¿Políticamente correcto?

Las modas se ponen en vigencia y nadie se pregunta el porqué, o quien las propone, o a quienes benefician y a quienes perjudican. En el mundo de la política nos acostumbramos a usar frases hechas y damos por aceptadas afirmaciones, eufemismos y conceptos banales, normalmente sin ningún contenido que resista el más mínimo análisis. Hoy es común y recurrente decir: "Respeto toda opinión, pero no la comparto", o "yo respeto todas las ideas políticas, soy demócrata", o "todo el mundo tiene derecho a la libertad de expresión". Todas estas frases hechas las oímos diariamente en los medios de comunicación en boca de todo aquel que se encuentra ocasionalmente ante una cámara o un micrófono, generalmente políticos.

En nombre de la democracia, el respeto, la libertad y el derecho de opinión, hemos construido una sociedad vulnerable y permisiva que, entre otras cosas, da por buenos y acepta posicionamientos que amenazan el bien común y por lo tanto la sociedad misma. Cuando se toma conciencia de que esto es así, que el Estado de derecho, la democracia, la libertad y en definitiva la salud social corren peligro, tenemos que empezar a revisar ciertas conductas. En España estamos ante un periodo electoral inminente. Es el momento de tomar conciencia y derrocar estas falsas afirmaciones y analizar con el máximo rigor.

Ser demócrata no trae implícito aceptar cualquier ideario político. Ser defensor de la libertad de expresión no quiere decir aceptar incendiarias arengas que amenacen la convivencia. Respetar las opiniones de los otros no justifica aceptar aquellas que atacan el bien común. El respeto fundamentalmente pasa por la salvaguarda de las libertades de todos. Cuando hay formaciones políticas que se sustentan en idearios totalitarios o plantean el retroceso en el ámbito de las libertades que democráticamente se otorgó la sociedad, no podemos ni tenemos que establecer escenarios de igualdades. Aceptar estas circunstancias es incluir en las reglas democráticas del juego idearios perversos, totalitarios y peligrosos como el fascismo, el nazismo y el comunismo.

El equilibrio pasa por desterrar estas frases hechas y los eufemismos, por tomar conciencia y hacer autocríticas honestas, ejercitar la exigencia ante nuestros líderes políticos, ante los referentes sociales. En las actuales circunstancias por las cuales está transitando el mundo, hemos constatado el renacimiento de posiciones políticas de extrema derecha, de idearios totalitarios de dramáticas consecuencias históricas. En América Latina y en Europa se están afianzando regímenes que nos están alertando de un giro peligroso contra las libertades democráticas.

Como sociedad tenemos que preservar, dentro del Estado de derecho, el bien común para las generaciones que nos sucederán. Esto pasa por observar una conducta beligerante ante esta amenaza, que hoy ya ocupa escaños en nuestras instituciones democráticas, instituciones que pretenden derogar. Es responsabilidad y obligación de una sociedad que pretende ser sana rodear y erradicar todo vestigio de ataque a los fundamentos donde se sustenta. Ya sabemos que lo políticamente correcto es consustancial al pacto y a las negociaciones que las relaciones de fuerzas exigen para la gobernabilidad, pero nunca tiene que ser considerado como un elemento de debilidad que altere y ataque los pilares sustanciales de una sociedad libre y democrática.

Lo políticamente correcto no exime a nuestros representantes públicos del deber de dar una completa y extensa explicación de las alianzas que subscriben con fuerzas de dudoso talante político y democrático. Ser legal no comporta necesariamente ser legítimo. En el ordenamiento político las fuerzas se legitiman en la observancia y cumplimiento de los marcos constitucionales. Aquellas formaciones políticas que cuestionan estos principios irrenunciables, o sostienen en su ideario preceptos anticonstitucionales, son ilegítimas. Y de estas fuerzas, legales pero no legítimas, las sociedades libres se tienen que defender, para preservar su dignidad y su propia existencia como tales.

Nunca lo políticamente correcto tiene que ser entendido por nuestros representantes como un salvoconducto a equívocas martingalas que atenten contra los principios básicos de una sociedad libre. Por este motivo no todos los idearios políticos tienen que ser respetados. Δ

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