Los silencios del Papa Francisco

Cuando el nuevo Papa fue escogido por los dirigentes de la Iglesia Católica, hubo una respuesta muy favorable de la mayoría de medios de información (que son también medios de persuasión), consecuencia de un estilo muy diferente al de sus antecesores, y a unas posturas que señalaban un papado diferente. Algunas voces, sin embargo, expresamos nuestras reservas (ver mi artículo «Posibilidades y limitaciones del nuevo papado, de Francisco«, Público, 05.09.13), basadas en el silencio que el Obispo argentino Bergoglio había mantenido ante las brutales violaciones de los derechos humanos hechas por la dictadura argentina (brutalidad ejercida contra los resistentes a aquel régimen, que se había establecido en aquel país en defensa de sus grupos más privilegiados). Este silencio parecía traducir una falta de sensibilidad hacia las violaciones de los derechos humanos realizadas por dictaduras cercanas a la Iglesia Católica.

 

Inmediatamente aparecieron respuestas a nuestras reservas, acentuando que este prelado, el Obispo Bergoglio, no había colaborado con la dictadura (a diferencia de gran número de jerarques de la Iglesia Católica argentina) y que su silencio respondía más a un deseo táctico de, con su silencio, poder ayudar a las víctimas, justificando así que no denunciara públicamente a los verdugos de aquellas víctimas. Tengo que admitir que no me convenció mucho esta respuesta, dada por muchas autoridades de la Iglesia cuando se les critica su silencio frente a estas violaciones.

 

Ahora bien, las declaraciones hechas por el Papa Francisco durante el inicio de su papado parecían confirmar que el silencio que adoptó frente a la dictadura argentina podía ser debido, después de todo, a su tacticismo. En varias ocasiones ha alentado a los creyentes católicos a que no se limiten a ayudar a los pobres, sino que vayan más allá y trabajen para eliminar las causas de la pobreza, interviniendo activamente en política si esto es necesario. Es más, en varias ocasiones ha señalado que entre las causas de la pobreza está la explotación del mundo del trabajo por parte del mundo del capital en su búsqueda insaciable de incrementar sus beneficios. Esto, y el hecho que ha mostrado comprensión, cuando no simpatía, por la teología de la liberación, parecería confirmar que mis reservas eran infundadas. El silencio del Cardenal Bergoglio era un silencio táctico, provisional, justificado por una situación especial.

 

Sin embargo, algo ha ocurrido que permite dudar de lo que motivó aquel silencio, pues este silencio se ha repetido de nuevo frente a las barbaridades cometidas por el golpe militar de 1936 en España y de la dictadura que estableció, que se caracterizó por una enorme brutalidad (ver mi artículo «La guerra civil no ha terminado«, Público, 08.10.13). Por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió diez mil. Como resultado de una represión sistemática del Estado fascista, miles y miles de españoles republicanos, defensores de un gobierno democráticamente escogido, fueron asesinados, torturados y/o exiliados, con muchos de los muertos republicanos (114.000), todavía en paradero desconocido.

 

Se tiene que asumir que el Papa Francisco sabe que una asociación que apoyó aquel golpe militar y la dictadura que lo siguió fue precisamente la Iglesia católica. La evidencia que esto fue así es enorme. Las declaraciones de las máximas autoridades eclesiásticas pidiendo la rebelión del Ejército y de los creyentes contra un gobierno democráticamente escogido y su apoyo a la represión (que llegó a denominar Cruzada) son por todos conocidas. En realidad, la Iglesia fue más allá de colaborar con aquel régimen. La Iglesia no fue colaboradora, sino parte esencial del régimen. Era parte del Estado dictatorial. Y se benefició enormemente (en sus intereses terrenales y empresariales), resultado de esta identificación con el Estado dictatorial. La evidencia conocida muestra también que, como parte de aquel Estado, la Iglesia intervino directamente en la represión de los perdedores de aquel conflicto, formando parte de los tribunales que daban órdenes de fusilamiento y encarcelamiento. Es más, hay también evidencia que entre los supuestos mártires homenajeados en Tarragona, había un gran número de individuos que dirigieron directamente aquella represión (ver el artículo «Beatos y Cínicos«, de José Mª García Márquez, en Público, 14.10.13)

 

Estos hechos estan aquí para que puedan verlos todos los que quieran verlos. Pero la Iglesia Católica y el Vaticano, dirigidos ahora por el Papa Francisco, no quieren verlo y/o están mintiendo deliberadamente. Y no hago esta acusación sin conocimiento de causa. El Cardenal Amato, representando del Papa Francisco en el acontecimiento, mintió en varias ocasiones en su discurso, utilizando un lenguaje de Cruzado, idéntico al existente, todavía hoy, en la cúpula de la Iglesia Católica, y que es idéntico al que utilizaron los golpistas para justificar su acción militar contra un gobierno democráticamente elegido. Es sorprendente que este discurso (que aquel conflicto era un conflicto entre Jesús y su Iglesia por un lado, y una «ideología diabólica anticristo», por otro) se esté todavía pronunciando, y lo que es todavía más vergonzoso es que este discurso se presente como un «clamor a la reconciliación».

 

¿Reconciliación con quién? ¿Con los familiares de los asesinados republicanos que todavía no saben donde están sus muertos, asesinatos en los cuales colaboró y/o participó la Iglesia y que ahora, en el periodo postdictatorial, esta institución se ha opuesto a la Ley de la Memoria Histórica, dificultando tanto el hallazgo como el reconocimiento y homenaje a estos «mártires» de la democracia? La incoherencia y/o hipocresía a la cual la Iglesia puede llegar es extraordinaria. Y lo que es igualmente vergonzoso es que también hablaron de reconciliación los ministros del gobierno del PP, que han vaciado la Ley de Memoria Histórica y han hecho todo lo posible para que no se pueda encontrar a los desaparecidos. Esta es la marca España, motivo de vergüenza (si tuvieran esta capacidad) a nivel internacional. ¿Cómo puede el Papa guardar silencio frente a esta realidad?

 

En realidad, es imposible que el Papa no conozca estos hechos. Por este motivo las mentiras de sus representantes y su silencio son una enorme ofensa e indignidad a toda persona con sensibilidad democrática. La verdad existe y es fácil de comprobar. La Iglesia, en defensa de sus intereses materiales, y como empresa humana, defendió sus intereses y privilegios (la Iglesia era una de las mayores propietarias de tierra en España, oponiéndose a muerte a la reforma agraria que afectó su propiedad) y se opuso al gobierno republicano porque estaba perdiendo privilegios empresariales. Es aquí donde radica su oposición a la República. La represión republicana poco tuvo que ver con las creencias religiosas (pues otras religiones pudieron ejercer su culto sin ningún obstáculo), sino que se debió al comportamiento de esta empresa -la Iglesia- en oposición y en defensa de sus beneficios materiales.

 

El representante del Papa Francisco estaba mintiendo cuando alababa la Cruzada, presentando a sus mártires como inocentes, pues es imposible que no conociera la verdad. Decir que la Iglesia no intervino en el golpe militar y que no fue un eje fundamental de la dictadura, es una falsedad y una mentira, y la Iglesia lo sabe. Por este motivo es imperdonable que, una vez más, el Papa Francisco mantuviera su silencio, un silencio doblemente culpable, pues es un silencio, no solamente frente a un régimen de enorme brutalidad, sino frente a un régimen apoyado inmensamente por la Iglesia. Mantener un silencio ante esta situación es ser cómplice de aquellos horrores.

 

Pero además de cómplice, el Papa expresa una enorme incoherencia que, por desgracia, resta credibilidad a su postura en defensa de los pobres. La brutal represión en España fue precisamente frente a un gobierno, el gobierno del Frente Popular (que tuvo católicos entre sus miembros), que se caracterizó por su lucha en contra de la pobreza, lucha que le tuvo que enfrentar a los intereses materiales de la Iglesia. De nuevo la evidencia de esto es abrumadora.

 

Una última observación. Es de un enorme cinismo que las autoridades del Estado español y de la Generalitat, hoy gobernados por las derechas (que han diluido el compromiso que el Estado había adquirido de encontrar a los desaparecidos republicanos), presenten también el acto de beatificación como un acto de reconciliación.

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