El juego de la peste

Entre los juegos al aire libre (este aire que ahora, con el confinamiento al que nos vemos obligados, hemos medio vaciado de contaminación) que pude practicar con mis hijos cuando estos eran pequeños, hay uno, que los niños denominaban La peste, que consistía, si no recuerdo mal, en intentar evitar que el participante que tenía la peste llegara a tocarte y pasártela y, si efectivamente te tocaba, cosa que acababa por suceder siempre, quedabas momentáneamente apestado y tenías que apresurarte en pasarla a otro de los jugadores, que estaban repartidos por una plaza o una calle sin coches que molestasen. La peste, en este juego, no era ningún objeto tangible, sino simplemente el hecho de haber sido tocado por aquel que la tenía. Perdía el que, cuando acababa el juego, se había quedado con la peste sin poder pasarla a nadie.

Recuerdo que este juego, como tantos juegos al aire libre, nos hacía reir mucho y que mi hija Mireia era especialmente habilidosa pasando la peste a los otros jugadores (sobre todo a mí), al grito de "¡Tienes la peste!". De todos modos, el que perdía, el que se quedaba con la peste no tenía que pagar ninguna prenda ni nada. El juego se acababa porque se hacía de noche o porque estábamos cansados de tanto correr. Y ya nadie pensaba en quién había ganado y en quién había perdido.

Si he sacado a colación el recuerdo de este juego es porque creo que guarda un cierto paralelismo con la situación más bien surrealista que estas semanas nos está tocando vivir. Aquí también se trata de pasar un virus (la peste actual, por fortuna no tan maligna como la de siglos anteriores, pero que se difunde por todo el mundo, como una televisión por cable, o como los repartidores de Alibaba), voluntaria o involuntariamente, a otra u otras personas. Cómo que el virus se encuentra latente en muchas de estas personas, el simple contacto físico con una de ellas nos puede contagiar, y nosotros, si desconocemos que somos portadores, acabaremos por pasar el maldito virus a otros. No obstante, a diferencia del juego mencionado, aquí podemos ignorar totalmente quién nos ha contagiado, quién nos ha pasado la peste. Este virus es así, no juega limpio, no se da a conocer, y por eso nos resulta difícil averiguar de donde y cómo, por qué vías ha aparecido entre nosotros, cuáles son los responsables de su transmisión.

Encontrar a los responsables y, si hace falta, castigarlos, es una vieja aspiración humana (o no sé si tan humana) cuando la peste deja de ser un juego y se convierte en una amenaza de enfermedad y de muerte. Ya Lucrecio, en su tratado De la Natura, al referirse a la peste que asoló Atenas en el año 430 antes de J.C., intentó identificar los culpables de aquella mortalidad: "Esta forma de pestilencia vino del fondo de Egipto, donde había nacido, y atravesó un amplio espacio de cielo y de mar hasta llegar al pueblo de Pensión (legendario rey de Atenas). Para Lucrecio la causa de las epidemias se tiene que buscar en los gérmenes de enfermedad que vuelan por los aires: "Cuando un accidente o un azar los reúne e infectan el cielo, el aire se hace pestilente". En definitiva, Egipto y el aire viciado eran los culpables de aquella peste de la ciudad de Atenas.

En su libro La peste en la Barcelona de los Austrias, el profesor José Luis Betran, en referencia a las epidemias de peste que se declararon en Barcelona durante el Barroco y a las responsabilidades que se derivaron, dice: "Desde una perspectiva religiosa y política, la enfermedad respondió a una concepción providencialista del destino humano; no fue sólo un efecto de la justicia divina, sino también de la perversión de los hombres en su conjunto (…) Durante aquel periodo de tiempo, se aceleró la exclusión social de los marginados, la pobreza fue entendida como un vehículo de ulteriores contagios y, por tanto, fue reprimida".

En un sentido análogo, Manzoni, en su novela Los novios, siguiendo a los historiadores de la época, señala a los soldados alemanes como responsables de la peste que se declaró en el Milanesado en el siglo XVII, y en la literatura más reciente, dejando de lado La peste de Camus, tan citada estos días, Thomas Mann (La muerte en Venecia) hace patente el intento de ocultar la epidemia de cólera que se declaró en la ciudad de San Marcos, para no perjudicar al turismo: "¿La epidemia? ¿Qué epidemia? Son casos aislados, importados (…) La industria del turismo, si se declarase el pánico, sufrirá mucho". El historiador Dumeleau (El miedo en Occidente) destaca el pánico que produce entre nosotros el nombre de la peste (uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), una palabra que evoca situaciones terriblemente mortíferas y que durante casi cuatrocientos años ha sido un personaje muy presente en la historia de Europa.

Son muchas y variadas las causas señaladas como responsables de las diferentes pestes habidas en el mundo: desde las ratas o los murciélagos, hasta naciones enteras (naturalmente enemigas), pasando por los aires pestilentes, el sexo desenfrenado, la brujería, la pobreza, la carencia de higiene y, más modernamente, los virus de laboratorio o la voluntad (más o menos consciente) de deshacerse de la población pasiva. Lo cierto es que, con independencia de todo esto, los virus existen y que, periódicamente, se apoderan de nuestro cuerpo, que se afana en expulsarlos. Garcia Márquez, en un artículo aparecido en el periódico El País hace bastantes años, sostenía que el verdadero peligro que amenazaba la supervivencia de la humanidad eran, más que las guerras y otras catástrofes, los virus, que nos matan silenciosamente y por miles. A todos nos gustaría que Garcia Márquez no tuviera razón.

He buscado este artículo, que estoy seguro de haber guardado en un cajón, pero ha desaparecido silenciosa y misteriosamente, como un virus cualquiera.

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