“La mayoría también tiene derechos y la mayoría decide”. Estas palabras, pronunciadas por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para justificar la aprobación de la controvertida ley del Estado para la nación judía, ratificada el pasado día 19 de julio, también las he oído muchas veces en Cataluña, en boca de independentistas convencidos.

El sofisma que se plantea es el siguiente: “¿Por qué si los independentistas tenemos mayoría numérica en el Parlamento tenemos que renunciar a aplicar nuestros objetivos y tenemos que continuar en el marco autonómico español?”. La respuesta es sencilla: porque la sociedad catalana, como la israelí, es plural y compleja y una mayoría de escaños no justifica que se puedan pisar y conculcar los derechos fundamentales de una amplia minoría que, además, en el caso de Cataluña es mayoritaria en número de votos (53%).

La ley del Estado para la nación judía tiene muchos puntos en común con las visiones y propuestas del segmento más hiperventilado de nuestros independentistas, que representan el ex-presidente Carles Puigdemont y su monaguillo, el presidente Quim Torra. Después del congreso del PDECat de este pasado fin de semana, se ha consumado el surgimiento de un movimiento etnicista (la Crida) que, en síntesis, considera catalanes sólo a aquellos que hablan la lengua catalana y son independentistas.

Esta lectura unívoca y sectaria de la sociedad es la misma que ha aprobado la Kneset, en medio de las airadas protestas de los sectores progresistas judíos y de la minoría palestina (el 20% de la población), que han denunciado “la muerte de la democracia” en Israel. Según esta ley, el hebreo pasa a ser la lengua oficial única del Estado y define Israel como “la patria histórica del pueblo judío, que tiene derecho exclusivo a la autodeterminación en el país”. Unas aseveraciones que, transpuestas en Cataluña, subscribirían con entusiasmo Carles Puigdemont, Quim Torra y toda el núcleo de hiperventilados que les hacen la pelota.

Jordi Pujol, el padre padrone del nacionalismo catalán conservador de la segunda mitad del siglo XX, estudió en la escuela alemana de Barcelona, en tiempos del III Reich. Pero, años después, se convirtió en admirador del sionismo por razones muy pragmáticas: el socio de su padre en la fundación de Banca Catalana era el inversor David Tennenbaum, muy comprometido en la creación y financiación del Estado de Israel.

Desde entonces, se ha producido una tóxica simbiosis entre el expansionismo sionista -que no ha dudado en expulsar y masacrar al pueblo palestino- con el viejo nacionalismo convergente, ahora renovado con el hiperliderazgo de Carles Puigdemont. Su propuesta para Cataluña es, sencillamente, indigerible y vomitiva. ¡Fuera caretas! Se ha abandonado, sin complejos, la retórica de “un solo pueblo”: desde el poder se fomenta y se consolida una división entre “independentistas” y “no independentistas”, a menudo reducidos a “anti-independentistas”.

Las primeras semanas de gobierno de Quim Torra han encendido todas las alarmas. El nuevo presidente de la Generalitat y también su consejera de Cultura, la hiperactiva Laura Borràs, insisten, en su política pública de gestos, a dirigirse sólo al mundillo independentista, obviando la pluralidad de la sociedad catalana. No consta ninguna presencia en actos ni ningún discurso que rompa la frontera interior que ellos mismos, en su suprema insensatez, han creado.

El fantasma del Ulster o de la isla partida de Chipre no son los “no independentistas” los que lo han sacado a pasear. Son estos independentistas hiperventilados quienes se obstinan en levantar muros mentales y políticos en las plazas y calles de nuestros pueblos y ciudades. Sin ser discutida en el Parlamento ni estar promulgada en el DOGC, desde el gobierno de la Generalitat –y, en especial, desde las áreas que dependen de Junts x Catalunya- ya se está aplicando la ley del Estado para la nación catalana.

Yo no me escandalizo: sólo constato y mantengo la esperanza. Deseo que el presidente Quim Torra, que a pesar de todo –aunque sea por la ley de la gravedad- toca de pies al suelo, acabe entendiendo que es el presidente de todos los catalanes y que tiene que hablar y obrar en consecuencia. El mes de agosto es una época propicia para reflexionar y estoy convencido que lo hará en la buena dirección.