La decadencia de la cortesía, según Pio Baroja

Nosotros, los que tenemos más de sesenta años –escribió el novelista Pío Baroja en un artículo titulado La decadencia de la cortesíavivimos a contracorriente: cuando éramos jóvenes, mandaban los viejos; la gente de pocos años no tenía derecho a opinar y menos a disponer; ahora, en cambio, el papel de los jóvenes ha subido y el de los viejos ha llegado a tener poco valor".

El artículo forma parte de un libro editado durante el verano del 1958, "mientras el maestro se halla sumido en gravísima enfermedad", según consta en una nota al final del texto, y fue promovido por unos amigos para intentar que le fuera concedido el premio Nobel a Don Pío, que moriría, sin Nobel, el 30 octubre de aquel mismo año, a la edad de 84 años.

El artículo, sin embargo, es anterior a 1958: debió ser escrito durante una estancia del novelista en Francia y poco después de la guerra española: el autor, cuando habla de varias formas de impertinencia, sentencia que los españoles, "ahora están achicados" y, en referencia explícita a los campos de internamiento de la Catalunya Nord, explica que entonces en Francia debía haber cerca de medio millón de españoles, además de los militares de la zona roja (sic) que se encontraban internados en el sur, y añade que, con la guerra, "todo el mundo tiene la conciencia de que nuestra fama de gente brutal ha aumentado y queremos pasar inadvertidos"

La decadencia de la cortesía: para ilustrarla Baroja destaca que a principios del siglo XX el viejo era dogmático y pedante ("las canas tenían un valor tradicional y patriarcal"), mientras que ahora es el joven el que dogmatiza y se hace el pedante. Y pone como ejemplo los centros de enseñanza, donde se ha pasado, según dice, de la arbitrariedad y el capricho de los profesores a la impertinencia de los alumnos, que se consideran con atribuciones para interrumpir y estorbar. Esta constatación, hecha hace unos ochenta años, es bastante parecida a la que podríamos hacer hoy, si bien la situación en las escuelas y en los institutos, según nos explican los actuales enseñantes, se ha agravado de forma alarmante: en muchos centros de enseñanza han aumentado las agresiones a los profesores y entre alumnos, y esta agresividad es aceptada por una parte del alumnado como una cosa casi positiva.

Baroja decía con razón que la violencia juvenil, "aceptada como buena, es uno de los motivos de que desaparezca la cortesía en el trato humano". Baroja también destaca la carencia de cortesía de los estudiantes jóvenes hacia las mujeres ("no se levantan para saludarlas […] y tienden a no oír a su interlocutor mientras lanzan un chaparrón de afirmaciones categóricas"), si bien añade que a ellas les gusta que las traten como camaradas, sin tener en cuenta que una cosa no excluye a la otra. En este sentido, el autor de El árbol de la ciencia explica la anécdota de una madrileña que consideró que un amigo suyo era un hombre de la antigua escuela por el hecho de que no interrumpía enseguida a la persona con la que hablaba y porque se levantaba si se acercaba una señora.

Esto de levantarse: personalmente he comprobado que son mujeres, y no siempre jóvenes, la gran mayoría de las personas que se levantan de la silla enlos autobuses de Barcelona para ceder su lugar a alguna persona mayor o impedida, o a una mujer embarazada. Está claro que también he tenido la experiencia, más bien frustrante, de intentar ceder el lugar –o dar preferencia de paso– a una mujer, y encontrarme que mi gesto era rehusado casi como impertinente, como si me dijeran: "¡Véte a saber qué quiere este hombre que quiere ser amable conmigo!". De todas maneras, siempre es preferible equivocarse a mostrarse descortès.

Podríamos concluir que la cortesía, entendida como manifestación de respeto hacia el otro, cortesía que es condición necesaria, a pesar de que no suficiente, para ser solidarios, prácticamente ha desaparecido de nuestro mundo, pero probablemente exageraríamos. 

Desgraciadamente la descortesia impera en muchos círculos políticos y sociales, cada vez más cerrados y que a menudo parecen ollas de grillos, pero también hay personas –círculos abiertos de personas– con las que no es difícil intercambiar frases amables, aunque no nos quieran vender nada, personas que casi no gritan y que, cómo ha dejado escrito el filósofo Vincent Delecroix, procuran no manifestarse indiferentes a nuestros problemas comunes, puesto que saben que esta indiferencia es siempre el principio de una tolerancia culpable de la injusticia.

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