Mujeres y salud. Desigualdades invisibles

Aunque sabemos que la esperanza de vida para hombres y mujeres es diferente, y que en nuestro entorno las mujeres tienen de media unos siete años de vida más que los hombres, y que somos una de las poblaciones con mayor longevidad de todo el mundo, los años vividos de más no son sinónimo de mejor calidad de vida relacionada con la salud. Las mujeres a partir de los 50 años sufren más enfermedades crónicas, relacionadas con el dolor y el cansancio, a pesar de la medicina que se enseña en las ciencias de la salud, que parte de la creencia de que hombres y mujeres tenemos la misma biología y la misma fisiología y que no hay diferencias al enfermar.

Por primera vez, en un 8 de Marzo, reclamando los derechos de las mujeres, la asamblea feminista de Valencia ha incluido la reivindicación de que debemos tener en cuenta la perspectiva de género en la salud. La primera perspectiva es precisamente tener en cuenta si hay diferencias y/o desigualdades en las causas de las enfermedades o los síntomas que presentan mujeres y hombres. En esto podemos constatar que la Ciencia de la Diferencia todavía se está construyendo y no es parte de la formación de nuestros profesionales en salud.

Sin embargo, sabemos que las causas del dolor y el cansancio no son únicamente un problema biológico, un destino fatídico del cuerpo de las mujeres, sino que las condiciones de vida y trabajo, los estereotipos culturales y sociales, las dificultades económicas, la clase social, condicionan la evolución de las alteraciones de las articulaciones y la musculatura del cuerpo de las mujeres. El estereotipo patriarcal y cultural, que quiere obligar a la mujer a vivir para cuidar a los demás, olvidándose de ella misma, también condiciona el cansancio constante que muchas mujeres sufren y no se explican, buscando una enfermedad orgánica, donde no hay vidas propias, como tampoco habitaciones propias como pedía Virginia Woolf, para poder escribir. Muchas mujeres llegan al final de sus vidas sin poder tener espacios, tiempo ni vida para su propio placer.

En los años 80 del siglo pasado la cultura feminista anglosajona comenzó a denunciar las condiciones de violencia de género en que tenían que vivir y trabajar muchas mujeres, en las relaciones de pareja, pero también por el acoso sexual que sufrían en el lugar de trabajo, que no era posible denunciar en ningún lado. Como este problema no es local, sino que es fruto de la sociedad patriarcal y no tiene fronteras, y tenemos la suerte de vivir en Europa, las directivas europeas nos amparan en este aspecto. La violencia y el acoso, una desigualdad invisible, fueron objeto de una directiva obligada desde hace más de quince años, aunque los derechos de ciudadanía europea, no son aún conocidos por nuestra población.

Desde el primer Congreso de Mujeres, Salud y Trabajo organizado por el CAPS (Centro de Análisis y Programas Sanitarios) en 1996, ya definió que la salud de las mujeres depende de una biología, psicología, condiciones de trabajo y de vida, que las afecta de forma diferente que a los hombres. Pero los conocimientos actuales nos permiten afirmar que en la calidad de vida de las mujeres mayores no sólo incide la pobreza y la soledad, que son de predominio femenino, sino también el hecho de haber estado inmersas durante muchos años en un medio ambiente que perjudica su salud. La contaminación del aire, el agua o los alimentos, los tóxicos ambientales, o la distribución social de los pesticidas en los alimentos, desde el año 1945 -como ocurrió con el DDT, que persiste en los tejidos y la sangre durante más de 40 años-, han hecho incrementar los cánceres y enfermedades emergentes como la fibromialgia, la fatiga crónica o la sensibilidad química múltiple, que aún son enfermedades invisibles o mal estudiadas, y dependen en parte de la contaminación interna fruto de la ambiental . Como la mayoría de los tóxicos actúan como alteradores endocrinos, afectan especialmente al cuerpo de las mujeres y, por tanto, son otra causa, hasta ahora invisible, de su cansancio y dolor.

La falta de Ciencia de la Diferencia, la doble y triple jornada laboral, la pobreza, la soledad y el medio ambiente contaminado y empeorado por el cambio climático, contribuyen a la desigualdad para entender y tratar bien la salud de las mujeres. El 8 de marzo también luchamos para hacer visibles las causas de los problemas de salud que afectan a la mayoría de mujeres y encontrar estrategias para combatirlas, en vez de que pequeñas luchas, que necesitan mucho trabajo para ser resueltas, introduzcan la perspectiva de género machista y partidista, que sólo dividirá el movimiento de las mujeres y contribuirá a debilitar la posibilidad de cambios.

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