De playas y turistas

Bluesky

En tiempo de verano suelo pasear cerca del mar por playas donde, ya de pequeño, aprendía a sortear las olas, notar la sal en la piel y sentir la brisa húmeda del mar acariciando mi cuerpo. El agua de la Barceloneta, por aquel entonces, era de muy poca calidad y, quizá, en ocasiones, clara y transparente si el viento venía de poniente. Desde casa, al atardecer, podían verse las barcas de pescadores de sardinas, con las farolas haciendo dibujos sobre el agua, en una procesión infinita de lucecitas, a la espera de que desde el fondo del mar aparecieran plateadas, miles de sardinas.

Ir a la playa en verano en la Barceloneta era la ilusión de mucha gente que llegaba al barrio de Òstia en tranvía, cargados con los utensilios de baño. Estábamos dispuestos a jugar y quemarnos la piel todo el día. La playa era nuestra y los turistas todavía no estaban presentes en el pensamiento de nadie. La playa era nuestra y de los vecinos del barrio. Los baños de San Sebastián, Orientales y San Miguel entre otros, nos ofrecían piscinas, arena y merenderos a pesar de estar rodeados de fábricas y de productos tóxicos. Pasar el día en la playa era una gozada. Ya, por la tarde, ir al final del Paseo Nacional cerca del muelle del reloj y comprar mejillones o pescado recién cogido era todo un descubrimiento espectacular.

Las Olimpiadas del año 92 supusieron para la ciudad abrir las playas a una sociedad que empezaba a desplazarse vía low cost. Barcelona sería la marca y toda una estructura económica de consumo a precios bajos se puso en funcionamiento. Este evento nos ha marcado hasta hoy. Miles y miles de turistas pueden llenar el litoral barcelonés llegando en metro o bus.

Hoy la Barceloneta sigue donde estaba y el mar es mucho más limpio gracias a las depuradoras. El paseo Marítimo ha sustituido a la fábrica del Gas, La Maquinista Terrestre y Marítima y otras industrias ya no están, ni tampoco los merenderos. Tampoco están las barracas donde vivían hacinadas miles de personas venidas de toda España buscando una vida más digna. Ahora, tenemos playas pero no cabemos. Tenemos un paseo que se ha quedado pequeño ocupado por una cantidad de turistas que invaden el barrio recomendados por las guías turísticas que no saben nada de Memoria ni de la belleza del latido de olas lamiendo la arena milenaria.

Huyendo de las playas de Barcelona, ​​un poco más allá nos encontramos el Paseo de Mar de Badalona con su puente del petróleo, testigo metálico de una época donde el imperio industrial era dueño y señor de las playas badalonesas. Sin embargo, el Paseo de Mar conserva todavía una panorámica que permite mirar hasta el Maresme, rodeados de un ambiente más sosegado y sin la presión especuladora del turismo depredador.

El mar siempre cambiante y misterioso nos transporta al horizonte de nuestros sueños. Un paseo que tiene tren y que gracias a él, sin quererlo, nos ha salvado de la fiebre constructora de hoteles y edificios turísticos frente al mar. El silencio es tan notable que, si escuchas bien, todavía se pueden escuchar lejanas melodías de salas de fiesta que, durante décadas deleitaron a los badaloneses en domingos de verano en un país que todavía vivía en blanco y negro. Haciendo volar la imaginación todavía podríamos ver las casitas de madera para los bañistas. Casitas de madera pintadas de blanco y azul, o amarillo o verde, que daban un contraste singular a la playa. Poco a poco, han desaparecido las fábricas, la de anís, la del vidrio, de químicas y lejías. También hemos aprendido otras formas de vivir. Los años 60 trajeron el desarrollo social y económico y la llegada del 600 y la televisión, otra forma de ver el mundo. Las playas han cambiado y nosotros también. Pese a los cambios, el paseo del Mar de Badalona todavía tiene lo que lo hace especial y precioso. Todos estos paisajes corren el riesgo de convertirse en escaparates de consumidores de turismo de playa y es posible que pronto sean invadidos tal y como ocurre en la Barceloneta.

El turismo no tiene memoria y borra la nuestra. En Barcelona existe un problema de masificación turística de consumo que nos afecta directamente, encareciendo los alquileres de viviendas, destrozando el paisaje y las formas de vivir de los ciudadanos. Los especuladores, siempre despiertos, se han fijado en Barcelona, ​​en sus barrios y playas para hacer negocios inmobiliarios. La consecuencia es la expulsión de los vecinos con menos recursos económicos encareciendo el coste de la vida.

¿Qué memoria sobrevivirá de esta etapa turística? Barcelona y sus entornos viven estos momentos en una constante tensión social nunca vista, provocada por un liberalismo económico que no tiene fin. Quizás ya sea la hora de tomar medidas que den respuesta a la inquietud en la que vive la ciudadanía y recuperar espacios de bienestar con el fin de hacer de nuestra casa un lugar de libre convivencia y respeto dentro de la diversidad cultural.

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