Carles el Sordo

Yo no soy independentista -cosa que no quiere decir que me considere «dependentista» o «españolista»-, pero creo que la situación de prisión que sufren los Jordis, Carme Forcadell y los seis ex-consejeros de la Generalitat es absolutamente desproporcionada. Si yo fuera independentista, focalizaría toda la estrategia política para conseguir la liberación de estas nueve personas.

El ideal de la república no justifica el duro y cruel sacrificio que sufren los prisioneros de Soto del Real, Estremera y Alcalá Meco ni el dolor de sus familias por la separación forzosa de sus seres queridos. Si los independentistas esperan -como dicen- hace más de 300 años, no viene de un día, ni de un mes, ni de un año el logro de su anhelado objetivo. En cambio, para los nueve políticos encarcelados, cada día es una eternidad y su horizonte procesal y penal es terrorífico.

Toda la política catalana gira, en estos momentos, alrededor de la santa voluntad de Carles Puigdemont, que con 34 escaños quedó segundo en las elecciones del pasado 21-D, pero que se ha convertido en el primum inter pares del bloque independentista. Él, tranquilo. Se escabullió a Bélgica el pasado 30 de octubre y, después de dormir 11 días en la prisión de Neumünster, vuelve a pasearse tranquilamente por la calle, ahora instalado en un cómodo aparthotel de Berlín, con los gastos pagados, con la mujer cobrando un buen salario de 6.000 euros/mes de la Diputación de Barcelona y sabiendo que la familia puede visitarlo cuando quiera.

Si yo fuera Carles Puigdemont, no podría dormir pensando en la desdicha de los compañeros y amigos que están encerrados en las prisiones del extrarradio de Madrid. También me herviría la sangre saber que algunos están encarcelados por el «riesgo de fuga» que les aplica preventivamente el juez Pablo Llarena después de que el presidente destituido de la Generalitat decidiera marchar al extranjero.

Yo no sé qué estrategia barajan Carles Puigdemont y sus asesores. Sólo sé que con su actitud infantil de querer mandar en Cataluña desde la distancia, al precio que sea, y de sabotear la constitución de un «gobierno efectivo» de la Generalitat está alargando y alargando la agonía de los nueve políticos independentistas que están entre rejas.

Me parece de un cinismo y de un sadismo desmedido -aunque Carles Puigdemont, en su inconsciencia no sea consciente- dejar que unos seres humanos se pudran en la prisión, sin ninguna perspectiva de salir, por el afán de protagonismo incontenible de un personaje que se autoconsidera el Mesías de Cataluña y que se deja idolatrar por una panda de fanáticos hiperventilados. Con el sufrimiento de los prisioneros no se juega y si Carles Puigdemont tuviera una brizna de empatía y de responsabilidad, correría a su lado a apoyarlos y a compartir su soledad.

El articulista Jordi Galves, colaborador del diario digital El Nacional, acostumbra a designar el presidente destituido con todo tipo de floridos epítetos, como si se tratara de un monarca medieval: Carles el Grande, Carles el Ingenioso, Carles el Audaz, Carles el Humano… Yo creo que el renombre que más le encaja es el de Carles el Sordo a los lamentos que le llegan de las cárceles de Soto del Real, Estremera y Alcalá Meco.

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