La psicosis de algunos independentistas con el lazo amarillo –símbolo de la libertad de los presos y del regreso de sus exiliados– roza la enfermedad. La semana pasada, en medio del pleno del Parlament, el presidente andaba por los pasillos de la cámara camino de su despacho después de una votación y de una moción. El día siguiente era 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y cita de manifestaciones y huelga feministas. De hecho, el mismo gobierno Torra había animado los catalanes a participar en las movilizaciones y se había implicado al llamar a la huelga. Tanto es así que muchos de los diputados traían prendas de ropa, camisetas o lazos con emblemas feministas o de color lila. La mayor parte de los independentistas, además, compaginaban el símbolo del 8-M con su ya tradicional lazo amarillo.

Pero Totta decidió hacer otra cosa, y para mostrar su más que amplio apoyo al 8-M y a la causa feminista cambió su lazo amarillo por el lila, sustituyendo el uno por el otro. Y fue esto lo que provocó que una señora que, con un grupo de visitantes, había parado Quim Torra para saludarlo, le espetara un comentario señalando el lazo lila. "¿Ya aflojamos, presidente? ¿Ya se ha olvidado del amarillo?". La cara de Torra era un poema, no entendía nada. Lógico. Para ella, sumarse a una causa como la feminista suponía renunciar a todo.