De matrimonios

Cómo todas las instituciones humanas, el matrimonio no acostumbra a cumplir plenamente con las expectativas de las personas que decidimos, más o menos libremente, acogernos a sus reglas de juego . Hay quién piensa –la publicidad contribuye enormemente a crear ese estado de opinión- que el matrimonio puede llegar a ser una fuente de felicidad, equiparable a la que puede derivarse de la visión de una buena película, como por ejemplo Casablanca, o de la lectura de un drama sobrecogedor, cono Romeo y Julieta.

Una felicidad ciertamente efímera; los propios medios de comunicación nos informan a diario de las roturas, divorcios y separaciones que se producen entre las parejas de gente famosa o famosilla que, obedeciendo unos sentimientos que parecían incombustibles, habían optado por el camino matrimonial, unas parejas que un tiempo antes nos habían sido presentadas como armoniosas y envidiables.

Tenemos que suponer que estas parejas de famosos habían decidido su unión ilusionadas con la idea de construir algo sólido y duradero, y no solamente deslumbradas por la idea de la ceremonia y celebración del matrimonio, o por las cantidades de euros que presumiblemente podían llegar a cobrar de la llamada prensa del corazón por la exclusiva de las fotos de su enlace . Cómo de todo hay de haber en esta viña del Señor, también hay parejas que se casan por motivos fiscales, o para ampliar su periodo de vacaciones. En fin, ya se sabe.

Se acostumbra a decir que fue a partir de principios del siglo pasado que se generalizó (hablamos de Occidente) la costumbre de casarse habiendo elegido previa y libremente la pareja; queda para otro artículo la cuestión, siempre complicada, de cual de los dos miembros de la pareja eligió al otro, o si la elección fue simultánea, como quieren los partidarios del amor- matrimonio a primera vista. Así, el matrimonio, al menos sobre el papel, era considerado como la culminación de un proceso de deslumbramiento que desembocaba en un sentimiento amoroso que se quería, sino eterno, sí tan largo como un inacabable viaje de boda. Si, tal como explican algunos literatos, para conocernos a nosotros mismos, es conveniente dar la vuelta en el mundo, para conocer a nuestra pareja quizás convendría dar dos vueltas.

Antiguamente, por tanto, el matrimonio no tenía mucho que ver con el amor: la misma etimología de la palabra (calidad de madre) y su contraposición a la de patrimonio parecen indicar que el matrimonio constituía una sociedad desigual, en la cual la mujer ocupó, históricamente, una posición subordinada a la del hombre . En la obra colectiva Historia de la vida privada (Taurus, 2017), se afirma, quizás con cierta exageración, que en los contratos que unen dos patrimonios solidarios o dos miserias populares no interviene casi nunca el amor y, si tal vez sobrevive, es una feliz coincidencia.

Aun así, si la comparamos con otras , el matrimonio es una institución que ha resistido bien el paso de los años, que tantas instituciones desgastan; es evidente que no es un camino de flores y violas pero le pasa algo similar al que Churchill decía de la democracia: es el peor de todos los sistemas de relación entre dos personas, excluyendo todos los otros.

Hay que desmentir también todo tipo de apriorismos y frases hechas sobre la duración del amor dentro de la relación matrimonial: no es cierto que dure sólo 5 o 7 años; esta doble llama (el amor y el sexo) de que hablaba el poeta Octavi Paz, y que tanto nos ayuda a continuar esta aventura de la vida, puede perdurar, si los miembros de la pareja aprendemos a administrarla con cuidado, toda una vida: "No es el amor que muere –cantaba Cernudasomos nosotros mismos".

El grande Sempé, en uno de sus dibujos más memorables, nos muestra, en una casa de techos altísimos y de mobiliario casi rococó (pura burguesía francesa), un hombre que después de entrar por la puerta principal de aquel tipo de castillo, le dice a su mujer (o amante), que permanece de pie junto en dos butacas de orejas: "Tengo frío, tengo hambre y quiero amor", por este orden. Bien administrado, el matrimonio puede servir para apaciguar estos tres deseos. Voltaire, en su diccionario filosófico, afirmaba que las bodas hacen a los hombres más prudentes y virtuosos y, citando a un político italiano, decía que si el pueblo judío no hubiese considerado el matrimonio como la primera ley del hombre, y hubiera tenido conventos de monjas, se habría perdido para siempre jamás.

(Dedicado a Susanna)

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