Manoleitor

Dice su desesperada hermana en un tuit que la dejemos en paz de una vez. Que si queremos saber por qué demonios ha pensado su hermano que ser alcaldable de Barcelona por Ciudadanos podría suponer una salida digna a su currículum de perdedor, mejor que se lo preguntemos a él directamente. El problema es que parece que pocos se atreven a hacerlo. Y no es solo porque la ocurrencia –no confirmada oficialmente de momento- dé risa o porque su turbia mirada provoque más escalofríos que Chucky, el muñeco diabólico. Es sobre todo porque podría no ser una simple boutade  y ya sabemos cómo se las gastan los políticos ambiciosos y arrogantes cuando se aburren.

El globo sonda lanzado esta semana sobre la probable candidatura de Manuel Valls, el socialista francés que nunca lo fue, ha levantado ampollas y no quiero ni imaginar el disgusto que debe de haber tenido María Caridad. Sin embargo, pensándolo bien, igual incluso lo encuentra comprensible porque los cambios de chaqueta menudean en Ciudadanos, comenzando por la propia presidenta del grupo municipal. Y es que antes de ser ciudadana, Carina Mejías fue popular tanto en el Ayuntamiento de Barcelona como en el Parlamento de Cataluña y ya está curtida en el arte de la guerra gracias a los años vividos con Alberto Fernández, con quien sigue compartiendo el ideario falangista.

A la espera de la confirmación, me pregunto qué debe de tener Barcelona para que se haya convertido en polo de atracción de extraterrestres. Cuando hablo de extraterrestres no me refiero a los alienígenas de V que se comían ratas vivas de los contenedores. Hablo de los paracaidistas que acaban de aterrizar en Barcelona a un año de las elecciones. Sería interesante preguntarles cuántos distritos de la ciudad tienen mar, cuál es el precio de la T-10 o cuánto vale un menú en la zona de la Sagrada Familia. A Miquel Roca le pararon una trampa similar cuando se presentó de alcaldable de CiU con un joven Joaquim Forn en la lista y rescató del olvido una estación de metro fantasma: la de Correos. ¿Qué culpa tenía él de viajar siempre en Ferrocatas?

No es solo que Manuel Valls no tenga ni idea de qué es gobernar una ciudad tan ingobernable como Barcelona. Es que su perfil político pone los pelos de punta. En el PSF ha representado siempre el ala más conservadora y sus polémicas con compañeros de partido por la reforma del Código Penal y la política migratoria cuando fue ministro de Interior han sido sonadas. El hijo de exiliados españoles que llegó a ser primer ministro no ha dudado a superar por la derecha al mismo Sarkozy. El otoño del 2013 ordenó el desmantelamiento de los campamentos de gitanos rumanos y búlgaros, y siguiendo la mejor tradición lepenista, deportó a 5.000 gitanos en un año, entre ellos a una niña de 15 años que la policía detuvo cuando estaba en una excursión de la escuela.

La deportación de la adolescente de origen kosovar provocó una revuelta en Francia entre los sectores progresistas, comenzando por los votantes socialistas. Igual que sus afirmaciones identificando ciudadanos búlgaros y rumanos con ladrones y mendigos. Él, imperturbable a las críticas que tanto desgastaron al mujeriego Hollande y que mucho ayudaron al hundimiento del socialismo francés, dijo que nada le haría cambiar de rumbo pero, como muestra de humanidad, aceptó que la chica volviese a Francia sin su familia. Tampoco me extenderé mucho en su fracaso estrepitoso en las primarias de su partido para escoger presidenciable o en su desesperada oferta a Macron para ser ministro, aunque fuera sin cartera.

Y ahora, sin comerlo ni beberlo, los barceloneses nos despertamos con la mala nueva de tener que añadir el nombre de Manuel Valls a la lista de grandes hombres con ínfulas de alcalde que también incluye al patricio Jordi Graupera, al histriónico Alfred Bosch y al gris Jaume Collboni, y que cierra un tal Daniel Vosseler. Espero que a los populares, en pleno debate interno sobre el relevo del incombustible hermano del ministro del Interior más lamentable del gobierno español, no les dé por presentar de alcaldable a Vargas Llosa, quien, desde que sale con la Preysler en las revistas del corazón, parece que haya perdido la razón. Al final tendré que admitir que la hAda Colau es la mejor opción, porque más vale malo conocido que peor por conocer. O ella o un robot, como han hecho en Tokio.

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