Tregua y paz: ¡no son lo mismo!

Bluesky

Una gran parte de la población no quiere pensar (sean conscientes o no de ello) que la guerra no es una rareza, sino una característica de nuestro mundo. Hoy, la guerra entre Rusia y Ucrania nos exige pensar en la guerra básicamente porque nosotros también estamos de alguna manera en guerra y esa guerra ya está cambiando nuestras vidas. Por tanto, deberíamos encontrar la disponibilidad personal, la información y los recursos intelectuales que nos permitan volver a pensar en la guerra, por mucho que eso nos disguste. En caso contrario, daríamos la espalda a la realidad, con todos los riesgos que ello implicaría.

¿Cómo explicar ese negarse a pensar y ver la existencia de la guerra? En psicología se estudia un mecanismo que se llama negación. Es un mecanismo de defensa muy primitivo que consiste en “no ver” lo que es doloroso, es negar la realidad. Si no lo veo, no existe y no sufro. Es uno de los fundamentos del negacionismo ante el cambio climático, la Covid19 y otros fenómenos. Es un mecanismo que utilizamos todas las personas en distintos grados, ante realidades dolorosas. Este fenómeno también puede suceder a nivel colectivo. Instalados en nuestro confort y bienestar, solo alcanzamos a hablar de la guerra de manera intelectualizada. Nos cuesta y nos resistimos a reconocer que tenemos la guerra a las puertas de nuestra casa y de nuestra vida porque nos da pánico y para muchos es mejor “no verlo – no sentirlo”. El problema es que si ni lo vemos ni lo pensamos no seremos capaces de afrontarlo hasta que estemos ante los hechos consumados.

A pesar de la fachada aparentemente neutra, desinteresada y objetiva del Derecho Internacional, la realidad es que hay una pugna permanente y universal entre dominantes y dominados, gobernantes y gobernados, unos países y otros. Desde esa reflexión, podemos entender mejor la famosa y últimamente repetida frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, donde la palabra clave es “continuación”, no significa que “todo sea lo mismo”, sino que unas cosas son la continuación de otras de manera natural, fluida o inevitable. Hoy día, por ejemplo, vemos que una manera de combatir a la guerra en Ucrania es la guerra comercial de los países occidentales para obligar a Rusia a parar su masacre y destrucción en Ucrania. De hecho, se opta por intentar someter a Rusia con una guerra comercial por miedo a los terribles daños y riesgos de una guerra convencional o total.

Es por todo ello, que deberíamos decir que Europa vive en guerra desde hace más de unas semanas. De hecho, en Ucrania, desde el año 2014 están en guerra en la zona del Donetsk, pero pronto dejamos de mirar a ese conflicto. Hace tiempo que Europa vive en una especie de tregua casi permanente, es decir siempre bajo amenazas y en guerras entre países distantes que nos afectan desde multitud de rincones del globo. La tregua nos permitía no mirar ni ver la guerra. La guerra emplea sin tapujos el terror para lograr sus objetivos militares y políticos. Pero cuando cesa, no significa que ya vivamos en “paz”, lo que sucede es que se ha abierto un periodo de “tregua”. De hecho, la tregua también es la continuación de las hostilidades por otros medios y el miedo transformado en amenaza disuasiva nos viene a decir: “o tregua o más guerra” y entonces la paz se viste de tregua temporal. La paz verdadera ha de concebirse más allá de esa alternativa entre guerra y tregua, entre terror y disuasión.

¿Cómo frenar la guerra? ¿Acaso es solo una cuestión de diálogo, negociación y diplomacia? Sin duda esos elementos son necesarios, pero deberíamos considerar que son insuficientes por sí solos, si no se restañan viejas heridas, se muestra empatía y comprensión mutua más allá del poder que se tenga y pueda ejercer. La verdadera paz se asienta en la solidaridad, la ayuda mutua, la colaboración y en trabajar juntos para resolver los problemas comunes y los de todos.

Cuando esos planteamientos no se pueden utilizar solo queda el recurso ancestral: la resistencia de los pequeños, la guerra de guerrillas, la lucha partisana o incluso la defensa estratégica que han sido en muchas ocasiones capaces de erosionar y desgastar la fuerza conquistadora de los fuertes, forzándoles a la retirada o a la negociación. Los esclavos de la antigua Roma, las guerrillas españolas ante Napoleón, los movimientos de resistencia contra los nazis y los vietnamitas contra los EUA, entre muchos otros casos, lo certifican. Es entonces, en tiempos de tregua, cuando las fuerzas sociales y políticas actúan. Efectivamente, esa es la esperanza. Los avances en materia de derechos, libertades, bienestar y paz nunca han caído del cielo, son victorias conseguidas “por otros medios”.

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