Crisis alimentaria

El sistema agroalimentario mundial está dando señales cada vez más claras de debilidad, debido a su dependencia de los combustibles fósiles y de las contingencias climáticas y geopolíticas.

Ya explicamos en un anterior artículo que China había cortado la exportación de fertilizantes en septiembre, y que la FAO llevaba tiempo advirtiendo de la crisis alimentaria que se produciría en los meses de abril o mayo. Además, la invasión de Rusia a Ucrania y contingencias climáticas como la ola de calor en la India han precipitado lo que ya se sabía y han acelerado la crisis del sistema agroalimentario mundial.

Es sabido que en los próximos años habrá una caída significativa de la producción de petróleo, y que esto se debe a que las compañías petroleras, desde 2014, redujeron sus inversiones de prospección de nuevos yacimientos por el coste que suponía su extracción. En los próximos años, hasta el 2025, la producción de este combustible fósil del que somos tan dependientes bajará un 30%, según estimaciones fiables. Obviamente si hay una caída tan fuerte de la producción de petróleo y, por tanto, de energía, forzosasmente debe haber un decrecimiento industrial.

Una de las áreas más afectadas será la industria agroalimentaria, que como todo proceso industrial es absolutamente dependiente de combustibles fósiles como el petróleo y el gas natural. Hay que tener en cuenta que la inflación por el encarecimiento del gas y del combustible ya se estaba produciendo antes de la guerra de Ucrania.

El pasado 20 de mayo, el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, declaró que en Ucrania había 20 millones de toneladas de grano atrapados entre el fuego de los ejércitos, y que se estaban buscando alternativas para encontrar vías seguras para su distribución. Ucrania es uno de los países grandes exportadores de grano. Sus tierras negras son extraordinariamente fértiles y pueden alimentar a más de 400 millones de personas. Según declaró Josep Borrell, tras la reunión del Consejo Europeo para el Desarrollo, en Ucrania estarían almacenados el 50% de trigo, el 40% de la cebada y el 60% de maíz previstos para consumir este verano, sobre todo en los países de África oriental, países que, en estos momentos, se encuentran en una situación alimentaria crítica.

Por otra parte, la India, que se había ofrecido, en abril, para compensar la reducción de las exportaciones de alimentos causada por la invasión rusa, sufre actualmente una ola de calor que ha secado una parte muy importante de su cosecha, lo que ha hecho que suspenda las exportaciones para poder abastecer a sus propios ciudadanos.

Pero el problema es estructural. Este sistema alimenticio, como de hecho todos los sistemas industriales, se ha basado hasta ahora en una energía abundante y barata, que ha llegado ahora a su pico de producción. Inevitablemente irá bajando su producción, lo que causará, según los expertos, el incremento de su precio e, inevitablemente, un descenso de la energía tal y como la hemos podido disfrutar hasta ahora.

Este modelo es un sistema globalizado que, paradójicamente, producía más alimentos de los necesarios. Una tercera parte de estos alimentos no eran consumidos y terminaban la gran mayoría en la basura, a menudo sin que se abrieran sus envases. Mientras, cada día mueren de hambre 24.000 personas en el mundo, de las que 18.000 son niños o niñas. La pregunta que surge inevitablemente es si el modelo que tenemos es eficiente. Otro ejemplo de las consecuencias de este modelo alocado es Brasil, que debido a la escasez de fertilizantes puede sufrir un considerable desabastecimiento de alimentos, aunque es uno de los grandes exportadores de soja, maíz y azúcar del mundo.

El doctor en ingeniería agrónoma José Esquinas explica que deberíamos ir a sistemas más diversificados y, por tanto, más locales, donde las cadenas de producción de alimentos sean más cortas. Diversificar estos sistemas es una forma también de protegerse, dice.

Emplear nuevas técnicas de agricultura, buscar la soberanía alimentaria y recuperar las semillas y las especies locales son medidas imprescindibles para hacer frente a una dinámica en la que compramos alimentos en los supermercados que recorren 4.000 kilómetros antes de llegar a los consumidores. Esta irresponsabilidad puede producir, como hace tiempo que ya ha advertido la FAO, una crisis alimentaria de dimensiones impredecibles.

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