El espejo roto de Bosnia-Herzegovina

No todos los procesos de secesión son de “color de rosa”, como en los casos de Noruega, Chequia o Eslovenia, que a menudo invocan los independentistas catalanes para legitimar su opción ante la opinión pública. Las pasiones identitarias son pulsiones altamente inflamables. Lo hemos vivido en los conflictos sangrientos que tuvieron por escenario la antigua Yugoslavia o la más reciente independencia del Sudán del Sur, arrasado por una devastadora guerra civil que se prolonga desde el año 2013.

La historia nos enseña que hay que ser muy prudentes a la hora de poner sobre la mesa reivindicaciones nacionales que agreden otros sentimientos de pertenencia, puesto que las emociones se desbordan y la tentación de la violencia, por parte de unos y otros, acaba haciendo acto de presencia. Además, los enfrentamientos que provocan entre vecinos dejan un poso agrio de enemistad e inquina que tarda décadas en quedar borrado, como si se tratara de material radiactivo.

La república de Bosnia-Herzegovina, que declaró su independencia en 1991, acaba de celebrar elecciones para renovar la presidencia y las dos cámaras parlamentarias. Han pasado más de 25 años de la terrible guerra de los Balcanes, pero las heridas de aquella masacre todavía continúan abiertas hoy.

El territorio de esta república está compartido por las comunidades musulmana, croata y serbia, que coexisten de manera muy inestable y con continuas fricciones políticas, alentadas por dirigentes populistas sin escrúpulos que fomentan el agravio, la rivalidad y la confrontación entre los diferentes grupos nacionales. El país, con capital en Sarajevo, está dividido en dos entidades antagónicas y hostiles: la Federación de Bosnia-Herzegovina, que reúne las zonas de mayoría musulmana y croata, y la República Srpska, donde se concentra la población de origen serbio.

La fragilidad institucional de la joven república provoca que la economía no levante cabeza y que, en los últimos años, se haya producido una masiva migración, restando en el país sólo 3,5 millones de habitantes. Esta conflictividad permanente también hace que la anhelada incorporación a la Unión Europea sea, de momento, una quimera. La independencia no ha solucionado los problemas de Bosnia-Herzegovina: al contrario, los ha cronificado y los ha agudizado.

No es que Cataluña tenga que acabar como esta república balcánica. Pero la dinámica en la cual estamos inmersos -Tabarnia vs. Tractoria, CDR vs. GDR, grandes manifestaciones independentistas vs. grandes manifestaciones españolistas…- nos tendría que hacer ver que, si seguimos por este camino, vamos hacia el abismo.

Cataluña es como es, con su diversidad y sus contradicciones. Ya nos lo sabemos de memoria, por experiencia contrastada: las cosas no se viven ni se ven del mismo modo desde Rupit que desde Badia del Vallès. Y de esto no tenemos que hacer un drama ni un conflicto. Es viejo, es absurdo, es estéril y, en todo caso, gane quien gane esta lamentable guerra de identidades, todos salimos perdiendo.

Perseverar en la apuesta independentista nos llevará, inevitablemente, a una situación como la de Bosnia-Herzegovina (espero que sin los 250.000 muertos que dejó la guerra contra Serbia, ni siquiera unos cuantos cadáveres, como evoca el inefable Agustí Colomines). El grueso de la población del área metropolitana de Barcelona y de muchas localidades con importante presencia de migración procedente de España nunca aceptará la república independiente de Cataluña que propugnan los secesionistas y ofrecerá una resistencia frontal si se intenta materializar.

La actual división territorial de Bosnia-Herzegovina entre la Federación de Bosnia-Herzegovina y la República Srpska es el destino que nos espera en Cataluña si algún día acabara prosperando, con todas las consecuencias, la vía unilateral a la independencia que propugnan los sectores hiperventilados. Este escenario de descuartizamiento -con el añadido del Valle de Arán, que también entraría en danza– iría acompañado de enormes sacudidas políticas y económicas que, con el corazón a la mano, no tiene ningún sentido, para nadie, vivir y sufrir. La tolerancia y la sincera voluntad fraternal de entente, interna y externa, es el único antídoto al veneno que está infectando a la sociedad catalana.

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