactivado el instinto cainita del partido, pero no, este solo se ocultaba a la espera de tiempos más convulsos. La derrota electoral del pasado 12-M, destapó de nuevo la caja de Pandora de los republicanos.
El siglo XVII puso de moda los duelos entre paisanos, y en países como Francia, los caballeros se batían ante la menor ofensa a su honor, aunque las leyes lo prohibían. En nuestros días, la historia ha cambiado felizmente, y los deshonores acostumbran a resolverse menos atropelladamente. ERC está resolviendo estos días, o intentándolo, sus diferencias, y no lo hace con espadas como en la antigüedad, lo hace votando. El sábado pasado, Junqueras (Militància Decidim), Xavier Godàs (Nova Esquerra Nacional) y Helena Solà (Foc Nou), dirimieron sus diferencias, que no parecen pocas, votando. El hecho de que Junqueras no llegara al 50% de los votos, poco faltó, ha conducido la contienda a una segunda vuelta en la que los dos primeros, Junqueras y Godàs, se volverán a batir en urnas. Solà, que quedó tercera, queda apartada del duelo; en cualquier caso, su fracción puede acabar decantando la balanza final, y como dicen en el argot futbolero, todavía hay partido.
El sábado se cumplió una vez más la vieja máxima que dice que después de unas votaciones nadie pierde y todo el mundo gana. Junqueras ganó porque, pese a retroceder del 88 al 48%, ciertamente quedó primero; Godàs ganó pese a quedar segundo, con un 35,3%, porque se consolidaba como alternativa y forzaba una segunda vuelta; Solà ganó a pesar de que queda fuera de la batalla, con un 12,6%, conocedora de la importancia de sus votos en la recta final de unas elecciones que deben elegir quién llevará las riendas del partido en adelante.
Si bien es cierto que dirimir la discordia votando es muy loable, no lo es menos que, en el trajín de la batalla, ERC ha perdido unas cuantas batallas, y el desgaste parece notable. Gane quien gane, Junqueras o Godàs, al día siguiente deberá enfrentarse al trabajo titánico de pacificar un partido peleado con él mismo. Desconozco quién está más preparado para hacerlo, pero parece oportuno incidir aquí, con todos los respetos a los votantes republicanos, en la necesidad de renovación que, de manera constante, deben afrontar todos los partidos. Así, a pesar de estar en su derecho de intentarlo una y otra vez, no me parece Junqueras, como tampoco me pareció Carles Puigdemont en Junts, el más indicado para apaciguar el ruido que sufre Esquerra. Como dice el refrán popular, renovarse o morir -expresión que atribuyen al filósofo y escritor Miguel de Unamuno, que dijo que «el progreso consiste en renovarse»-.