En manos de los jóvenes

Me armo de valor y salgo a tomar un café a alguna terraza del barrio. Mientras ando me cruzo con otras personas que van caminando solas o en grupo. La mayoría de gente mayor lleva mascarilla. La mayoría de la gente joven, no. Voy haciendo slaloms hasta que decido sentarme en una terraza después de descartar unas cuántas porque las mesas o están ocupadas o muy cercanas unas de otras.

En una mesa no demasiado alejada de la mía hay un grupo de siete u ocho jóvenes. Ni mascarillas, ni distancia de seguridad. Fuman y se abrazan. El camarero sí que lleva mascarilla –no demasiado muy bien puesta, todo hay que decirlo- cuando se les acerca para llevarles las consumiciones que han pedido. Me rumio si los tengo que decir algo o no. Son un factor de contagio evidente, un riesgo para mí, para ellos y para las personas con las que estarán en contacto cuando vuelvan a su casa.

Pienso en la alumna que dejó de venir a clase y de hacer los trabajos de curso porque su abuelo murió de la Covid-19 y su padre estuvo unos cuántos días en una UCI con un coma inducido. Pienso en el compañero periodista con quién tomé un café el día anterior y que me explicó que su padre había muerto en un centro sociosanitario por culpa de la enfermedad y que ahora estaba preparando su funeral. Pienso en los tres alumnos que poco antes de la declaración del estado de alarma, me comentaron, en clase, que acababan de volver de Milán enfermos. Tuvieron unos niveles de fiebre como nunca los habían sufrido. Habían ido al centro de atención primaria y sin mirárselos mucho los habían enviado de vuelta a casa recetándoles antigripales y paciencia. Ni PCRs ni nada de nada. Le di un mordisco al bocadillo de uno de ellos. Nadie de aquella clase se contagió. Yo, tampoco. ¿Suerte? ¿Quizás simplemente tenían una gripe de las de toda la vida?

Pienso y escribo esto mientras los rebrotes de la enfermedad se producen en muchos lugares y cuando la comarca del Segrià ha sido nuevamente confinada por el elevado número de personas que han enfermado o dado positivo en los controles del virus. Quien más han sufrido los contagios en aquella comarca son las personas que han ido a trabajar en la recogida de la fruta. Viven de eso y no los queda otro remedio que arriesgar su salud y, de paso, la del conjunto de la comunidad, para conseguir el dinero que necesitan para vivir.

Los jóvenes que están cerca de la mesa donde tomo el café no parece que tengan problemas económicos. Si actúan como lo hacen es porque pasan del riesgo en que ponen su salud y la de las personas de su entorno. ¿Inconsciència? ¿Insolidaridad? ¿Desconocimiento? ¿Atracción por el riesgo?

Dicen que ser joven es grande. Lo es. El futuro está en sus manos. ¡Espero que se den cuenta!

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