El esquizo-fascismo en Cataluña

El historiador Timothy Snyder, en su libro “The Road to Unfreedom” (traducido por Galaxia Gutenberg como “El camino hacia la no libertad”) acuña el concepto de esquizo-fascismo para referirse a la tendencia de algunos sectores nacionalistas iliberales en Rusia a llamar fascista a cualquiera que no comulgue con sus ideas (o que “ataque” a la patria rusa), hasta el punto, explica, de que en el idioma ruso se considera prácticamente un error gramatical imaginar que un ruso pueda ser fascista: “para los esquizo-fascistas, el fascismo era una sustancia del mundo exterior disoluto que amenazaba el organismo virginal ruso”.

Por otra parte, el autor de la biografía intelectual de Albert O. Hirschman, Michele Alacevich, nos recuerda que en los años 1930, precisamente cuando el fascismo de verdad acechaba más amenazante que nunca, algunos comunistas empezaron a llamar a los socialdemócratas, el principal partido (al que pertenecía Hirschman) de oposición al nazismo, “socialfascistas”.

Podemos concluir que el recurso barato al insulto fascista no se ha inventado en Cataluña, sino que tiene una larga tradición, que combina altas dosis de intolerancia, una profunda ignorancia y una banalización inmoral del fascismo real.

Pero en los últimos días se han visto ejemplos en Cataluña de una tendencia que viene recrudeciéndose en los últimos años, coincidiendo con el éxtasis de la política de la identidad que se ha vivido en la última década. El ataque a un grupo de personas del grupo “S’Ha Acabat” en mi universidad, la UAB, que pretendían simplemente expresar sus opiniones (me da igual cuales sean) en la plaza principal del Campus, es un episodio más de esquizo-fascismo, de utilización de prácticas cercanas al fascismo al grito de “¡fascistas!”. La reacción del equipo de gobierno de mi universidad es un ejemplo vergonzoso de cómo perpetuar un ambiente donde se les ponen las cosas fáciles a los esquizo-fascistas, en lugar de combatirlos con la ley en la mano en nombre de la razón y la democracia.

Otro ejemplo reciente ha sido un cartel del grupo Arran, las juventudes de la CUP, donde se puede leer con grandes letras “Independentismo es Antifascismo”. Es fácil interpretar el mensaje como que “quien no es como nosotros, es fascista”. Obviando que existen independentistas fascistas (con quienes la CUP no tiene inconveniente en investir gobiernos en el Parlament de Cataluña, mientras firma un cordón sanitario contra la socialdemocracia), y que los ha habido en el pasado (en algún caso homenajeados por un presidente de la Generalitat, también investido por la CUP). Y olvidando que existe no sólo una gran mayoría de personas que a la vez no son independentistas y que no son fascistas, sino que tienen una historia detrás de lucha arriesgada (entonces sí) contra el fascismo. Y, por supuesto, obviando que muchas familias catalanas que hoy abrazan el independentismo, apoyaron el fascismo español. Sus descendientes no tienen ninguna culpa, pero recordar el pasado de sus familias debería ser un acicate para ser ellos muy conscientes de lo que ha ocurrido en este país, y para ser muy respetuosos con quienes sí lucharon contra el fascismo.

A ello se suma un clima de creciente intolerancia lingüística (entre otras variantes de la intolerancia) por parte de minorías que ahora se creen muy poderosas, pero que ignoran o no quieren ver que las zonas urbanas de Cataluña son plurilingües, que el castellano es la lengua más hablada en Cataluña, y que ello no sólo no es incompatible con la promoción del catalán, sino que la convivencia lingüística ha sido durante los últimos 40 años una fuente de riqueza cultural y económica. Igual que el “America First” de Trump ha mutado en “Save America”, el “Fem un país lliure” parece haber mutado para más de uno en un “Catalunya pels catalans”.

Susana Alonso

La violencia de baja intensidad está enquistada en Cataluña y sigue incluyendo, si no a diario sí semanalmente, amenazas y señalamientos en sedes de partidos políticos, redes sociales y otras plataformas. Vale la pena no pasar por alto estos episodios y denunciarlos como actos de intimidación e intolerancia, y no aguarlos en un contexto más amplio (“no hay que olvidar que los otros…” y bla bla bla). No hay excusa para no condenarlos. En democracia no hay provocaciones, existe la libertad de expresión para todo el mundo. Los actos de totalitarismo no deben olvidarse. No vaya a ser que la violencia un día deje de ser de baja intensidad, como ya ha ocurrido varias veces en nuestra historia.

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