Envalentonado, sin duda, por sus hazañas asamblearias del pasado día 19 de octubre, cita en la que desafió a la oposición tras convocarla en un día sin partido y en el formato telemático, o sea precisamente al contrario de las reivindicaciones de la disidencia, a Laporta se le ha metido entre ceja y ceja deshacerse de la Grada d’Animació, elemento escenográfico del estadio azulgrana, tanto en el Spotify como en Montjuïc, y uno de los brazos sociales del club más visible y controvertido en las dos últimas décadas. La chispa que ha encendido un foco de tensión y de polémica que ya se sabe cómo acabará, con una purga de sus líderes y la expulsión de los grupos que le han dado vida en los últimos años, la ha encendido Laporta con la exigencia de que las cuatro Penyes titulares que la integran, Almogàvers, Front 532, Nostra Ensenya y Supporters Barça, afronten el pago de 21.000 euros correspondiente a las multas impuestas por los diferentes reguladores de su comportamiento, actitud y mensajes a lo largo de los últimos partidos, incluidos algunos de la temporada anterior, básicamente de las sanciones impuestas por LaLiga y la UEFA.
La irrupción de la propia Generalitat de Catalunya a través de los tentáculos de la Conselleria de Interior, de sus aparatos administrativos y de la intervención de Mossos d’Esquadra, es el factor que debe preocupar verdaderamente a la Grada d’Animació, ahora sí condenada a desaparecer en su formato y condiciones actuales, pues siempre que Laporta ha necesitado poner el foco mediático en algún tema de actualidad una parte de la policía autonómica ha actuado a favor de sus intereses.
Nadie ignora, en el entorno de la Grada d’Animació, que la principal raíz del conflicto radica en que en algún momento de esta temporada y de la anterior se han escuchado consignas contra la directiva, tipo “¡Barça SÍ Laporta No!”, que el presidente no está dispuesto a consentir, mucho menos ahora que juega tanto a su favor el liderato del equipo de Hansi Flick y la explosión de otra generación de oro de la Masia. El entusiasmo generado ya le ha servido para acallar a la oposición y convertir la última asamblea en un paseo triunfal pese a presentar el peor balance deportivo, social y económico de su doble mandato. Suprimir la Grada d’Animació o domarla a conveniencia parece pan comido.
La estrategia es de manual. Primero, resucitar el fantasma de la violencia, la sospecha de que elementos ‘perniciosos’ como miembros de Boixos Nois puedan volver a la grada, intoxicación informativa acompañada de actuaciones de talante represivo como practicó la propia seguridad del club en el partido ante el Sevilla y, tras el ruido, la aplicación de medidas coercitivas como exigir a la Grada d’Animació 21.000 euros de sanciones que, según la junta, “no estamos dispuestos a seguir pagando”.
Por un lado, Laporta ha recurrido a uno de los acuerdos del convenio suscrito en su día con los grupos según el cual el club les puede incoar la obligación de reponer el dinero de las multas, cuyo pago ha dividido en cuatro partes en proporción a los miembros acreditados por cada grupo. Por otra parte, el apremio de pago ha llegado acompañado de una seria advertencia consistente en el cierre de la grada por un partido en respuesta a cada expediente abierto por alguna de las autoridades que fiscalizan su conducta.
La reacción de malestar no se ha hecho esperar por parte de algunos grupos de opinión y de socios individualmente, molestos por esta actuación de la junta. Un vídeo de Laporta gritándole “¡Hijo de puta!” al árbitro, otro insultando a los propios barcelonistas y comentarios en el sentido de que 21.000 euros son calderilla comparados con las facturas de Via Veneto y de Botafumeiro, donde comen y cenan a diario el presidente y su séquito, han empezado a saturar las redes sociales.
No importa, sin embargo, que esas protestas arrecien, pues la suerte de la Grada d’Animació está echada. LaLiga es la que obliga a los clubs a disponer y fomentar un espacio de animación ejemplar, festivo y capaz de contribuir con sus cánticos, banderas, pancartas, mosaicos y tifos, regulado por un control biométrico de entrada y admisión policial de sus miembros, previamente autorizados en función de sus antecedentes y el criterio de los responsables de seguridad. Las normas que limitan sus cánticos y proclamas también son muy claras, estando terminantemente prohibida cualquier manifestación antideportiva en toda la amplia expresión del término, así como ajustado el contenido de sus mensajes al estricto ámbito de la animación y el apoyo al equipo.
En el caso de Laporta, la batalla social y mediática contra ese vago concepto de los ‘violentos’ la tiene ganada porque tiene en su haber esa infundada fama de haber acabado con los Boixos Nois durante su primer mandato, imagen asociada al cierre del espacio de animación del Camp Nou en 2003 tras haberse despertado con pintadas insultantes y amenazadoras en su domicilio atribuidas a los Boixos. En realidad, sin embargo, esa presunta autoría de las pintadas nunca fue demostrada, del mismo modo que entre 2003 y 2010, el primer mandato de Laporta, la cifra de expedientes por indisciplina abiertos contra socios que acabaron en expulsión fue de cinco socios, todos ellos por conductas individuales anómalas provocadas por la ingesta de alcohol y localizadas fuera de la presunta zona de riesgo del estadio donde se ubicaba el histórico grupo de Boixos. Precisamente, la expulsión unilateralmente resuelta por Laporta de su líder, Manel Homar, fue anulada posteriormente por la justicia ordinaria por infundada y por defectos de forma en actuación de la junta.
La suya siempre fue una relación contradictoria y curiosa, pues los Boixos Nois mayoritariamente le votaron como presidente en 2003 y hasta le escoltaron y aclamaron el día de la jornada electoral en el Miniestadi, donde fue otro candidato, Lluís Bassat, quien tuvo verdaderamente problemas con algunos por haberles identificado genéricamente con el consumo y tráfico de drogas. Finalmente, aquel episodio de las pintadas le vino bien para justificar que el FC Barcelona financiase el traslado de su residencia a Sant Cugat, junto a la casa de sus suegros, así como la asignación de un operativo de seguridad personal y familiar dirigido por su entonces cuñado Alejandro Echevarria, el mismo que hoy sigue en la brecha, 21 años después, como multiasesor.
Volviendo al presente y a la segura reforma y replanteamiento de la Grada d’Animació, la presidencia puede, perfectamente, disponer de una zona mucho menor para la animación tutelada tal y como ya planea de cara al regreso al Spotify y adelantar esa reducción a lo que queda en Montjuïc, acompañada de una depuración interna de los elementos que no simpatizan con el laportismo. Sólo es cuestión de semanas y de que, inevitablemente, se registren incidentes, gritos o proclamas susceptibles de irritar a los Mossos, que ya están preparados para colaborar en lo que haga falta con esta nueva causa, abriendo expedientes que detonarían el conflicto definitivo. Lo que no piensa tolerar Laporta es otra demostración de sintonía y de hermanamiento del equipo con la Grada d’Animació, tal y como se dio espontáneamente tras la goleada al Bayern en la Champions. Por lo que se ve, eso dolió bastante en el palco de Montjuïc.






