Embolica, que fa fort

Bluesky

Por lo visto se han puesto de moda los golpes de efecto y estamos viviendo un agosto pródigo en shows amañados de todo tipo, aunque basados, de una manera u otra, en el dicho catalán: “embolica, que fa fort”. En el terreno internacional, llevamos ya unos días con la efectista invasión ucraniana de Rusia, y más en concreto, el óblast o distrito de Kursk. En plena canícula incapacitante, los analistas y cuñaos de guardia en redes, se preguntan cuál es el sentido de esta ofensiva tan molona, que rescata del olvido y el apagón informativo aquella guerra que, desde hace un tiempo, parece encaminarse a su final.

Más allá de las especulaciones sobre brigadas, batallones, objetivos, drones y diretes, la cosa parece tener una explicación bastante sencilla.

En noviembre, elecciones en los States. Puede ser que gane Trump o que se obre el milagro, Kamala le dé una vuelta a la situación y tengamos nueva victoria demócrata. Si gana Trump, el presidente ucraniano lo tendrá mal. Y no sólo porque el candidato republicano ha prometido apagar la guerra de Ucrania en un plis plas. Es que Zelenski fue una creación de Trump, allá por 2019, cuando ganó las elecciones. En efecto, todo el mundo parece haber olvidado que Zelenski llegó al poder con el permiso (y quizá algo más) del viejo Trump, por entonces presidente. A éste, no le interesaba que volviera a ganar las elecciones el oligarca Poroshenko, que era un hombre de su archirrival Joe Biden. En consecuencia, hubo luz verde (como mínimo) al joven Zelenski, por entonces un desconocido cómico de un canal regional de la tele.

Durante los meses que Trump continuó en la Casa Blanca, el nuevo presidente ucraniano sintonizó con su línea política. El estadounidense intentaba acercarse a Putin y Zelenski le seguía el juego, accediendo a negociar con el presidente ruso y afirmando que terminaría con la guerra sorda que se vivía en el Donbas desde 2015. De hecho, lo había incluido en su propaganda electoral y fue una de las promesas que le llevó a la presidencia, precisamente. En aquellos tiempos también se presentó como rendido admirador de Ronald Reagan, en quien veía a un predecesor, un presidente surgido del mundo, del Show Business. No es de extrañar que la Fundación Presidencial Ronald Reagan le concediera el Premio Ronald Reagan a la Libertad, a comienzos de marzo de 2022, a pocos días de comenzada la guerra.

Para entonces, Zelenski había demostrado, sobradamente, que  buscaba implantar un sistema neoliberal en la línea estricta de la Escuela de Chicago. Hablaba de un “turbo régimen” (sic) que “normalizara” a Ucrania. Pocos días después de la constitución formal del nuevo gobierno, el 29 de agosto de 2019, comenzaron a sucederse las propuestas de ley.  En septiembre ya estaba poniendo en marcha las disposiciones para privatizar todo lo que fuera del Estado, con un frenesí que años más tarde se resumiría en la sierra mecánica de Javier Milei, en Argentina.

Luego, claro, Trump perdió las elecciones y Zelenski se puso, en posición de firmes, a las órdenes del nuevo patrón Biden. Éste era más partidario de la confrontación con el amo del Kremlin, lo cual no incomodaba al presidente ucraniano, que había llegado al poder para quedarse.

Ahora, el tiempo se le ha terminado a Biden, y Zelenski está desazonado ante una situación que se le escapa de las manos ¿Quién mandará en la Casa Blanca dentro de pocos meses? Hasta hace poco, parecía claro que volvería a ser Trump, su antiguo patrón. Y éste había dicho que caso de ser elegido, terminaría con la guerra de Ucrania. ¿Habría trato benévolo para Zelenski? Muy posiblemente, después de haberse plegado durante una legislatura a las políticas de su odiado archirrival, Joe Biden, lo más posible sería que Trump lo sacara de en medio más pronto que tarde. Pero repentinamente, la dimisión de Biden, hundido en la demencia senil, está suponiendo una inesperada y exitosa campaña electoral para Kamala Harris. ¿Y ahora, qué hacer?

Pues, esa ha sido una de las motivaciones de la actual incursión de tropas ucranianas y voluntarios extranjeros en territorio ruso. Zelenski, convertido ya en un trasto inútil de voz cazallosa, tiene una oportunidad de complicarle las cosas a Trump, si finalmente gana las elecciones en los Estados Unidos; o de ofrecerle un hecho consumado a Kamala Harris, si es ella la vencedora. Embolica, que fort. Líala bien liada, a ver si consigues que la guerra de Ucrania, un conflicto sin salida en el que ya ha muerto demasiada gente para nada, continúe y continúe en una huida hacia adelante que no tiene un fin estratégico preciso (aparte de mantener a Zelenski en el poder). Ya se produjeron antes otras incursiones similares; quizá la más potente fue la de mayo de 2023, cuando grupos de rusos de ultraderecha afines al régimen de Kiev, atacaron en la región rusa de Bélgorod.

Un momento: ¿Seguro que no existe un objetivo estratégico? Bien, desde luego si que hay objetivos, claro está, pero son más políticos y propagandísticos que meramente militares.

Primero, la vieja aspiración de Zelenski, que fue anteriormente la de varios lideres balcánicos en las guerras de la ex Yugoslavia: implicar a los americanos, atraer a la OTAN a una confrontación directa con Rusia y que ésta le haga el trabajo a los ucranianos y les saque las castañas del fuego.

Ah, pero ahora Netanyahu está probando el mismo remedio milagroso. La ultraderecha israelí en el poder quiere atraer a  los americanos a una guerra total en Oriente Medio, a fin de destruir a Irán y crear una cortina de humo para terminar de vaciar Israel de palestinos. Y ahí, Zelenski lleva las de perder, porque Ucrania no tiene ni una centésima parte de la influencia de Israel en Europa y los Estados Unidos.

Por ello, el ataque ucraniano en Rusia busca una especie de emulación del que protagonizó Hamas el 7 de octubre del año pasado. Un audaz golpe de mano que provoque una reacción destemplada de Rusia y convierta a los ucranianos, de nuevo, en las víctimas del salvajismo genocida allá en los telediarios. Claro, a ningún lector sagaz se le escapará que, de esa forma, los ucranianos desplazarían a los palestinos, y las inciertas hazañas del Ejército israelí en Gaza.

Porque en la guerra de Ucrania, el combate por el relato es fundamental. Los rusos libran la guerra para desgastar y destruir la maquinaria bélica ucraniana, no para ocupar el país; y también para dejar en evidencia que la OTAN es un tigre de papel, que no intervendrá en una confrontación directa con Rusia, porque tiene mucho que perder y poco que ganar. Frente a ello, los americanos y la OTAN combaten por el relato: Putin quiere invadir Europa, destruir las democracias occidentales y someterlas a un nuevo imperialismo heredero del soviético. Sólo que ese relato se quebró, precisamente, a partir del 7 de octubre de 2023, cuando el genocidio de la población palestina en Gaza y las enloquecidas provocaciones israelíes para desencadenar una guerra a gran escala (el diario de oposición Haaretz publicó el 12 de agosto que Netanyahu quiere una guerra mundial) nos pusieron ante la tesitura de elegir quién era más brutal y tiránico: ¿el Putin que encabeza las fuerzas del mal o “nuestro” Netanyahu?

De ahí el sentido último de la “invasión” ucraniana de Rusia: aparta nuestras miradas de la destrucción de escuelas refugio en Gaza, de esa guerra en la que Netanyahu lo destruye todo menos a Hamas. De paso, si se lía la de Dios es Cristo en Oriente Medio, igual, ya puestos, la OTAN le echa una manita a Ucrania. Al fin y al cabo, ¿qué importa dónde comience la Tercera Guerra Mundial?

(Visited 402 times, 1 visits today)

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario